Cuando uno saborea más la Navidad en casa

Unos veinte trabajadores del complejo industrial de Repsol explican su periplo para poner en marcha una planta en China en plena pandemia

| Actualizado a 26 diciembre 2021 06:43
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Beatriz Vázquez, Ignacio Chinea, José Antonio Muñoz y Warwick Tupicoff han regresado hace menos de un mes de Tianjin, en el norte de China, donde una delegación de veinte personas del complejo industrial de Tarragona han ido para comprobar que la planta de óxido de propileno y monómero de estireno (OP/SM) que la dirección de ingeniería de Repsol ha elaborado para la compañía Bohua se ha ejecutado tal y como se especificó durante la fase de diseño y comprobar y preparar los equipos para la puesta en marcha.

Se trata de la cuarta ocasión en que la empresa española vende tecnología propia a empresas chinas. La primera vez fue en 2013, la segunda y tercera en 2016 y 2017 y las dos últimas, para Sinochen y Bohua, en plena pandemia. La más complicada fue la del año pasado. Sus integrantes debían partir hacia China en octubre pero después de que un miembro de la expedición diera positivo en Ámsterdam regresaron a España para guardar la cuarentena y el contador empezó de cero de nuevo. Una vez en China, tuvieron que someterse a la dura cuarentena china, que no permite salir de la habitación de un primer hotel durante dos semanas, para después pasar siete días más en otro hotel en el que puedes moverte por las instalaciones, pero sin salir a la calle. Es decir, veintiún días encerrados en los que sus principales compañeros no fueron los que conformaban el equipo de Repsol, a los que apenas pudieron ver en el tramo final, sino sus móviles. Con la televisión en chino y apenas contacto con nadie, reconocen que les salvó el wifi de los hoteles. Además explican que durante los días recluídos, les hacían pruebas para comprobar si tenían la Covid-19 y que la desinformación era total, que nadie nunca les dijo nada y que les consta que incluso los que se llevaban a los hospitales tampoco les explicaba demasiado. Por suerte, ninuno de los componentes dio positivo en China y una vez cumplidos todos los requisitos y pruebas, las autoridades consideran que estás libres de virus y puedes andar libremente y llevar vida casi normal, e, incluso, sin mascarilla. Eso sí, con la certeza de que te están siguiendo en todo momento. «Las carreteras y las calles están llenas de cámaras de seguimiento, notas los flashes contínuamente y tuvimos que generar hasta nueve códigos QR, lo que implica que te tienen controlado en todo momento», explican para agregar, a continuación, que seguramente es de las primeras cosas que comprobaron diferentes de la cultura china. «Allí las reglas de juego son diferentes y está claro que el fin justifica los medios», afirman.

La utilidad de Google Translator

La pandemia, por tanto, ha marcado los tiempos. Lo que en condiciones normales hubiera sido un viaje de dos días, en el suyo fue de un mes y medio, entre confinamiento previo en España tras el positivo y la salida del segundo hotel chino. En total el periplo, acabó en marzo y los trabajos se desarrollaron en un tiempo más que razonable, eso sí con la ayuda de los traductores que acompañaban al grupo, del Google Translator, de las fotografías y de los dibujos, que les han sacado de más de un apuro. Su lema durante estos meses no ha variado: paciencia y flexiblidad han sido las dos palabras que han guiado su actuación allí. Eso y su idea clara de que aunque los estándares de seguridad de China son muy diferentes a los de aquí, su nivel de exigencia iba a ser en todo momento el que emplean en sus instalaciones de Tarragona. «Lo que no permitimos aquí, tampoco lo consentimos allí», explican. Buena prueba de ello es que la delegaicón que partió en octubre a Tianjin y que acaba de regresar ha detectado 1.200 faltas que tendrán que estar subsanadas en el próximo viaje previsto para principios de año. En ambas expediciones, la de finales del año pasado y la que acaba de volver, han sido meses de trabajo duros pero también de aprendizaje. De China algunos se han sorprendido de que es un país mucho más desarrollado de lo que se imaginaban aunque más en lo económico que en lo social. En lo profesional, la experiencia les ha hecho entender la importancia del trabajo en equipo. Como dice Beatriz Vázquez, «sentirte que formas parte de un equipo y que éste funcione, en unas circunstancias diferentes, te hace valorarlo más».

Conocer mejor al compañero

«Además, prosigue, «la experiencia me ha hecho conocer mucho mejor a ese compañero de trabajo que si hubiera estado en Tarragona». Y también estar orgullosos de haber dejado huella en China. Según explican, los responsables de seguridad de las plantas en las que han trabajado se han mostrado muy agradecido de lo aprendido durante su estancia allí y muchas de los estándares exigidos en estos proyectos los han aplicado en otras plantes e instalaciones.

En lo personal, aseguran que los que se quedan aquí, sus familias, son los que se llevan la peor parte del trabajo porque son los que sufren más su ausencia y hacen un mayor esfuerzo. «No preparamos tanto la parte personal como la profesional y eso es algo que cuidaremos más en próximas ocasiones», sostienen, por eso, saborean aún más la Navidad en casa.

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