Opinión

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Francia no tiene huevos. No es una frase machirula. Es literal. El país vecino vive desde hace meses una crisis de abastecimiento de huevos que se refleja claramente en los supermercados, donde las estanterías aparecen cada vez más vacías. El origen del problema es el creciente desequilibrio entre la oferta y la demanda: el consumo en el país galo ha aumentado un 15% en los últimos tres años, hasta alcanzar los 240 huevos por persona y año. Esta demanda creciente se explica por el encarecimiento de otras proteínas como la carne, y por el cambio en el discurso sanitario, que ya no vincula el colesterol al consumo de huevos. La cosa es que el aumento del consumo no ha ido acompañado de un crecimiento similar de la producción, ya que el sector está inmerso en la transición hacia la cría de gallinas en libertad: un proceso costoso que reduce temporalmente la capacidad productiva y se ve frenado por una normativa más estricta. A ello se han sumado picos de demanda en Navidad y problemas logísticos por el frío, obligando a Francia a importar huevos de otros países europeos. Como España.

El problema es que, aquí, tampoco vamos sobrados de huevos. O, al menos, de huevos baratos. La tensión en España se manifiesta sobre todo en los precios. Desde el inicio de la epidemia mundial de gripe aviar, los huevos se han encarecido alrededor de un 40%, debido principalmente a una caída de la producción cercana al 10% tras el sacrificio preventivo de aves. Aunque la situación sanitaria ha sido mejor que en otros países, España ha aumentado las exportaciones para cubrir déficits en Europa, lo que ha reducido la oferta interna y ha impedido una contención de precios. Como resultado, los huevos se han convertido en uno de los alimentos que más han subido en 2025 y parte del sector ya alerta de posibles problemas de abastecimiento si la situación se prolonga.

Tiene huevos la cosa.

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