El pasado 24 de diciembre, coincidiendo con la Nochebuena, publiqué un artículo en este rincón del Diari titulado Cómo lidiar con su cuñado en Navidad. Además de invitar a gestionar a los cuñados –en el sentido coloquial y peyorativo del término– con amor y comprensión, el texto también recordaba que, en cierta manera, «todos somos un poco cuñados». Pues bien, la neurociencia me ha dado la razón.
Según un estudio de la Mississippi State University, los seres humanos tendemos a preferir explicaciones simples, incluso cuando las complejas son más precisas. Eso no significa que prefiramos la respuesta errada, pero sí que, si la compleja es acertada y la simple no, es probable que escojamos la segunda. Así que, como buenos cuñados, tenderemos de manera natural a opinar a favor del argumento más simplista, por un mero instinto de eficiencia y economía del esfuerzo.
Así que, sí, todos somos unos cuñados y, como tales, añadiría yo, también expertos en geoestrategia. El buen cuñado es todólogo, versado en las más variopintas disciplinas, y en plena vorágine de tensiones diplomáticas, guerras y conflictos, no puede evitar opinar de la pugna por las materias raras en Groenlandia, la crisis política en Venezuela, las tensiones migratorias en Estados Unidos o las protestas contra el régimen iraní.
Yo, como todos, también tengo esa pulsión por opinar de todos estos temas. Más aún, porque soy un enfermo de las relaciones internacionales. Sin embargo, y aunque no estoy libre de pecado, procuro no opinar de aquello que no conozco, intento centrarme en los temas que domino por mi trayectoria profesional y conocimientos y, si me interesa el tema y quiero hablar de ello, me informo. Quizá, para no ser demasiado cuñado, hay que hacer caso a Aristóteles: «El sabio no dice todo lo que piensa, pero siempre piensa todo lo que dice».