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Alba nació en una secta en Tarragona y escapó a los 17 años: "Sufrí maltrato y me intenté suicidar"

Alba Tubilla narra cómo salió de Misión Rama, una secta que se organizaba entre Tarragona y Reus. Padeció violaciones y agresiones que le han dejado secuelas como un trauma infantil y estrés postraumático. Hoy hace prevención y ayuda a víctimas como ella

Alba, de pequeña, en el centro de la imagen, durante un acto con la comunidad.

Alba, de pequeña, en el centro de la imagen, durante un acto con la comunidad.foto : cedida

Raúl Cosano
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Alba Tubilla (Tarragona, 1986) nació en una secta y creció en ella hasta los 17 años. Fue "abusada y desprogramada". Allí le arrebataron su infancia y su juventud. Finalmente pudo escapar y, hoy en día, a pesar del lastre emocional y mental, lleva una vida normal. 

Se dedica a la prevención y a dar la alerta ante todo tipo de "movimientos espirituales que tengan que ver con gurús, sectas y grupos coercitivos en la sociedad”. “Explico mi testimonio pero también intento ayudar a las víctimas o a las familias que tengan a alguna persona atrapada en estas dinámicas”, cuenta. 

Su historia arranca a mediados de los años 80. “En esa época hubo un movimiento llamado Misión Rama, que empezó en Perú, liderado por Sixto Paz. Él consideraba que había tenido contacto con otras entidades, con extraterrestres”, describe. 

La popularización de la ufología

España había entrado en la democracia. En aquellos 80 la ufología se había popularizado. Tubilla señala el punto de inflexión para que aquellas creencias arraigaran y se difundieran: “El movimiento llegó a España de la mano de JJ Benítez, que escribió el libro 'SOS a la humanidad'". Se trata de una investigación sobre el fenómeno OVNI, en torno a las posibles influencias de los extraterrestres sobre la Tierra, en un compendio de testimonios de avistamientos y de encuentros: “Era una historia fantástica pero a mucha gente le despertó la curiosidad. Y entre esa gente estaba mi padre, fanático de encontrar la explicación de la vida en otros mundos”. 

Alba Tubilla (Tarragona, 1986), con siete años, sonriente y con un peluche entre sus manos.

Alba Tubilla (Tarragona, 1986), con siete años, sonriente y con un peluche entre sus manos.foto : cedida

Se formaron grupos en España de supuestos contactados: gente que decía haber tenido experiencias con otros seres o, simplemente, apasionados con el fenómeno extraterrestre, perfiles que de un momento a otro transformaron la afición en una obsesión exacerbada, enfermiza. “En principio era juntarse en una montaña para intentar hacer un avistamiento. Pero mucha gente empezó a convertir eso en otra cosa”, dice.

De ahí se pasó a la escritura automática o a los estados alterados de conciencia, una espiral delirante que no tenía fin. La secta se fue extendiendo como una tela de araña. Por un lado, el padre de Alba estaba en contacto con un líder que estaba en Asturias y que fue uniendo facciones por toda España. En Reus estaba uno de esos puntos, una serie de grupos que se desvincularon del movimiento Misión Rama y crearon Hermandad Rama.

Mi padre captaba a gente de Tarragona o Reus. El mensaje era que la sociedad tenía que cambiar o llegaría el apocalipsis", cuenta Alba

“Era la forma de trabajo personal sobre esos mensajes que recibían canalizados”. Mensajes de crecimiento personal, de elevación, y la “famosa teoría de las semillas estelares”. “Según ella todos veníamos al mundo a despertar la conciencia y había que hacer ese camino”.

Desde bien pequeña Alba vivió los rigores de aquel contexto, por momentos asfixiantes, limitantes en extremo: “Mi padre fue captando gente de Tarragona, de Reus, de toda la zona, con el objetivo de dar el mensaje de los extraterrestres: o cambiábamos de dirección social o el mundo se acababa y llegaba el apocalipsis”. 

Cambiar el cerebro

El objetivo era dinamitar cualquier base de imaginario judeocristiano. “Había que cambiar el cerebro, desprogramarlo, dejar de pensar en la familia, los vínculos, en que si eres padre, hijo, madre… Todos somos iguales”. En esa dinámica estaba también su tía o su abuela. En total, vivían ocho personas en casa. Junto al resto, configuraban un círculo de entre 25 y 30 de personas, con mucho peso de las mujeres, y unas rutinas marcadas: entrenamientos semanales en la montaña, preparación de un kit para el apocalipsis y un día a día lleno de discreción, secretismo y privaciones. 

En diez años la familia cambió de piso seis veces. “Siempre nos estábamos moviendo de casa. Iba al colegio con la consigna de que yo tenía que decir que vivía con amigos de mis padres. El objetivo principal era no ser reconocida”, cuenta Alba. Varios días a la semana acudían al centro, un local primero en la calle Monterols y luego en el Raval Santa Anna, en Reus, donde leían los ‘comunicados’, transcripciones que mandaba una médium desde Asturias. 

Alba Tubilla, en una foto de promoción de su libro, 'La jaula invisible'.

