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Salud

Afectados tras vacunarse del Covid con AstraZeneca en Tarragona: "Tomo más de diez pastillas al día"

Rafa González relata su calvario tras vacunarse: perdió la capacidad de moverse y de hablar, además de la memoria. Por su parte, Gisela Viladrich sufre desde 2021 una enfermedad crónica incapacitante. Critica los obstáculos de la Administración pública

Rafa González forma parte de la Asociación de Trabajadores Esenciales Afectados por la Vacuna AstraZeneca (Ateava).Alba Mariné

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El 12 de febrero de 2021, Rafa González, técnico en sistemas de integración y mantenimiento tecnológico, acudió a vacunarse con AstraZeneca junto a casi 400 compañeros, considerados personal esencial. Lo que debía ser un trámite rutinario se convirtió en el inicio de un episodio que cambiaría su vida de manera radical: "A la una de la mañana de esa misma noche empecé a convulsionar. Mi cuerpo dejó de responder".

Desde el primer momento, Rafa notó que algo iba más allá de un simple efecto secundario. Tras los primeros días, en los que la medicación de emergencia le ayudó apenas a mantenerse consciente, regresó al trabajo

Sin embargo, pronto quedó claro que la recuperación no llegaría: "Mis compañeros y mi jefe se dieron cuenta de que no estaba bien, a pesar de que yo decía que sí. Perdía la orientación, olvidaba cosas simples, mi memoria fallaba constantemente...". "Incluso me dieron la baja, pero imagina cómo estaba que ni me enteré", recuerda.

"Mis compañeros se dieron cuenta de que no estaba bien"

El impacto físico y neurológico

Su relato describe con crudeza la magnitud de la afectación: "Me quedaba tirado en el suelo, sin poder moverme ni pensar. Tenía dolores por todo mi cuerpo, cefaleas constantes y un trastorno en el sistema inmune y también el inflamatorio". "Fue vacunarme y se me inflamaron la mama izquierda y el brazo", apunta.

Los médicos le diagnosticaron afectación neurocognitiva (deterioro significativo de las funciones mentales como la memoria, atención, lenguaje, razonamiento y juicio), covid persistente, insomnio, neuralgia del trigémino (dolor facial), y en la zona torácica, cervical y brazo izquierdo. Antes de la vacuna, explica, "no era una persona que tuviera dolor de cabeza, pero ahora lo siento todos los días".

Durante meses, Rafa combinó rehabilitación neurocognitiva, pruebas médicas exhaustivas y seguimiento hospitalario. Un hallazgo inesperado fue un infarto que nadie había detectado pese a las múltiples pruebas: "Nadie se había dado cuenta hasta que una resonancia de control lo confirmó".

De hecho, fue una visita en la que la paciente era su madre: "Me ingresaron y me dijeron 'algo tienes y no sabemos lo que es'". Su tratamiento incluyó intervenciones quirúrgicas y medicación para proteger el sistema cardiovascular y controlar la neuralgia que se instaló en su vida, afectando a su memoria y casi perdiendo el habla. "Llegué a tomar 32 pastillas al día; ahora son más de 10".

La vida laboral y personal

Rafa cuenta que el golpe no solo fue físico, sino también laboral y emocional. Con un 55% de grado de discapacidad reconocido, la recomendación médica es que solo podría trabajar un máximo de cuatro horas al día: "Antes era activo, trabajaba y nunca he mirado el reloj; no me cansaba nunca. Ahora, subir dos escaleras puede ser un esfuerzo insuperable".

"Nadie se había dado cuenta de que tenía un infarto hasta una resonancia de control"

Su entorno familiar sufrió también las consecuencias. La separación de su pareja pocos meses después de la vacuna y la dependencia de amigos y familiares para tareas básicas reforzaron la sensación de aislamiento: "Había días en que no podía ni moverme de la cama, y eran ellos los que venían a buscarme, a asegurarse de que comiera o que no me pasara nada".

