Opinión

Creado:

Actualizado:

Cuando el orden político, social e internacional empieza a agrietarse al mismo tiempo, no estamos ante crisis aisladas, sino ante un proceso de deterioro que se retroalimenta. La historia muestra que los colapsos rara vez son repentinos: se anuncian con señales que muchos prefieren ignorar. Hoy se superponen varios declives. Por un lado, el debilitamiento del orden internacional que durante décadas proporcionó estabilidad. Por otro, la erosión de la convivencia allí donde el poder del Estado se ejerce de forma abusiva, sembrando miedo y división. A ello se suma un ataque persistente a las bases de la democracia: la independencia de los poderes, el imperio de la ley, el respeto a las minorías y la civilidad en el debate. Surgen liderazgos personalistas que convierten el poder en una prolongación del ego. La psicología del dirigente importa. Si quien gobierna exhibe un narcisismo extremo, falta de empatía y una reacción desmedida ante la crítica, el sistema entero se resiente. Lejos de moderar estos rasgos, el poder suele amplificarlos con el tiempo. La experiencia histórica es clara: los líderes embriagados por su autoridad pierden contención, se aíslan de la realidad y recurren cada vez más a la fuerza. Los historiadores de la Antigüedad describieron con lucidez este proceso y observaron cómo la degradación moral del gobernante acababa traduciéndose en la degradación del orden público. El ansia de dominación, distinta de una ambición orientada al bien común, expulsa las virtudes sociales, normaliza la mentira y convierte las relaciones humanas en meros instrumentos de conveniencia. A su alrededor florece la adulación, mientras las personas con principios optan por el silencio para sobrevivir. El daño social es profundo. La acumulación de abusos anestesia a la ciudadanía: lo que antes provocaba indignación ahora parece normal. Es verdad que las sociedades actuales cuentan con instituciones más fuertes y una cultura democrática más arraigada, pero ni unas ni otra son inmunes a los gobernantes que no se esfuerzan en promover los hábitos de una sociedad abierta —el arte del acuerdo, la confianza mutua, la intolerancia ante la corrupción, la ética de la moderación— y conviene recordar que recuperarlos siempre resulta más difícil que perderlos.

tracking