Crónica imprescindible
Como Eleven se hizo mayor ante nuestros ojos (y a pesar de muchos)
Como Millie Bobby Brown encara las críticas mientras el resto de protagonistas de 'Stranger Things' vive sus romances con naturalidad

La actriz Millie Bobby Brown, en el papel de Once, en una escena de la quinta temporada de Stranger Things. EFE/Netflix
«Las mujeres crecen. No me siento mal por ello». Esta es una de las frases con las que Millie Bobby Brown trata de responder a los cientos de críticas que recibe desde hace tiempo. Especialmente estos días, en los que se ha estrenado el último capítulo de Stranger Things, convertido en tendencia mundial. Tranquilos: aquí no habrá spoilers. No hacen falta. Lo verdaderamente incómodo no está en la ficción, sino fuera de la pantalla.
Mientras medio planeta comenta el final de una serie que ha marcado a toda una generación, su protagonista vuelve a ocupar titulares por un motivo mucho menos celebrable. No por su trabajo. No por su carrera. Por su cara. Por su aspecto físico. Por haber cambiado.
En las últimas semanas, Millie Bobby Brown ha sido objeto de burlas constantes en redes sociales y de un tipo de comentario que se disfraza de análisis ligero cuando en realidad es desprecio sin filtro. Memes, vídeos editados, comparaciones innecesarias, risas fáciles. Todo con la misma idea de fondo: «ya no es la de antes». Como si ese «antes» fuera una obligación. Como si crecer fuera una traición al espectador.
Millie empezó Stranger Things con 11 años. Hoy no ha cumplido todavía los 22. Entre una cosa y la otra ha pasado algo que parece imperdonable para parte del público: ha crecido. Ha cambiado sus rasgos, su expresión, su forma de estar en el mundo. Nada extraordinario. Nada reprochable. Salvo que seas una mujer joven que ha crecido delante de millones de personas.
La propia actriz ha decidido no callarse. Ha señalado algo que debería incomodar más de lo que incomoda: adultos opinando con sorna sobre el rostro de una chica muy joven, medios que convierten su aspecto en contenido y una cultura digital que confunde comentario con burla. No ha pedido comprensión, solo ha pedido respeto.
Hay algo especialmente incómodo en todo esto: muchos de los que ahora se ríen son los mismos que la aplaudían cuando era menor. Los que celebraban a la niña prodigio hoy parecen molestos porque ya no lo es. Todos adultos, personas a las que se les supone cierta capacidad crítica. Aunque ha sido ella quien al final ha demostrado madurez.

Frame de la serie 'Stranger Things'
Madurez en sus palabras yendo su forma de vivir la vida. Casada con Jake Bongiovi, hijo de Jon Bon Jovi, atraviesa una etapa marcada por la estabilidad personal, la maternidad y decisiones tomadas lejos del ruido. Una mujer joven que empieza a vivir fuera del personaje que la hizo famosa. Y eso, quizá, incomoda más que cualquier giro de guion.
El contraste con el resto del reparto de Stranger Things es evidente. Finn Wolfhard, Caleb McLaughlin o Noah Schnapp han crecido físicamente sin convertirse en meme. A ellos se les permite cambiar. A ella se la examina.
En lo sentimental, el elenco opta por la discreción. Natalia Dyer y Charlie Heaton siguen juntos; Gaten Matarazzo mantiene una relación estable; otros prefieren el silencio. Nadie disecciona sus caras. Nadie convierte su crecimiento en chiste colectivo. Y eso que posan en alfombras rojas sin esconder sus relaciones. Lo que pasa es que el problema no es Millie Bobby Brown, es esa mirada social que sigue creyendo que el cuerpo de una mujer es un espacio público. Stranger Things se despide como fenómeno global. Millie Bobby Brown sigue adelante. Y eso, a algunos, todavía les cuesta aceptar.