Sociedad
Una víctima de 'bullying' en Tarragona: "Me dejaron sola... Hoy echo en falta que alguien me creyera"
Cada semana lectiva se notifican seis casos de acoso escolar en el Camp de Tarragona. En el curso 2024-2025, hubo 207 situaciones. Además, se dieron 113 incidentes de maltrato, 58 de violencia machista ejercida por un adulto, 41 entre alumnos y 16 de odio y discriminación
Hasta octubre de 2025, este curso había dejado 60 casos.
Estaba sentada sola, en un rincón del patio, leyendo, mientras a pocos metros un grupo de compañeros se reía. “Si te acercas, te vas a poner mala, que es infecciosa”, oyó decir a uno de ellos. Tenía once o doce años y llevaba meses viviendo una situación que entonces nadie llamó acoso escolar, pero que hoy reconoce sin dudar. “Yo no hacía nada. Comía sola, estaba sola y nadie me escuchaba”. Aquella imagen es una de las que todavía conserva con más nitidez: “Se me quedó grabado”, reucerda Carmen –nombre ficticio–.
Lo que vivió no es una excepción. Durante el curso 2024-2025 se notificaron 207 casos de acoso escolar en el Camp de Tarragona, una media de seis a la semana lectiva (177 días en ese curso), según datos del Registre de Violències de l’Alumnat (REVA), una base de datos creada en 2023 por el Departament d’Educació para registrar todas las situaciones de violencia que sufre el alumnado.
En ese mismo periodo también se contabilizaron 113 casos de maltrato a la infancia, 58 de violencia machista ejercida por un adulto, 41 de violencia machista entre alumnos y 16 episodios de odio y discriminación. En total, junto con el resto de categorías, 993 situaciones de violencia contra alumnos registradas en un solo curso.
En el caso de Carmen, todo empezó con una acusación falsa: “Un día llegó una carta que yo no había escrito, amenazando a otra niña con que o yo era la líder o iban a sufrir”. El centro no investigó: “Llamaron a mi madre y le dijeron directamente que yo había hecho eso. No miraron la letra, no contrastaron. Era facilísimo comprobarlo, teníamos once años”. La sanción fue inmediata: “Me castigaron. Nadie me tomó en serio”.
Meses aislada
El aislamiento fue total: “Empezaron a decir que yo era una apestada, que quien se juntara conmigo se quedaría sola”. Solo una compañera se mantuvo a su lado: “Y gracias a ella, porque si no…”. El resto se fue apartando, por miedo a convertirse también en objetivo.
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La situación se alargó durante meses. Sus padres llegaron a plantearse cambiarla de colegio: “Hablamos con la psicóloga y nos dijo que esperáramos a acabar el curso para que no nos volvieran a juntar en la ESO”. Pero el daño ya estaba hecho. El estrés derivó en un tic nervioso. “Se me movía la nariz, como un cerdito. Tengo un informe médico que lo acredita. A raíz de eso me llamaban “cerda”, “la cerdita”. Las burlas se intensificaron justo cuando ella era más vulnerable.
El punto de inflexión llegó gracias a una adulta ajena al aula. Una monitora del comedor escuchó los insultos y decidió actuar. Informó a la dirección y pidió que se comprobara la autoría de la carta: “Les dijo que miraran las letras, que yo en el comedor estaba siempre sola, que no me metía con nadie”. Finalmente se demostró que la acusación era falsa.
Pero la reparación nunca fue completa: “A mí nadie me pidió perdón. Yo ya me había quedado sola”. Las consecuencias fueron más allá del aula. Su madre trabajaba en el centro y la situación también le pasó factura: “Le redujeron las horas porque no aceptaba que yo hubiera hecho eso”.
Relaciones personales que se rompieron: “Mi madre tenía un negocio con otras madres y se acabó. Incluso dejamos de comprar un piso al lado del colegio. Nuestra vida cambió”. “No echo en falta castigos”, reflexiona ahora. “Echo en falta que alguien me hubiera creído”.
