«Mi hijo está en una cárcel en el extranjero y llevo 13 años sin verle»

Ocho tarraconenses cumplen condena en prisiones de otros países. Agustín pasó tres años entre rejas. Le ofrecían 14.000 euros por ser mula para el tráfico de drogas: «Lo hice por mi hijo». Marisa espera una pronta repatriación de su hijo

31 agosto 2023 20:18 | Actualizado a 01 septiembre 2023 20:00
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«He soñado miles de veces que mi hijo abría la puerta, que volvía a casa. Y ahora veo a esa madre, que no es el mismo caso, pero está peor que yo. Claro que me identifico con ella, con su dolor. Me da pena. Y eso que mi hijo no ha matado. Nadie conoce este dolor hasta que lo pasa». Así se expresa la tarraconense Marisa, de 75 años, los últimos 13 sin poder ver a su hijo, preso en la cárcel de Callao, en Perú, por tráfico de drogas.

Marisa (nombre ficticio) se refiere a otra madre, Silvia Bronchalo, que estos días está en Tailandia para ver a su hijo, Daniel Sancho, en una cárcel, por su mediático caso. El descuartizamiento del cirujano colombiando Edwin Arrieta ha vuelto a poner sobre el mapa el reguero de ciudadanos encarcelados fuera de nuestras fronteras.

Ocho tarraconenses cumplen condena en prisiones extranjeras, todos ellos por tráfico de drogas. En total, son unos 900 españoles. El hijo de Marisa es uno de ellos. «Lo llevo fatal. Nunca he podido ir a verlo, no he viajado nunca. Le he mandado ropa y dinero para que comprara cosas. Para mí está siendo un sufrimiento, me ha quitado media vida. Últimamente me llama cada día. Me dice ‘te quiero’ y poco más. Sé que dormía en el suelo, que ahí dentro te tienes que espabilar...», cuenta Marisa.

«Rabia por dejarse engañar»

Al principio fue más duro. «Allí se ha tenido que buscar la vida. Sé que solo me explica una parte para no hacerme sufrir. Yo sé que se arrepiente, que siente mucha rabia por haberse dejado engañar», cuenta Marisa. La madre está esperando el traslado de su hijo a España y espera que pronto pueda reunirse con él. «Quiero que empiece aquí una nueva vida. Soy pensionista y quiero cuidarle y estar con él, porque tiene 46 años y toda la vida por delante. Primero es ponerse bien anímicamente».

La mayor parte de presos tarraconenses están condenados por tráfico de drogas en pequeña escala. Las penas van de cuatro a ocho años

En estos 13 años, no ha visto a ni una vez a su madre ni cómo crecían sus tres hijos, dos de ellos en España y otro en Perú. También ha perdido a sus abuelos.

La Fundación +34, una ONG que asiste y asesora a estos reclusos repartidos por el mundo, contabiliza actualmente presos de Tarragona en seis países. La lista está configurada por Marruecos (2), Francia (2), Perú (1), Bolivia (1), Italia (1) y Alemania (1). «La gran mayoría de ellos están por delitos de tráfico de drogas en pequeña escala. La horquilla de penas va desde los cuatro años hasta los ocho», explica Javier Casado, presidente de la fundación.

«He soñado miles de veces que mi hijo abría la puerta y volvía a casa. Nadie conoce este dolor hasta que se vive», dice la madre de un tarraconense encarcelado

La entidad atiende a todos los reclusos con dos excepciones: delitos de sangre y sexuales. A la práctica, una gran parte tienen que ver con estupefacientes y con casuísticas más o menos similares. «Muchos casos son de mulas que trasladan la droga. Antes iban más a Sudamérica pero ahora encontramos también que son interceptados en Europa. La gente que está más o menos desesperada son un perfil claro. Les prometen dinero fácil y caen en la tentación», indica Casado. La fundación ha llegado a contar a 2.500 presidiarios. Hoy son algo más de 900.

Las repatriaciones a España

Conoce bien la realidad el tarraconense Martín Castillo, que durante siete años ha sido un voluntario de la fundación que asistía a convictos en las cárceles peruanas. Ahora ha vuelto a vivir en Tarragona. «Hemos hecho mucho trabajo, ayudando y asesorando. Solo en Perú ha llegado a haber 365 españoles. Cuando me vine, en septiembre, no quedaban ni 20. Hemos hecho un trabajo intenso en vuelos de repatriación para que los condenados acabaran de cumplir la pena en España», explica.

La ministra de justicia Marisol Pérez Tello, al acceder a su cargo, pidió ayuda a Martín. «Me dijo que quería deshacinar las cárceles y enviar a todos al extranjero. Así que fuimos recopilando la documentación, cárcel por cárcel, para elaborar una especie de censo», explica él. Acabar de cumplir la condena en España es la máxima aspiración para Daniel Sancho, después de, antes que nada, eludir la pena de muerte en el juicio.

No se puede comprender este contingente de personas entre rejas sin los efectos de la anterior crisis. «Los iban a buscar incluso a la cola del paro. Les ofrecían ganar un dinero rápido, 3.000 euros por ejemplo», cuenta Martín.

