La carrera hacia los Oscar
Esta es la película que más suena para ganar los Oscar
Todo a punto para que 'Una batalla tras otra', el fenómeno inesperado que descoloca a la Academia, aparezca en la lista de las más nominadas. Es la gran candidata a llevarse muchos galardones

Leonardo DiCaprio, en una escena de la película.
Una batalla tras otra llega a la temporada de premios con la misma actitud con la que parece mirar al mundo: sin pedir permiso. En un ecosistema que ha aprendido a negociar sus aristas y a suavizar el discurso para no perder visibilidad —llámenlo eso tan popular de ‘políticamente correcto’—, la película de Paul Thomas Anderson se presenta como una anomalía deliberada. No corrige su tono, no busca consenso, no se pliega a la liturgia promocional de esa corrección. Y, aun así —o precisamente por eso—, ahí está: acumulando premios y galardones, acaparando titulares y generando un murmullo incómodo entre la fascinación y el desconcierto.
El jueves saldremos de dudas para comprobar qué película parte como gran favorita para hacerse con la 98º edición de los Oscar, los premios más prestigiosos del cine internacional, en la gala que dará a conocer a sus ganadores el próximo 15 de marzo en el emblemático Teatro Dolby de Los Ángeles. Precisamente, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas ha recordado que este año 317 películas son elegibles, incluidas 201 para la categoría de mejor película. Todas ellas deben contar con una serie de requisitos, incluyendo una mayor exhibición en salas y la presentación de un formulario confidencial de Entrada de Estándares de Representación e Inclusión de la Academia (RAISE).
Este año, como no podía ser de otra forma, todos los géneros cinematográficos volverán a estar representados con filmes como Los pecadores, Hamnet, Marty Supreme, El agente secreto, Un simple accidente, Frankenstein, Valor sentimental, Bugonia, Sueños de trenes, Nouvelle Vague o la española Sirat.
En todas las quinielas
Sin embargo, la hegemonía de Una batalla tras otra, el fenómeno que encabezalas quinielas de esta temporada de premios, parece ser incontestable. La prueba más evidente de ello fueron los Globos de Oro, antesala de los Oscar y que mide con alto acierto la temperatura hacia dónde pueden inclinarse las preferencias de los académicos. El filme de Anderson hizo honor a su nombre y el pasado día 11 conquistó una noche que ya pronosticaba su victoria, al alzarse con cuatro premios en las categorías de comedia o musical en una gala que por segundo año consecutivo mostró su admiración al cine brasileño gracias a El agente secreto. El año pasado fue la magnífica Aún estoy aquí (de Walter Salles) la que optó a tres estatuillas: mejor película, mejor película internacional (ganó ese premio) y mejor actriz para su protagonista (Fernanda Torres).
Si en 2025 fue Anora la ganadores del máximo galardón, este año muchos filmes que pueden tomar su relevo parten con aspiraciones reivindicativas. La mayor prueba de ello es Una batalla tras otra, una de esas películas llamas a crear un antes y un después.
Y es que hay películas que triunfan porque confirman lo que el público y la industria ya saben. Otras lo hacen porque lo desordenan. Una batalla tras otra pertenece a esta segunda estirpe. Su éxito no nace de la aceptación, sino de la fricción: no ofrece consuelo, sino preguntas; no busca cerrar sentidos, sino tensar los márgenes de lo decible. La paradoja es que esa incomodidad se ha convertido en su principal fuente de legitimidad. Cada premio no la normaliza: la vuelve más extraña.
Paul Thomas Anderson lleva años construyendo una mirada donde el exceso convive con la intimidad. Aquí esa mirada alcanza su forma más abiertamente política, aunque no en términos de tesis o proclama. La política se filtra por los intersticios: en los cuerpos que ocupan el espacio, en los silencios que no se resuelven, en la fragilidad de los vínculos que sostienen el relato. El gesto político, sugiere la película, no siempre se articula en el discurso, sino en el temblor.
