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Groenlandia, aranceles y nieve: Trump provoca y Europa responde

Mientras Trump amenaza con Groenlandia y el comercio, Bruselas y los líderes europeos muestran determinación y unidad

El presidente de EE.UU, Donald Trump

El presidente de EE.UU, Donald TrumpFOTO: JUSTIN LANE/EFE

Publicado por
Bàrbara Batalla

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En Davos, el frío no es solo una cuestión meteorológica. Se cuela en los pasillos, en las pausas entre reuniones, en la forma contenida en que se miden las palabras. Pero este año, entre la nieve persistente y las agendas apretadas del Foro Económico Mundial, hay una sensación distinta: Europa ha dejado de bajar la voz cuando el nombre de Donald Trump aparece en la conversación.

Trump no necesita subir al escenario para ocuparlo todo. Sus palabras flotan por los corredores como ráfagas heladas: Groenlandia, “ya lo descubriréis”, “no hay vuelta atrás”. Su obsesión por el control de la isla ártica —que ya ha dejado de ser anécdota para convertirse en una crisis diplomática— ha trastocado el guion tradicional de Davos en menos tiempo del que tarda en derretirse un copo de nieve.

Los líderes europeos escuchan, y esta vez no solo escuchan: responden. En medio del fragor de mensajes cruzados, Trump filtró lo que dijo eran mensajes privados con el presidente francés, Emmanuel Macron, y con el primer ministro neerlandés, Mark Rutte, intentando dibujar un escenario donde todos —él incluido— estarían alineados sobre el valor estratégico de Groenlandia. Pero la estrategia de la provocación, esa mezcla de diplomacia torpe y bravatas incendiarias, no está funcionando como él esperaba. Macron replicó con firmeza: Europa no aceptará pasivamente la ley del más fuerte.

La respuesta de Bruselas, articulada con la sobriedad que caracteriza sus discursos pero no su falta de firmeza, vino de la mano de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. En Davos, frente a dirigentes y empresarios del mundo entero, lanzó una advertencia que sonó más como un manifiesto: “nuestra respuesta será firme, unida y proporcional” ante las amenazas arancelarias y las tensiones surgidas por las pretensiones estadounidenses sobre Groenlandia.

Von der Leyen calificó de “error” las medidas punitivas propuestas por Washington, en especial la intención de imponer aranceles adicionales a países europeos que participaron en maniobras relacionadas con la seguridad ártica, y dejó claro que las relaciones entre aliados no pueden construirse sobre el uso de la coerción. Más allá de palabras, Bruselas está preparando un paquete de inversiones masivas en Groenlandia y en capacidades de seguridad ártica, destinado a reforzar la soberanía de la región junto a Dinamarca y a demostrar que Europa no retrocederá ante presiones externas.

No es solo retórica. Entre los ecos de Davos se escucha la posibilidad de represalias económicas si Estados Unidos endurece sus amenazas arancelarias: desde activar el instrumento anti‑coacción europeo —capaz de restringir el acceso al mercado de Estados Unidos para empresas estadounidenses— hasta estudiar tarifas de respuesta o limitaciones comerciales que harían que cualquier intento de Trump de forzar un acuerdo se convierta en juego de espejos donde nadie termina ganando.

Y mientras Europa perfila su estrategia como un bloque cohesionado, la geopolítica sigue jugueteando con los límites de la lógica. El ministro de Exteriores de Rusia, Sergei Lavrov, hizo unas declaraciones que añadieron una capa más de surrealismo al debate: afirmó que Groenlandia no es “parte natural” de Dinamarca, insinuando que, en su opinión, la cuestión plantea dudas sobre la soberanía colonial, aunque desmintió cualquier intención de interferir directamente en la isla. Aunque Moscú niega interés directo, su percepción crítica de la alianza occidental sirve como combustible para quienes ven en la disputa un síntoma de una OTAN tensa.

En este mapa de tensiones y palabras, Europa se erige —no sin ironía— como guardiana de algo más que relaciones comerciales. En contraste con la teatralidad de Trump, la respuesta europea se construye sobre la idea  de que la firmeza no necesita gritos estridentes, sino una voz conjunta, constante y consciente de que el mundo actual no se rige por decretos explosivos.

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