Opinión

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Ayer tuve una conversación interesante y en algún momento dije algo así como«hemos tomado la educación estética como una frivolidad y ahora lo pagamos». Cierto. Siempre me he fijado en cosas raras. En detalles que no deberían importar y que, para mí, lo son todo. Una silla fea, una alfombra de color chillón, una planta moribunda, una plaza sin coherencia. No es un juicio moral, es una sensación física. Algo se desajusta. Me cuesta confiar en lugares feos, descuidados, defendidos únicamente con palabras grandes. Intuyo —quizá de forma injusta— que cuando la forma no importa, el fondo tampoco está del todo protegido. Que la estética no es un lujo, sino una manera silenciosa de tomarse las cosas en serio. Nulla etica sine estetica. Oscar Wilde lo dijo hace tiempo, con esa ligereza que solo tienen los que piensan de verdad: la estética está por encima de la moral. Friedrich Nietzsche propuso una visión donde la moralidad estuviera ligada a criterios estéticos, considerando la estética capaz de dar sentido a la vida. Es cierto: la verdadera belleza o el arte no pueden desligarse de la responsabilidad moral. El mundo de hoy me parece ruidoso, acelerado, visualmente pobre. Y como me parece feo, huyo. Me refugio en espacios donde la estética todavía importa. Rincones en los que descansar y aprender,

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