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    Solo la clientela fiel puede salvar un futuro desolador en Reus

    El contraste es evidente en una vía prácticamente sin actividad comercial entre los negocios que levantan su persiana y los locales ya abandonados

    08 enero 2023 09:51 | Actualizado a 08 enero 2023 09:56
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    El olor a café y pan recién horneado abren el apetito al inicio de la calle Amargura, junto a un joven Gaudí de bronce, que juega a escasos metros de la casa natal del arquitecto. Paso a paso, se suceden en la vía numerosas viviendas, algunas con fachadas tradicionales y otras renovadas con edificios modernos de nueva construcción. También, en su extensión hasta la plaza del Pintor Fortuny, destacan cada vez más locales abandonados, cuyos letreros siguen recordando los diferentes tipos de locales que albergaron en su día.

    Porque, a pesar de su cercanía con el centro, la calle de la Amargura es un ejemplo evidente del efecto limitante que tienen los arrabales. En este caso, el Raval de Santa Anna marca una barrera para la actividad comercial que repercute negativamente en los comercios de esta calle: los que siguen en pie, visualizan la incertidumbre y lamentan los negocios que han tenido que bajar la persiana en los últimos años por falta de movimiento social.

    Cuando toca decir adiós

    Hace apenas unos días, de hecho, que, tras más de una década atendiendo en la calle, la tienda fetamb colgaba su cartel de «liquidación por cierre». «Es una lástima porque en principio parecía una buena calle, pensábamos que al estar justo detrás del arrabal era céntrico, pero es secundaria», apunta Celia Navarro, propietaria de la tienda.

    Aunque reconocen que su negocio de arte y manualidades no es para todo el mundo, en fetamb lamentan que no solo la actividad comercial queda relegada fuera del centro, la pandemia también ha provocado que su clientela -ya específica- se redujese por las compras en línea. «No quiere decir que de aquí a dos años vuelva a estar de moda», advierte la copropietaria Sefa Vaquero, «pero la gente ha ido cambiando con el tiempo y son muchas las tiendas que han ido cerrando», relata.

    Además, lamentan que la calle es «como si no existiese, está olvidada hasta para la limpieza». «La calle está un poco abandonada, parece que la parte donde está el Kilotela, en la esquina con la calle Llovera, funciona algo mejor; nuestro local estaba muy bien, pero aquí al lado hemos tenido incluso okupas», concluye Navarro.

    Lo cierto es que en la tienda Kilotela hacen una valoración bien distinta de la calle de la Amargura. En su caso, trasladaron el negocio desde la calle Santa Anna en busca de un local más grande y «tras diecisiete años, nunca hemos tenido ningún problema», afirma su encargada, María José Gómez.

    Coinciden en la regresión y también lamenta que muchos locales han abierto y cerrado en ese tiempo porque falta impulso comercial. Sin embargo, añade que «aunque no haya apenas comercias, la calle lleva a muchos caminos y pasa bastante gente por ella, por lo que hasta la fecha no les ha afectado en exceso», añade Gómez.

    Aun así, no se trata solo del contraste entre ambos tramos de la vía, entre un negocio que va bien y otro que se ve obligado a cerrar; también influyen las consecuencias de la peatonalización del Raval de Santa Anna y las obras de los últimos meses.

    ¿Hay efectos secundarios?

    Más allá de largas colas en las horas puntas, los atascos de vehículos en la calle de la Amargura aumentaron directamente tras la peatonalización del arrabal. De nuevo, en el tramo más cercano a la calle Llovera han sufrido menos esa situación porque «siempre la han vivido como un lugar de paso y sus clientes, de todo Reus y de muchos otros sitios, han seguido viniendo igualmente», explican desde Kilotela. Es más, ante el planteamiento de peatonalizar su vía, María José Gómez reconoce que el escaparate atraería a la gente, pero «entonces Reus se quedaría sin calles para circular».

    En cambio, en el tramo de fetamb antes apenas pasaban coches, pues cuando estaba abierto el Raval de Santa Anna subían por Salvador Espriu. Por eso, ambas propietarias, madre e hija, recalcan que «no es una calle transitable para el comercio y que, dado el continuo paso de coches, tendría que haber muchas más zonas peatonales y no solo pensar en el centro».

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