La silla ‘gamer’ definitiva

Ya hace tiempo, que nada se le ofrece a la generación millennial. Al llegar ahora a sus 30, ven que nada de «esta realidad» es para ellos y, a cambio, youtubers, tiktoks, instagramers, tinders y twitchs campan a sus anchas, mostrando mundos felices

| Actualizado a 30 diciembre 2021 11:52
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Los que niegan al individuo y la propiedad privada en favor de la colectividad o «lo común» siempre recurren a un paraíso terrenal idílico en el que todo es de todos y donde tienen todas sus necesidades saciadas. A él recurrieron Platón o Santo Tomás Moro, pero también los comunistas, cuya última etapa es la dictadura del proletariado, con violencia si hace falta, como defendía Marx. Ese paraíso, siento decirlo, nunca ha existido en toda la historia de la humanidad y, cuando se ha querido forzar, la persecución de esta utopía ha ido matando, a menudo en forma de hambrunas, a millones de personas por el camino.

Hasta ahora. Ya hace tiempo, desde la crisis global de 2007, que nada se le ofrece a la generación millennial. Al llegar ahora a sus 30, ven que nada de «esta realidad» es para ellos y, a cambio, youtubers, tiktoks, instagramers, tinders y twitchs campan a sus anchas, mostrando mundos felices. A medida que el Estado Social subsidia más y más las vidas de los que nada pueden o tienen que ofrecer (ahora ante el reto de la robotización), convirtiéndolos en dependientes y clientes permanentes del mismo (en renta mínima vital, en vivienda) con el dinero, eso sí, de los que se levantan a trabajar cada mañana, esos «mundos virtuales», irreales, se convierten cada vez más atractivos ante sus ojos. Sin responsabilidades ni niños (sin los que aún hay menos futuro), no hay nada más atractivo e inmersivo para aquellos separados y aburridos de la «realidad real» que instalarse en sus sillas gamers, acompañados de todo aquello que necesitan para no tenerse que levantar para nada, convirtiéndose en protagonistas de algo, aunque sea mentira.

Hace unas semanas se legalizó en Suiza «Sarco», una vaina para suicidarse poco a poco, muy al estilo de la película Soylent Green (1973). No es más que el siguiente eslabón de la «cultura de la muerte». Y también hace pocas semanas se presentó el metaverso de Facebook, que coexistirá con otros metaversos descentralizados (P2P). En dichos mundos virtuales, curiosamente, se prima la propiedad privada a través de los NFT (non fungible tokens), incentivada porque cada objeto es único y, además, al ser de tu propiedad, puedes llevártelo contigo «a otros mundos virtuales», si te aburres o si el juego termina. Para que se hagan una idea, hace un mes se han pagado 650.000 dólares por un barco NFT pixelado. Pero lo curioso es que sirve para ir de isla en isla, donde se van a hacer promociones inmobiliarias de lujo. Ay. Creo que, como yo, lo ven venir. Efectivamente, ya hay metaversos centrados en la adquisición de inmuebles, como la «nación digital» Axie Infinity, poblado de adorables pseudogatitos de colores, muy a lo millennial también. Todo ello movido por criptomonedas que están valoradas en miles de millones de dólares.

Y si a todo ello le añadimos que la neurociencia ya es capaz de conseguir los datos directamente de nuestro subconsciente y conocer lo que me gusta y apetece en cada momento a través de nodos o, incluso, alterar nuestro «yo» (carente hoy de protección internacional ante intrusiones, como denuncian Yuste y otros), ya tenemos todos los ingredientes para que el Musk de turno diseñe la vaina perfecta, superando las actuales sillas gamer: mundos alternativos a nuestro gusto, con nuestras propias reglas (no el aburrido Derecho civil), donde puedo ser alguien, ganando cripto-dinero (eso sí, muy descentralizado y anárquico) y pasándomelo en grande sin límites físicos, legales o morales. Todo muy amable y sin que nadie me «fuerce» a nada; la fusión ideal entre lo colectivo y el yo (o lo que creo que soy yo, nodos mediante). Transhumanismo a lo San Junipero de Black Mirror. Como en Soylent Green, solo aquellos que hayan experimentado las sensaciones de la «realidad real» las añorarán; los que vengan después, ya empalmarán con «Sarco» pero, mientras tanto, serán permanentemente felices en sus paraísos virtuales.

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