1Me gusta la tecnología. Mi vida intelectual y profesional está anclada al videojuego, crecí viendo cine de naves y robots y máquinas capaces de casi todo, así que nadie sería más feliz que yo si la inteligencia artificial fuera una realidad. Siento cortar el rollo: lo que ahora tenemos no sólo es una gran estafa, sino que es peligrosa.
2 ¿Subirías a un avión que no despega el 30% de las veces? ¿Irías a un médico que equivoca uno de cada tres diagnósticos? Pues eso es la IA generativa (IAG): tecnología defectuosa.
3 La plataforma Discord hizo una encuesta para saber si sus usuarios querían IAG. A la pregunta «¿Qué te preocupa más sobre la IA?» las respuestas eran: a) concentración de poder en manos de pocas compañías o individuos, b) sesgos o resultados injustos, c) falta de autenticidad (cada vez cuesta más saber qué es real o humano), d) privacidad, e) impacto ambiental, f) calidad y exactitud de los resultados, g) que los datos se usen para entrenar, h) que tome decisiones que me afecten, i) el impacto en el empleo. Las marqué todas.
4 Esos motivos son reales y serios. No se pueden subestimar el exagerado consumo de agua, la burbuja económica, el impacto cognitivo o el robo a creadores. Pero si todo eso da igual, queda un problema: la calidad de los resultados. La IAG es una suerte de autopredictor del móvil que remezcla millones de piezas un poco a voleo. Y falla, por sistema, casi un tercio de las veces. Está diseñada para no decir nunca «no lo sé» y rellenar con cosas que parecen correctas. Son crecepelos que huelen bien.
5 Un riesgo al hablar de tecnologías es el llamado criti-hype, hacer una crítica que da la razón a la exageración publicitaria. Muchos críticos de la IAG asumen el discurso de sus defensores: a un lado, Skynet, al otro, Cortocircuito. Pero la realidad es que la IAG no es ni uno ni otro, sino ED-209, el robot policía de Robocop: falla en su primera prueba, está tan mal diseñado que ni siquiera puede bajar unas escaleras, y aún así en la tercera película lo siguen usando.
6 Una IAG recomendando comer piedras o ponerle pegamento a la pizza, un dibujo de anatomía para niños con el corazón en la cabeza, alucinaciones en hospitales que contaminaron años de visitas, casos más graves como recomendar el suicidio o el asesinato de un familiar o dar consejos sexuales a niños: grandes éxitos de una máquina que no funciona.
7 Las empresas intentan aplicar IAG por miedo a perder el carro, por creerse a los gurús novólatras que cada semana venden una revolución (antes los NTFs o el metaverso) o porque creen que con ello ahorrarán salarios. Pero el emperador está desnudo: un informe reciente del MIT (nada luditas ellos) concluía que el 95% de sus usos en empresas fallaba.
8 Es una estupidez afirmar que las herramientas son neutrales y dependen de su uso. Luciano Floridi, tal vez el más importante filósofo de la tecnología de nuestro tiempo, lo ha desmontado: «Ninguna tecnología está jamás ‘en reposo’ en el sentido de ‘neutral’, sobre todo porque toda tecnología siempre está diseñada según valores, por algunas personas para algunas personas, dentro de una cultura, para algunos usos en lugar de otros, con posibilidades y limitaciones». Las herramientas siempre tienen orientación, como entenderán mis alumnos si un día voy a clase con un martillo.
9 Ejemplos de mala tecnología no nos faltan: el abrigo-paracaídas cuyo inventor probó una única vez saltando desde la torre Eiffel, coches con pantallas en vez de botones (de retirada porque provocan accidentes), el amianto. Esto último es la IAG: amianto digital. Estamos llenando todas las capas de nuestras vidas de código roto, falso conocimiento, vídeos manipulados que luego será imposible retirar, sólo porque unos señores en Silicon Valley nos dicen que es imparable mientras suplican que la usemos para dejar de perder dinero.
10 ¿La marcha de la tecnología es inevitable? Más allá de que es una frase del malo de Matrix, la historia está llena de contraejemplos: a inicios de siglo, la revista Wired afirmó que el primer clon humano llegaría, inevitablemente, antes de un año. La humanidad lo reguló y la idiotez encontró, por una vez, el freno de la razón. El amianto ya no se usa en nuestras construcciones. Ojalá con la IAG hagamos lo mismo, antes de que nos cosa a balazos un robot inútil o se nos pudran los pulmones.