Opinión

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El Diari acogió ayer un coloquio sobre educación en el que el inspector jefe de Tarragona, Salvador Pérez; la directora general d’Alumnat de la Generalitat de Catalunya, Anna Chillida Fibla, y el profesor titular de Pedagogia y responsable de las enseñanzas d’Educació social de la URV, Oriol Ríos González, trataron el espinoso tema del acoso y la violencia en la escuela.

Se trata de un fenómeno inquietante, entre otras cosas porque habitualmente pasa desapercibido para los adultos, al ocurrir entre iguales, en las zonas de sombra de los colegios, cuando no está el profesor, pero en presencia de otros compañeros de colegio que a menudo callan, miran para otro lado o incluso aplauden o ríen. Y en estos tiempos donde la tecnología está omnipresente, los insultos y las amenazas se repiten en la red, haciendo que la pesadilla no desaparezca ni siquiera lejos de los muros del colegio.

En un caso de acoso, los colegios han de tener herramientas para ofrecer una respuesta adecuada a la víctima y a los acosadores

Y, además de preocupante, es dramático, pues si se prolonga en el tiempo las consecuencias acaban siendo trágicas para la víctima: el sufrimiento es tan intenso que el adolescente decide quedarse en casa, y en los casos más graves aparecen las autolesiones y los intentos de suicidio. Los expertos que ayer participaron en el debate del Diari sostuvieron la importancia de una buena amistad como factor de protección. Cada vez son más –aunque pocos todavía– los alumnos que denuncian agresiones a sus compañeros.

Esa es una medida eficaz, pero este problema interpela a toda la sociedad y su solución requiere de la participación de todos; alumnos, sí, pero también padres, profesores y centros escolares. Las familias deben afinar la atención sobre sus hijos y vigilar el uso de las redes sociales.

Y los colegios deben disponer de más recursos para que haya menos zonas de sombra donde los acosadores puedan actuar con impunidad. Además, cuando ocurra un caso de bullying, han de contar con herramientas para ofrecer una respuesta adecuada tanto a la víctima –a menudo castigada con un cambio de colegio, con todo lo que ello implica– como a los acosadores. Hay mucho en juego.

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