Opinión

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No nos sorprendamos si en esta nueva era a la que nos hemos visto catapultados, los ciudadanos más humildes, indecisos, tímidos o cohibidos empiezan a hablar con más fuerza, mientras que quienes hasta ahora parecían extremadamente seguros de sus convicciones, de repente empiezan a tartamudear. Todo se está desmoronando. Nadie lo comprendió mejor que Gustave Flaubert, el introvertido por excelencia. En una carta a su querido amigo Turguéniev, le contó que, durante toda su vida, había intentado vivir en una torre de marfil, un lugar de soledad y sencillez, pero con las guerras, la violencia, el hambre y tanto sufrimiento por doquier, las cosas estaban cambiando. Decía que una marea de mierda golpeaba los muros de su frágil torre, derrumbándola. En su opinión, no se trataba realmente de política, sino de un cambio en el «estado mental colectivo» de su país, su nación, su mundo. Tiempos muy extraños… ¿Cómo encontramos el equilibrio adecuado entre la vida y esta realidad? No afirmo que haya respuestas fáciles, y sé que lo que funciona para una podría no funcionar para otra. Pero la pregunta me parece importante. Universal. Urgente, porque el centro - como bien explicaba JoanDidion- ya no se sostiene. Las viejas certezas deben renovarse, las nuevas están por llegar.

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