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Gerard Vergés: memoria, lengua e identidad

Humanista. Apotecario, poeta, ensayista y traductor, el tortosino es una de las grandes voces de la literatura catalana contemporánea

Marina Pallás Caturla

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Un mural en la plaça Sant Joan con uno de sus versos más conocidos.Foto: Joan Revillas

Un mural en la plaça Sant Joan con uno de sus versos más conocidos.Foto: Joan Revillas

En el poema «Fa deu anys, fa deu segles» (La insostenible lleugeresa del vers), Gerard Vergés expresaba, sin decirlo explícitamente, la inútil belleza de la poesía y cómo la vida puede seguir, con sus primaveras y otoños, sin su existencia. Conforme el poema avanza, y los versos repetitivos van adquiriendo cada vez más fuerza y el lector sonríe ante el hábil juego del poeta, aquél comprendre que un mundo sin poesía sería simplemente imposible, en la medida de que al final el único sentido de la vida humana es, en realidad, esa búsqueda de la belleza.

Esa fue la misión de Gerard Vergés Príncep (Tortosa, 1931- 2014), y la acometió con exigencia y dedicación. Aquello de que nadie es profeta en su tierra no se cumple en el caso de Vergés, que, aunque no sea un fenómeno de masas, goza de popularidad y reconocimientos en la ciudad donde nació y vivió: Tortosa. Vergés es una de las grandes voces de la literatura catalana y, seguramente, el ebrense más universal.

Pongamos por caso que es el atardecer de un día de otoño, de esos algo ventosos y de cielo rojizo que tiñe el río Ebro de reflejos dorados. Nuestra ruta debe empezar en el centro de la ciudad, en la bonita calle de la Rosa. Allá se encuentra el Palau Capmany, casa natal de Gerard Vergés. Él mismo decía que era un «príncipe nacido en un palacio», haciendo un guiño a su segundo apellido. En los bajos del majestuoso edificio su abuelo fundó el 1894 la farmacia Vergés. Gerard fue la tercera generación de farmacéuticos (apotecarios, como a él le gustaba decir) y, al acabar sus estudios, regresó al negocio familiar. Los recuerdos de infancia de Vergés tienen como escenario en gran parte esta emblemática calle, ya que aquí mismo también se encontraba la academia de Ricardo Cerveto, donde por diez pesetas al mes el pequeño Gerard aprendía a dibujar. 

La infancia tiene una destacada relevancia en la obra de Vergés. Una infancia también marcada por la Guerra Civil. En un primer momento, Vergés y su familia huyeron de Tortosa y fueron al huerto de sus padres, a la partida de Pimpí.

Posteriormente tuvieron que refugiarse más lejos de la ciudad y se instalaron en Montaspre, una pequeña montaña de Bítem. Allá sobrevivieron en condiciones infrahumanas, como recuerda Vergés en Tretze biografies imperfectes. También en este libro se encuentra el texto dedicado a Josep Cugat, un payés que trabajaba el huerto de sus padres y que le enseñó a amar la tierra. 
Nuestros pasos pueden adentrarse ahora hacia el corazón de la ciudad, muy cerca de dónde había la casa natal de Felip Pedrell, en la plaça Sant Joan, en pleno Rastre. Allá se encuentra un gran mural con uno de los versos más populares de Verges: «de cop comprenc que l’home és la memòria», de «Fràgil com un vidre és la memòria», incluido en Long Play per a una ànima trista. La memoria y la identidad constituyen otro pilar fundamental en su obra, así como la cultura y el bagaje. Vergés también fue uno de los fundadores, junto con Jesús Massip, de la revista Géminis, publicada entre 1952 y 1961. Cerca de esta plaza se encuentra la Biblioteca Marcel·lí Domingo, con, por supuesto, toda su obra. Incluso hay un verso de Vergés rotulado en la pared de la sección de novela, muy bien escogido: «De tot el que hem llegit, n’hem fet substància».

Gerard Vergés, fotografiado en Tortosa en el 2006. Foto: Joan Revillas

Claro que si hablamos de infancia, memoria e identidad, hablamos también de lengua y de paisaje. El protagonista del paisaje de Tortosa, más allá del urbano, de sus contrastes entre antigüedad y modernidad, es claramente el río Ebre. Y ese río también motivó muchos de sus poemas, especialmente como fuente de identidad. «Parlo d’un riu mític i remorós», recogido también en Long Play..., es sin duda el poema más popular de Vergés, el que ha calado más profundamente en la sociedad ebrense por apelar a una tierra y a un símbolo de identidad. 