Empatía y vacío institucional

Rafa se considera afortunado por poder costear fisioterapia, psicólogos privados, osteóptas, rehabilitación y demás medicación que llegan a ascender a más de 500-600 euros al mes. Gastos que la Seguridad Social no cubre. Denuncia la falta de respuesta de Sistema Español de Farmacovigilancia de Medicamentos de Uso Humano: "He enviado todos mis informes dos veces y no han contestado. Parece que solo se preocupan por nuevos productos, no por los que sufrimos efectos persistentes".

Rafa subraya que, en medio de la incertidumbre, el apoyo ha sido crucial: "He tenido la suerte de encontrar médicos que han entendido mi caso y que han aprendido conmigo. Pero también he visto a compañeros que lo han pasado fatal, algunos hasta planteándose la eutanasia". 

Forma parte de la Asociación de Trabajadores Esenciales Afectados por la Vacuna AstraZeneca (Ateava), donde encuentra apoyo para hacer fuerza y lograr un objetivo claro: "Entre todos queremos conseguir que esta situación se reconozca como accidente laboral".

Cinco años después, Rafa sigue en rehabilitación y adaptando su vida a sus nuevas limitaciones: "No estamos cuestionando la vacunación. Pedimos investigación, seguimiento y acompañamiento. 

"Entre todos queremos conseguir que esta situación se reconozca como accidente laboral"

Queremos respuestas y un futuro más seguro para quienes pasamos por esto". Sus palabras dejan claro que la lucha continúa, no solo contra los síntomas, sino también por el reconocimiento y apoyo institucional que su caso exige. Porque queda un largo camino para descubrir qué puede ayudar a las personas afectadas a vivir mejor.

Gisela Viladrich forma parte de la Asociación de Trabajadores Esenciales Afectados por la Vacuna AstraZeneca (Ateava)Alba Mariné

Gisela Viladrich: "Me dijeron que podía ser ansiedad o algo mental"

El 5 de marzo de 2021, Gisela Viladrich salió de casa con una decisión que no había tomado a la ligera, sin saber que su vida estaba a punto de cambiar para siempre. Maestra de primaria, vecina de Cambrils y considerada personal esencial, llevaba semanas recibiendo mensajes insistentes para vacunarse contra la Covid con AstraZeneca. Dudaba. Lo hablaba con compañeros. Lo pensaba una y otra vez. Al final, se vacunó: "Lo hice para proteger a mis padres".

Eligió un viernes. Calculó los tiempos: "Si me encuentro mal, tengo el fin de semana", pensó entonces. Le habían dicho que, como mucho, tendría síntomas parecidos a una gripe "durante uno o dos días". Nada más lejos de la realidad, pasaron únicamente ocho horas hasta que comenzó el inicio de un calvario que arrastra hoy, casi cinco años después. Un calvario físico al que se han sumado obstáculos personales, médicos y burocráticos.

El primer aviso

"A las pocas horas de vacunarme empecé a tiritar sin control. Tenía una fiebre altísima. Era como si mi cuerpo dejara de sostenerse", recuerda. Durante una hora entera, el temblor fue incesante. La noche fue larga, densa, dolorosa. El domingo amaneció algo mejor. El lunes, todavía débil, se duchó y decidió intentar volver al trabajo. No llegó.

"Iba conduciendo, llegué a una rotonda, me mareé muchísimo y tuve que dar la vuelta. Volví a casa. A partir de ahí, ya no volví a ser la misma". Ese episodio marcó el inicio de un proceso que, cinco años después, sigue sin un diagnóstico claro ni tratamiento específico. 

"Empecé a tiritar sin control. Era como si mi cuerpo dejara de sostenerse"

A partir de ese día, el cuerpo de Gisela empezó a fallar de forma generalizada. Dolor en las articulaciones, mareos persistentes, debilidad extrema, sensación de pérdida de fuerza en las piernas, dificultad para mantenerse en pie: "Durante meses estuve prácticamente en la cama, encerrada en casa".