La ambigüedad como valor
Frente a un panorama cinematográfico saturado de eslóganes —historias ‘necesarias’, películas ‘que importan’—, Anderson propone la duda como único argumento. No repara heridas: las expone. No ofrece respuestas, sino el vértigo de no tenerlas. En ese sentido, su cine funciona como un espejo incómodo de la propia temporada de premios: mientras muchas películas buscan una narrativa clara que respalde su prestigio, Una batalla tras otra reivindica la ambigüedad como valor.
También ahí reside su extraña fuerza. Es una película grande y pequeña al mismo tiempo: ambiciosa en su escala formal, pero sostenida por gestos mínimos, miradas que no saben sostenerse, diálogos que fracasan. Esa tensión constante entre lo íntimo y lo monumental genera una textura difícil de clasificar. Incomoda porque se resiste a quedar fijada. No es una película ‘sobre’ algo, sino una película ‘desde’ una inquietud, una resistencia, una forma de estar en el mundo.
El eco que ha encontrado en la industria habla tanto del momento que atraviesa el cine como de sus propias contradicciones. En tiempos en los que los premios parecen medir la pertinencia del discurso antes que la singularidad de la mirada, Anderson aparece como un recordatorio de que el riesgo y la ambigüedad siguen siendo formas de verdad. No busca integrarse: se deja ver precisamente porque no se deja asimilar.
Los rostros de la insurrección
Aquí, lejos del panfleto, el cineasta de Studio City se aproxima a ese territorio de la insurrección como forma de vida con la misma sensibilidad con la que filmó anteriormente un vestido en El hilo invisible (2017) o un baile en Licorice Pizza (2021). La rebelión, en su mirada, no es solo una proclama ni un estallido violento, sino un ecosistema humano: con rituales, amistades, familias, ilusiones, derrotas. Con el olor del café de madrugada antes de una acción arriesgada, con el desconcierto burocrático frente a un fascismo cada vez más ridículo y más cruel. Para hacerla real —para que sepamos qué estamos perdiendo—, Anderson necesita rostros. Y en ellos encuentra su superpoder. Vean si no algunos de sus primeros planos.
Una sátira aturdidora
Rodada en VistaVision, con su habitual metraje de más de dos horas y media, ofrece una experiencia aturdidora. Es un cine frenético, lúdico, que no tiene miedo de ser excesivo porque en la desmesura encuentra su estilo.
La trama se centra en Bob Ferguson (Leonardo DiCaprio), centro de gravedad de esta epopeya. Un exrevolucionario que vuelve a la lucha no por ideología, sino por la necesidad de proteger a su hija, Willa (Chase Infiniti). Ese regreso convierte lo político en íntimo, lo histórico en familiar. Anderson ha dicho que Bob «no tiene soluciones para todo, que solo intenta conectar con una nueva generación».
Junto a él, un mosaico de personajes memorable. Benicio del Toro aporta la mística de un Sensei que parece salido de un cómic underground, Teyana Taylor convierte a Perfidia Beverly Hills en un canto al deseo y la traición, Sean Penn se roba cada escena como un secundario desquiciado, mientras Chase Infiniti irrumpe con una frescura que convierte a Willa en el verdadero corazón de la película. DiCaprio, en cambio, representa una anomalía: nunca una estrella de su calibre había sido tan protagonista en el cine de Anderson. Pero lo resuelve con un carisma que no eclipsa, sino que potencia el coro de voces que lo rodea.
Un triunfo previo
Gane o no las grandes estatuillas, el triunfo ya está escrito para esta adaptación modernizada de la novela Vineland, de Thomas Pynchon (1990), sobre los movimientos radicales de los años sesenta.. No por haber conquistado la alfombra roja (que está ver por en mes y medio), sino por haber convertido la resistencia —estética, política, emocional— en una forma de permanencia. Una batalla tras otra no grita su disidencia: la sostiene. Y en un contexto dominado por el ruido y la urgencia del impacto, esa persistencia incómoda se parece, cada vez más, a una forma de libertad.