Leonard Bernstein pide silencio. No exactamente silencio, pide a los músicos que suenen silenciosos. Y cuando ya tiene a toda la orquesta en un murmullo pega un brinco, salta y con la batuta en el aire desata los cielos, abre las puertas de los truenos y de los rayos, y cientos de voces cantan (o gritan). Canta el coro y canta el público. Es el día de Navidad de 1989, pocas semanas después de la caída del Muro de Berlín, y el legendario Leonard Bernstein se había subido al podio, delante suyo la divina Orquesta Sinfónica de Berlín, la misma que Herbert Von Karajan había dirigido con ese temple que parecía Manolete delante de un toro. Ese día, Brenstein se había subido para dirigir la Sinfonía n.º 9 de Beethoven. Brenstein, neoyorquino, judío de origen ucraniano, era l’enfant terrible de la música clásica y seguramente uno de los compositores más brillantes del siglo XX. Ahí es nada: West Side Story como ejemplo. Esa tarde, en un momento de pura genialidad y emoción, la interpretación se convirtió en una «Oda a la Libertad». Se puede sentir el alivio, la alegría y la abrumadora sensación de unidad entre la orquesta y el público. Es un recordatorio eterno de que ni siquiera los muros más fuertes pueden resistir el poder del espíritu humano. Que todos acaban por caer. Cayó Berlín y caerán los muros que ahora nos atenazan.