Las visitas a urgencias se sucedieron: "Hubo un día que estaba tocando el piano, me empecé a marear y me quedé en blanco. Pedí una ambulancia". Analíticas, pruebas de imagen, controles neurológicos: "Todo salía bien; me decían que de la vacuna no podía ser". 

Esa normalidad clínica contrastaba con una realidad física devastadora: "Un médico privado llegó a decirme que podía ser ansiedad o algo emocional o mental. Fue muy duro sentir que no me creían". En su día, tan solo su médico de cabecera lo hizo.

El limbo médico

Fueron meses en los que Gisela vivió en un limbo asistencial: "Iba de médico en médico sin respuestas". El sistema sanitario no tenía todavía protocolos claros para los cuadros persistentes posteriores a la vacunación: "Estábamos aprendiendo sobre la marcha", le dijeron más adelante algunos especialistas. De hecho, en febrero del año siguiente (2022), el Instituto Nacional de la Seguridad Social (INSS) le dio el alta

Pero la pesadilla no cesaba: "Acabé ese curso como pude y cogí el paro hasta noviembre de 2023 para ver si me recuperaba, pero no. Me congelé el número en el curso 2023-2024 e intenté un trabajo por cuenta propia que me permitiera dosificarme, pero no aguanté: a los cuatro meses [en febrero de 2024] volví a tener que coger la baja".

Intentó reincorporarse al trabajo ese mismo verano. Habló con la dirección de la escuela. Explicó su situación. Pidió adaptaciones: "Le dije al director del centro que si me veía recostarme no era dejadez, era esto". Llegó a pedir tumbarse diez minutos en una sala multisensorial de la escuela durante la pausa del mediodía para aguantar la tarde. Todo duró hasta octubre: "Ya no pude más".

Estuvo nueve meses sin que nadie la visitara: "Me quejé mucho pidiendo que me hicieran un seguimiento". Con el tiempo llegaron varios diagnósticos parciales: síndrome de fatiga crónica, covid persistente asociado a la vacuna, afectación mitocondrial, cefaleas, niebla mental, acúfenos, hipertensión ortostática y fibromialgia. Los síntomas fluctúan en función del momento: "Yo sé que la mañana es cuando puedo hacer algo [salir a comprar, cosas de casa...] si me encuentro bien".

"No puedo planificar nada. Si me invitan a un cumpleaños, tengo que avisar el mismo día si puedo ir"

Su sistema parasimpático quedó afectado, impidiendo que su corazón y respiración respondieran al esfuerzo. Los tratamientos farmacológicos fueron limitados: "Muchos medicamentos no los tolero porque tengo mucha sensibilidad a excipientes, y además soy intolerante a la lactosa o el sorbitol, que están en muchos de ellos". El abordaje quedó reducido a suplementos y control sintomático.

Desde octubre de 2024, permanece de baja. Cinco años después de la vacuna, su vida sigue condicionada por la fatiga, el dolor y la incertidumbre: "No cuestiono la vacunación. Lo único que pedimos es que se investigue qué nos ha pasado y que se nos acompañe". Por ese motivo, forma parte de la Asociación de Trabajadores Esenciales Afectados por la Vacuna AstraZeneca (Ateava).

De la actividad al silencio

Su vida social se ha reducido: "No puedo planificar nada. Si me invitan a un cumpleaños, tengo que avisar el mismo día si puedo ir". Explica también que la sensibilidad al ruido, a la luz intensa y a los estímulos fuertes le provoca desequilibrio y agotamiento.

Gisela subraya que, sin el apoyo de su familia y amigos cercanos, la experiencia habría sido más dura, pero echa en falta más apoyo de la Administración. A pesar de todo, mantiene una sonrisa imperecedera y las ganas de luchar por ser de nuevo la que fue.