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El país del masoquismo

«Este es nuestro país, una provincia abandonada, el fin de una época, el fin del mundo y de todo lo demás. Es nuestro territorio. Nadie nos dará otro», afirma un gran escritor ucraniano

| Actualizado a 06 julio 2022 09:29
Lorenzo Silva
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Según afirma en las páginas de su libro El último territorio el escritor ucraniano Yuri Andrujovich, su país es el inventor del masoquismo. Alude con ello a la circunstancia de que quien le dio nombre, Leopold von Sacher-Masoch, autor de La venus de las pieles, nació en Leópolis, en ucraniano Lviv y entonces más conocida como Lemberg. La frase daría para una interpretación simple y malévola del esfuerzo y el sacrificio ímprobos que han asumido los ucranianos para no acabar convertidos en vasallos de la aristocracia de espías y oligarcas afines que gobierna de facto la Federación Rusa. Cabe incluso temer que alguno de los que día sí y día también teorizan sobre el deber natural que los habitantes de Ucrania tienen de dejarse sojuzgar por sus vecinos acabe echando mano de ella para desacreditar su lucha.

Sin embargo, la lectura del texto de Andrujovich, que con gran oportunidad acaba de reeditar Acantilado, ofrece claves mucho más sustanciosas para interpretar el carácter de Ucrania y de sus gentes y para entender lo que allí ocurre. Impagable es su ensayo sobre Taras Shevchenko, el poeta nacional, o el que firma sobre Chernóbil y lo que su explosión dejó al descubierto, pero quizá lo más interesante sea lo que escribe sobre Galitzia, su región natal -vino al mundo en Ivano-Frankivska, antes Stanislaviw- y también la del padre del masoquismo. La define como un intento quimérico de los Habsburgo de llevar Europa hacia el este, que habría dejado una impronta indeleble en sus habitantes y que explicaría, en buena medida, la pujanza de esa alma ucraniana separada de la rusa que el Kremlin niega.

A la «vieja abuelita», como llama el autor al Imperio Austrohúngaro, le debe Ucrania según Andrujovich la preservación del elemento nacional ucraniano y de su lengua, gracias a la condición multinacional y multilingüe del propio Imperio, pero también la reconciliación de sus diferencias, la preservación de su arquitectura y la capacidad de sentirse parte de Occidente. Hubo un tiempo, evoca, en el que Lviv o Stanislawiv eran parte del mismo Estado que gobernaba Viena y Venecia. Hilos sutiles que ignoran los adalides de la ‘realpolitik’ y los halcones rusos, pero que explican por qué a sus tanques les cuesta tanto abrirse paso.

«Este es nuestro país» -dice Andrujovich en Tentativa de desinformación-, «una provincia abandonada, el fin de una época, el fin del mundo y de todo lo demás. Es nuestro territorio. Nadie nos dará otro». Con esos mimbres, la guerra será larga. Y lo que Europa se juega en ella es algo más que su prestigio.

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