Opinión

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Ayer tuve un día torcido. Mala pata. Jornada gafe. Empezó nada más levantarme. La mala suerte debió despertarse conmigo, porque el despertador no sonó y tocó correr. Los niños, de horario habitualmente germánico, no dijeron ni pío hasta bien pasada su hora, por lo que no me sirvieron de alarma sustituta. Todo mal. Antes del desayuno, se me escurrió el zumo de naranja entre los dedos. A continuación, se me cayó el vaso de leche del mayor. Suma y sigue. Al vestirle, sus bambas estaban sucísimas: olvidé quitarles el barro, la noche anterior. Cuando ya salíamos tarde hacia el colegio, el pequeño se cagó encima en el peor momento: en la puerta misma de casa. Salimos a la calle... Y llovía. Pisé un charco. Para colmo, creo que tengo fiebre.

Hay días en los que parece que el mundo se conjure contra ti. En los que si algo puede salir mal, saldrá mal. La Ley de Murphy, se suele decir. ¿O no es así? Lo cierto es que este supuesto teorema –que no tiene nada de científico– no defiende que el universo conspire contra nadie, sino que «si existen varias formas de hacer algo, y una de ellas conduce al fracaso, lo más probable es que alguien acabe eligiéndola». La idea se atribuye al ingeniero norteamericano Edward A. Murphy Jr. que, durante una pruebas de aceleración en pilotos de la Fuerza Aérea, habría dicho algo parecido a la frase anterior, cuando un sistema de sensores se instaló mal en todos los puntos posibles. A lo que se refería Murphy es que los errores no son cuestión de «mala suerte» sino de acumulación de oportunidades de fallo. Cuanto más compleja es la tarea, más posibilidades de equivocarse. Y en la vida cuotidiana hay multitud de ocasiones de errar.

Lo que sí es cierto es que los humanos tendemos a buscar patrones. Esperamos uniformidad a nuestro alrededor. Vemos «conspiraciones» del destino donde solo hay casualidad. Nos aferramos a lo que los psicólogos cognitivos llaman «ilusión de agrupamiento». Es producto de nuestra mente. No tenemos «Días de Murphy», solo nos lo parecen.

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