La evolución escolar
Con el tiempo, hay cosas que han cambiado a nivel educativo. Montse Domènech es psicóloga y tesorera de la Junta Rectora de la delegación de Tarragona del Col·legi Oficial de Psicologia de Catalunya. Además trabaja en el Institut Tarragona: “Los centros tienen estrategias para trabajar y se incide mucho en la prevención, pero también en reparar el daño”.
Menciona las técnicas restaurativas que llevan a cabo los centros educativos en la actualidad y también la figura del COCOBE (Coordinació, Convivència i Benestar de l’Alumnat), un referente de convivencia que debe planificar actividades de prevención, tutorías... “Hay muchos mecanismos para minimizar el daño”. En este sentido, es importante, tal y como se explica a los alumnos, “que los compañeros son los primeros que cuando se ve un caso deben alzar la voz”.
Afloran las consecuencias
El testimonio recogido por el Diari conecta con lo que observa la psicóloga sanitaria y forense Oriana Mosquera en consulta: “Muchos adultos que hoy van a terapia han sufrido acoso escolar”, explica. “No siempre como un trauma extremo, pero sí como una experiencia que les ha marcado en la autoestima, en las relaciones y en la forma de gestionar conflictos”. En algunos casos, añade, ese patrón se repite en la edad adulta: “Hay personas que han sufrido acoso escolar y después acoso laboral”.
Mosquera subraya que el bullying no es un fenómeno nuevo, pero sí ha cambiado su alcance: “Antes se quedaba en el centro escolar. Ahora, con las redes sociales, va mucho más allá”. Y advierte sobre los perfiles más vulnerables: “Suelen ser niños más introvertidos, con dificultades para reafirmarse.
Como no responden al primero, los ataques continúan y eso va minando la autoestima”. Domènech puntualiza que “desde los centros se enseña a que haya un buen uso de las redes sociales” y a incluir a las familias para que haya un control parental.
Mosquera también pone el foco en los agresores y en el papel del entorno adulto: “Muchos niños reproducen conductas que ven normalizadas en casa: insultos, desprecio, gritos. Si el adulto minimiza y dice “va, dejadlo”, el niño aprende que no pasa nada”. Esa banalización, alerta, es el caldo de cultivo.
El papel de los centros
Mosquera describe que, desde los centros, “se espera a que la situación sea extremadamente grave. Y cuando ya lo es, hablamos de niños que llevan meses o años sufriendo”. A eso se suma, dice, la percepción de indefensión de las familias: “Todo queda dentro de la propia Administración y los padres sienten que no hay nadie que vele realmente por ellos”.
Desde el ámbito pedagógico, el profesor Oriol Ríos, del Departament de Pedagogia de la Universitat Rovira i Virgili, confirma el aumento de casos: “Los estudios en España indican un incremento del acoso en el último año, especialmente del ciberacoso”.
También señala nuevas formas de violencia: “La inteligencia artificial se está utilizando para acosar, y la violencia física entre iguales sigue siendo una de las más preocupantes”. Ríos apunta una clave: “Durante años la violencia estuvo normalizada y trivializada. Eso generó silencio. Ahora hay más visibilización mediática y más mecanismos de denuncia”. Defiende una intervención temprana y una tolerancia cero desde las primeras edades.
Las claves para evitarlo
Prevención, formación y recursos de calidad son, para Ríos, la clave: “No se trata solo de poner más personas en el aula, sino de que estén bien formadas, con programas basados en evidencias científicas”. Y añade: “Un factor de protección es una buena intervención adulta. No callar, saber detectar y saber actuar”.
La mujer que un día fue aquella niña sola en el patio coincide: “Hay mucha conciencia teórica, pero a la práctica no hay recursos ni herramientas”. Lo ha visto también desde dentro, trabajando con familias y en centros educativos: “La gente se llena la boca con el bullying, pero luego no se actúa”.
Hoy Carmen asegura que ha podido rehacer su vida gracias al apoyo familiar y a la terapia: “He crecido bien, pero esto te marca. A veces vuelven los flashbacks”. Por eso insiste en la importancia de escuchar: “Si no hubiera tenido una familia con herramientas, lo podría haber pasado muy mal”. Detrás de cada cifra, recuerda, hay una historia que no se olvida.