Finanzas
Exuberancia irracional
En Estados Unidos, el precio que se paga hoy por los beneficios que se prevé obtener durante los próximos doce meses es 22,2 veces superior. En las últimas 600 semanas, equivalentes a más de once años, este precio solo ha sido más alto en 25 ocasiones. Es decir, estamos en un nivel de valoración que se ha dado apenas un 4,2% de las veces.
Y cuando ha sucedido, ha sido en momentos muy particulares: unas semanas de 2020, cuando la aparición de las vacunas se trasladó a los precios de las acciones antes que a las estimaciones de beneficios, y a finales del año pasado, cuando todavía parecía que un segundo mandato de Trump podría parecerse al primero.
Lo que resulta curioso, y también preocupante, es que esta valoración tan inflada se da a pesar del deterioro económico en EEUU, provocado por los aranceles y por la irresponsabilidad política de la administración Trump. Y también a pesar de la amenaza que se cierne sobre las cinco grandes tecnológicas, que han pasado de ser compañías «ligeras», sin fábricas, sin almacenes y casi sin activos físicos, a ser empresas «pesadas», con centros de datos que cuestan miles de millones, mientras modelos como DeepSeek las siguen de cerca.

Los inversores se están negando a ver la realidad del deterioro de EEUU.
La única explicación que se nos ocurre es que los inversores se están negando a ver la realidad en otro ataque de lo que Alan Greenspan llamó en 1996 «exuberancia irracional», una expresión afortunada que el profesor Shiller (Premio Nobel y pionero en aplicar la psicología a los mercados) convirtió en el título de un libro.
La exuberancia irracional se produce cuando los precios se convierten en su propia justificación: los inversores, que deberían tener dudas razonables sobre el valor real de lo que compran, las olvidan; en parte por envidia hacia quienes ya han ganado, en parte por la falsa seguridad de ver que la tendencia se mantiene y, en parte -quizá la más importante-, por el puro entusiasmo del jugador.
Ya lo vimos durante la crisis del euro: los inversores pueden ignorar la realidad durante mucho tiempo, pero tarde o temprano deben despertar. Cuando Greenspan pronunció su frase, el índice estadounidense estaba en 800 puntos. Cinco años después, en 2002, había bajado a 775. Pero por el camino, en el año 2000, había llegado a tocar los 1525. Es difícil mantener la cordura durante tanto tiempo.
Decíamos que el optimismo actúa como un mago que, con un juego de espejos, hace desaparecer un coche. Pero quizá una imagen más afortunada sea que lo hace levitar. No sabemos cuándo acabará la ilusión y no podemos comportarnos como si lo supiéramos, eliminando radicalmente la bolsa estadounidense de nuestras carteras. Sin embargo, conviene recordar que la levitación, en el escenario de un cabaré o en el ámbito de la valoración bursátil, no es más que una ilusión.