Los tarraconenses están en cárceles de seis países. Se distribuyen así: Marruecos (2), Francia (2), Italia (1), Alemania (1), Bolivia (1) y Perú (1)

A Laura, una reusense ya en libertad, la detuvieron con 225 gramos de cocaína, una cantidad muy pequeña. «Es muy habitual que las mafias cojan a gente para pasar poco material. Aprovechan esa detención para que por otro lugar del aeropuerto entre alguien con una cantidad más grande», indica Laura. Pueden arrestar a dos personas a cambio de que tres logren pasar el control. Un ejemplo arquetípico es el de Agustín, un tarraconense de 46 años que pasó tres entre rejas, también en Perú, y comprobó que las condiciones infrahumanas de los penales foráneos no son un mito. «Han pasado seis años desde que estoy en libertad, y aún arrastro secuelas psicológicas, en el estado anímico, en la relación con los demás. En los últimos tres meses he perdido 21 kilos. Tengo recaídas, me vienen recuerdos, sensaciones a la cabeza», cuenta Agustín, que necesitó tiempo para superar el trauma: «Estaba ausente, no dormía por las noches, lo pasaba mal. Me entraban fobias, era por la noche y pensaba que se me metía el delegado de la cárcel en mi habitación».

Agustín narra un calvario en aquellos tres años que pasó en el penal de Sarita Colonia: «Lo peor de todo ha sido ver a compañeros morir por desatención. Las condiciones son infrahumanas, de suciedad por todos los sitios. Igual estabas durmiendo y sentías cucarachas que te correteaban por encima. Estuve recibiendo palizas diarias durante un mes. Mi mujer me enviaba cada mes 100 o 150 euros que luego daba allí. Pero en septiembre, por el cole de los niños, no pudieron mandarme ese dinero. Y me pegaban a diario».

De 117 kilos a 57

Agustín entró pesando 117 kilos y salió con 57. Ha acabado dejando atrás un drama que, pese a todo, volvería a repetir. «No estoy arrepentido. Lo hice por mi hijo y lo haría una y mil veces», explica. Su pequeño necesitaba un trasplante de hígado. Él explicó la situación en el trabajo. «Yo no quería esperar a la Seguridad Social. En una clínica privada me garantizaban que en un mes tendría un órgano de un donante, y el niño estaría operado. Necesitaba 14.000 euros», cuenta él. En una charla informal un compañero le sugirió la idea.

«Estuve recibiendo palizas diarias durante un mes. Estabas durmiendo y te pasaban las cucarachas por encima», recuerda Agustín, un exconvicto tarraconense

Esa es, precisamente, la cantidad suculenta que le ofrecían. Nunca había tenido relación con el mundo de las drogas y el narcotráfico pero aceptó. Tenía que viajar a Lima (Perú), permanecer diez días, recoger dos kilos y 60 gramos de cocaína, volver en el avión hasta París y de ahí regresar en tren a Tarragona.

Ni siquiera pudo tomar ese vuelo de vuelta. «Ya estaba planificado que me cogieran. Tenían una foto mía y me estaban esperando. Por otro lado estaban entrando dos maletas con 24 kilos cada una. Es algo habitual». A los siete meses en prisión le llegó la condena, seis años y ocho meses, y a la vez la mejor noticia desde España: su hijo se iba a poder operar en el sistema público. «Eso me alivió, ya me dio igual todo», admite. Pasó tres años en el penal. Luego se pudo reencontrar con su hijo, que ya se ha recuperado por completo.

Dos catalanes en prisiones de Tailandia

Daniel Sancho ha pasado, pues, a engrosar la extensa lista de españoles encarcelados en el extranjero. La Fundación +34, que ayuda a este colectivo, sitúa en 908 el número de ciudadanos entre rejas en estos momentos. En los últimos años ha atendido con su labor a 1.383 familias y a un total de 3.812 españoles.

En mayor o menor medida, todos ellos afrontan problemas como falta de higiene, hacinamiento, malnutrición, aislamiento social, contagio de enfermedades o mafias carcelarias.

En Tailandia, el país donde está Sancho, no hay ningún tarraconense, pero sí dos catalanes. Curiosamente, son personas de Terrassa. La más conocida es Artur Segarra, otro caso mediático. Cumple una condena de cadena perpetua en Bangkok por los delitos de asesinato y descuartizamiento de su compatriota David Bernat en 2016, un suceso que guarda cierta similitud con el de Sancho.

Hace unos años fue Sudamérica el continente que albergaba a más españoles, pero a partir de 2017 los vuelos de repatriación permitieron muchos traslados para acabar de cumplir la pena aquí. Ahora, las rutas de la droga en Europa hacen que países más cercanos copen el ranking. Francia (187), Alemania (129) o Bélgica (46) son los países con más reclusos. Ahora el perfil más común de encausado no es de la mula que viaja en avión, sino el del transportista de hachís que hace el traslado por carretera en Europa.

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