Debemos ahora dirigir nuestros pasos hacia la Tortosa fuera del casco antiguo, hacia el parque modernista Teodor González. Las hojas de los plataneros, cada vez más despojados de ellas, crujirán bajo nuestros pies y tal vez el cielo ya haya pasado de anaranjado a rojo intenso, especialmente si dirigimos la vista hacia donde se oculta, las montañas de los Ports. 

Si además de recorrer sus pasos deseamos acariciar los oídos, podemos hacerlo de la mano del grupo Riu en So, que musicalizó muchos de los poemas de Vergés.En el parque, detrás de la lonja y muy cerca de este río legendario y milenario, se encuentra el Espai Vergés, inaugurado el 2015. Se trata de una instalación poética formada por ocho piezas escultóricas con fragmentos de la obra del escritor, realizada por el mismo hijo del poeta, Carlos Vergés. 

Él mismo dedicaría en su inauguración las siguientes palabras: «Vergés estimava profundament la vida, tot lo bo i els plaers que li oferia. Estimava la natura, el sol, la pluja, els arbres. Disfrutava de tot el que la vida dona, disfrutava dels amics, de la conversa, disfrutava de la gastronomia, del vi i el wisky, del fum, del dels Montecristos i del dels Ducados que portava penjant als llavis fins els seus últims dies amb calades entre xute i xute de ventolín. Disfrutava de la sensualitat i l’erotisme. Aquesta qualitat la va personificar en la seva dona, Imelda». 

El amor y la lengua son otros elementos vitales en su obra. Vergés fue extraordinariamente minucioso y pulcro, muy exigente con la lengua. Poeta crítico y perfeccionista, el tortosino no cayó en la grafomanía y no fue un autor especialmente prolífero, pero todas sus obras mantuvieron un nivel excepcional y muchas recibieron reconocimientos muy destacados. Vergés comenzó a escribir con edad ya avanzada: él mismo solía decir que sus primeros 50 años los había dedicado sólo a aprender. 

Reconocimientos

Su primer libro, L’ombra rogenca de la lloba, ya fue reconocido con el Premi Carles Riba el 1982; Tretze biografies imperfectes se llevó el 1986 el Premi Josep Pla; Eros y Art, el Josep Vallverdú el 1991, y Tots els sonets de Shakespeare el Premi Crítica Serra d’Or el 1994. También como hombre de ciencia fue reconocido con el Premi Josep Trueta al mérito sanitario el 2003. El 1997 recibió la Creu de Sant Jordi de la Generalitat, y el 2009 la Medalla d’Or de Tortosa.

Cuando hizo un año de su traspaso, se le dedicó un extraordinario homenaje en el Arts Santa Mònica de Barcelona y otro en el Auditori Felip Pedrell de Tortosa. También el recuerdo de Vergés estuvo presente en la 65a Nit de Santa Llúcia celebrada en Tortosa el 2015. El reconocido ilustrador Ignasi Blanch realizó el cartel, con un barquero en el río, simbolizando a Vergés. 

El Ajuntament de Tortosa, Òmnium Cultural de les Terres de l’Ebre, y el colectivo diLLUMs d’arts al Forn promueven cada año homenajes en su recuerdo. Precisamente este grupo de las Terres de l’Ebre formado por artistas, poetas, escritores y amantes de la cultura en general contribuye enérgicamente en la difusión de la obra de Vergés. Este año, por la pandemia, aunque sin un acto público, crearon un vídeo-recital con la participación de una cincuentena de personas. El escritor y profesor Manel Ollé en particular ha sido un incombustible altavoz de la obra de Vergés, dándola a conocer entre muchísimas generaciones de jóvenes, así como Emigdi Subirats, Jesús M. Tibau y otras personalidades del mundo cultural de las Terres de l’Ebre.

El mejor homenaje es leerlo

Para conocer más espacios vinculados con Vergés se puede consultar el digital mapaliterari.cat, ya que la ruta literaria «Tortosa, sota l’ombra de Vergés», iniciativa de Xell Aixarch y la Biblioteca Marcel·lí Domingo, está incluida en la red de Espais Escrits.

Podemos detener nuestros pasos finalmente en este espacio del parque, hecho para reflexionar, pero también para no olvidar y homenajear. El poeta murió la Diada de Sant Jordi del 2014, el día de los libros. Probablemente Vergés no hubiera querido una gran plaza o una calle con su nombre. Seguramente, el mejor homenaje a un escritor es leerlo, fomentarlo en las aulas, en los actos públicos. En los últimos años se ha hecho un esfuerzo por destacar en el lugar que merece a Vergés y sus poemas, pese a que muchos estudiosos de su obra creen que no hay reconocimiento suficientemente importante para la grandísima figura que fue, que es y será Gerard Vergés. 

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