Alba Tubilla, en una foto de promoción de su libro, 'La jaula invisible'.DT

“A mí me encerraban durante horas en una habitación mientras tanto. Todo eso me hacía ir muy retrasada en el colegio. Toda esa situación me hacía ser muy rebelde, muy insoportable, estaba enfadada con todo el mundo. Yo no tenía la cabeza donde debía estar. Te obligan a trabajar siempre por el grupo. Lo importante era ser todos uno y que nadie fuera individualista”, narra Alba. 

El padre, que trabajaba en una empresa eléctrica, entregaba el sueldo a la comunidad y desde allí se gestionaba el dinero que daban a las familias, con un límite de 100 euros al mes. “Era un maltrato a todos los niveles. Siempre había discusiones en casa, malas caras, a mi madre la encerraban sin comer, a mí me pegaban”. 

"El goce no estaba bien visto"

El relato de esta tarraconense tiene que ver con un proceso constante de anulación: "El goce tuyo, el disfrutar y ser feliz no estaba bien visto. Tenías que hacer un trabajo personal muy férreo y no podías estar distraído, un esfuerzo constante y diario de concentración, de no mirar para ti, sino para el grupo".  

A los 38 años, padece trastorno por estrés postraumático por el trauma infantil

En ese ambiente opresivo, uno de los detonantes fue un intento de suicidio con siete años. “Entré en una paranoia. Intenté clavarme unas tijeras en el estómago porque pensaba que el problema era yo”, apunta. Pese a eso, Alba fue sobreviviendo. El líder y la médium vinieron a Tarragona. Ella se fue acercando a ellos. Pasaba los veranos en Asturias, donde entró en contacto con otras células. 

Ascendió, llegó a ser la jefa en Tarragona y, aún adolescente, a los 16, rompió el grupo que se movía en la provincia. Ella se marchó a otro clan de León, y allí fue violada por la mujer que era líder de la casa en la que estaba. Todo formaba parte de un sufrimiento emocional y físico que aún no sabía identificar: "Yo no veía que estaba en una secta porque ni tan siquiera sabía qué era eso, no conocía ese argot, en mi cabeza no estaba ese nombre”. 

La visita de una psicóloga, un punto de inflexión

La visita de una psicóloga al colegio y unos ejercicios que le hicieron fueron el punto de inflexión. “Ahí vi que había una gente que estaba dirigiendo mi vida. Pero a la vez no podía escapar. Era 2004. Consiguió aprobar cuarto de la ESO mientras seguían los roces y los enfrentamientos con las personas que la acogían, mientras mantenía el contacto a distancia con su familia: “Le decía por teléfono a mi madre que me quería ir y que no sabía cómo y me dijo: ‘Haz lo que tu corazón te pida’. Pero claro, ella nunca me había protegido, no me había solucionado nada”. En aquella época, todo el mundo seguía callando, incluidos aquellos familiares que estaban fuera de aquellos ambientes. 

Alba Tubilla presenta su libro este viernes en Reus, en un edificio colindante a una de las sedes de la secta

Su madre fue, sin embargo, quien le echó una mano en aquella huida a la desesperada. Alba aprovechó un viaje de su madre a León para volver a casa. Fue un antes y un después. La luz al final del túnel estaba más cerca. Cumplió 18 años y empezó a salir al mundo, con sufrimiento y una mochila de traumas. Poco después, Miguel Perlado, un psicólogo forense de Barcelona, le abrió los ojos durante una terapia: “Había estado creciendo en una secta muy peligrosa y muy destructiva, que nadie había dicho nada en 20 años y yo era la primera superviviente que salía diciéndolo”. 

El reseteo fue muy costoso. “Estaba en una sociedad en la que yo era una desconocida y no tenía habilidades de ningún tipo para empezar una vida nueva”. Tuvo que lidiar con su vulnerabilidad y una fragilidad mental que a los 22 acabó con ella ingresada en el hospital por una anorexia nerviosa. 

También tocó recomponer la relación con sus padres, desde la frialdad a una cierta cordialidad actual. "Con mi madre sí tengo relación, aunque la hemos tenido que trabajar y hemos pasado por diferentes fases. Con mi padre no. Él tiene sus ideologías, sigue pensando que todo lo que hemos vivido ha sido muy positivo y yo opino todo lo contrario", cuenta Tubilla. 

Un trauma infantil

“Me ha costado mucho poder comunicar algo tan duro como este trauma infantil sin que se me haga un nudo en la garganta y poder hablar con paz y con tranquilidad, con la herida controlada. Nunca me había sentido parte del mundo, siempre había sido la excluida, la extraterrestre, nunca mejor dicho”. Padece estrés postraumático pero ha empezado una nueva vida.

Alba, además, es madre de dos niñas que la ayudan en su nueva etapa. “Explicar esta historia tiene un componente de justicia y de equilibrio. Me ayuda a sentirme parte del mundo”. Ha logrado transformar su vivencia en lección y prevención, como fundadora de Origen, un proyecto de acompañamiento a víctimas de sectas, formación a profesionales y divulgación social.

Todo ello lo cuenta en su libro ‘La jaula invisible’, que presenta este viernes (19.00 h.) en la Casa del Libro de Reus, precisamente en un edificio colindante con una de las sedes que tuvo Hermandad Rama.

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