Opinión

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Marco Aurelio aconsejaba no dejar que el futuro nos alterase. El último número publicado de la revista Nature, en cambio, se asoma a 2050 y enumera tres palabras que suenan a ciencia ficción como son fusión nuclear, personas en Marte e inteligencia artificial general (AGI) para recordarnos algo incómodo: el progreso no avisa; un día es promesa, al siguiente es agenda. La pregunta útil no es «¿acertarán el año?», sino «¿qué está ya cambiando y qué nos obligará a cambiar?». 25 años parece mucho o poco según se mire, pero es el tiempo que ha tardado China en multiplicar su PIB por 15 y pasar a ser de la sexta a la segunda economía del mundo desarrollando planes de desarrollo quinquenales, su visión a medio y largo plazo para elevar capacidad científica-tecnológica, productividad y bienestar como pilares del «nuevo viaje» del país.

La primera respuesta es la inteligencia artificial. En 2026 no será un robot con cara humana, sino una capa de software metida en casi todo: redacta y traduce, programa, revisa contratos, detecta patrones en pruebas médicas, optimiza rutas o ajusta procesos industriales. Sam Altman, CEO de OpenAI, ha puesto un calendario provocador: 2025 como año de agentes de IA que hacen trabajo cognitivo real; 2026 para sistemas capaces de aportar ideas nuevas a nivel científico y 2027 para robots realizando tareas en el mundo físico.

En ciencia, ese giro puede ser un acelerador enorme. Nick Bostrom, citado por Nature, llega a sugerir que, hacia 2050, parte de la investigación podría estar en manos de una IA superinteligente. Es decir, una IA que «lee» millones de artículos y propone hipótesis puede recortar años de ensayo-error en fármacos, baterías o materiales. El reverso: si aceleras la ciencia, aceleras fallos y sesgos; harán falta auditorías, reproducibilidad y transparencia.

La segunda palanca es la energía. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) resume el camino hacia el cero neto en 2050 en cuatro pilares: electrificación con energía limpia, eficiencia, combustibles de bajas emisiones y reducción de metano. Es decir, redes más fuertes, almacenamiento, renovables e hidrógeno donde electrificar es difícil. Y, como invitada recurrente, la fusión: SPARC espera el primer plasma en 2026 y la energía neta poco después; su siguiente paso, ARC, aspira a entregar electricidad a la red a principios de los años 2030.

Otra apuesta de alto riesgo y alta recompensa es la computación cuántica. Nature destacó un hito de Google en corrección de errores, clave para que estas máquinas escalen sin desmoronarse. IBM fija 2029 como objetivo para un ordenador cuántico tolerante a fallos (Quantum Starling). Si se cumple, quizá no cambie tu móvil, pero sí podría acelerar química y ciencia de materiales.

La tercera ola es el mundo físico automatizado. La Federación Internacional de Robótica prevé que las instalaciones de robots industriales superen las 700.000 unidades anuales en 2028, y registra crecimiento en robótica de servicios. El cambio real será menos «humanoide» y más útil: almacenes más autónomos, robots de apoyo clínico y fábricas que se reajustan en tiempo real.

Y todo esto se cruza con una certeza demográfica: envejecemos. La OMS prevé que la población mundial de mayores de 60 años se duplicará hasta 2.100 millones en 2050, y que los mayores de 80 se triplicarán. Por eso «longevidad» significa salud funcional: prevención con sensores, medicina personalizada y terapias avanzadas. Ray Kurzweil empuja la versión más futurista: la AGI hacia 2029 e integración humano-máquina hacia 2045. El calendario es debatible; lo importante es la dirección: IA y biotecnología retroalimentándose.

Entre 2026 y 2050 lo más realista es un futuro a tirones: acelerones técnicos y frenazos por energía, regulación y confianza social. The Guardian retrataba recientemente a investigadores centrados en riesgos de IA que piden supervisión robusta para no perder el control de la carrera. En Tarragona, el «más allá» no lo marcará un chip, sino una decisión: ser solo compradores de tecnología o construir capacidades, talento, infraestructuras y buen gobierno del dato, para decidir cómo se usa, quién se beneficia y qué riesgos no aceptamos. El futuro no se predice, sino que se planifica y construye, tenemos herramientas y talento para construir capacidades en IA, en agrotecnología, nuevas energías y biomanufactura y nuevos materiales ¿Tarragona, hacemos nuestro plan para el 2030 y más allá?.

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