Encuentros
Carla Simón y la poesía
La película que debería cerrar la trilogía familiar de Carla Simón supone el salto más arriesgado de la cineasta hasta la fecha

Romería: Carla Simón recuerda a sus padres.
Carla Simón había filmado, por turno: una película a partir de los recuerdos de su infancia en los noventa, y una cinta sobre la vida en el campo de su familia. La primera se aferraba al punto de vista de la niña protagonista, delante de la cual los adultos hablaban, como si ella no entendiera nada, de la muerte de sus padres a causa del sida. La segunda se construía sobre un tono realista para retratar un modo de vida casi en extinción, la del mundo rural de Lleida, la de la recolección de melocotones, la del cambio de la cosecha por los campos de energía eólica. En cualquier caso, el realismo era el signo del cine de Simón, cuyo proceso de trabajo se sustenta precisamente sobre la creación de una cierta realidad; dejando que los actores no solo ensayen, sino que vivan, que experimenten los vínculos que unen a sus personajes.
“Romería” es la película más audaz de Carla Simón.
Es por todo esto que “Romería” es una película notable, que significa un salto por parte de Simón, un salto hacia lo desconocido. La primera parte de “Romería” tiene mucho de la anteriores películas de Simón: es un retrato familiar, desde un punto de vista determinado, que es el de la protagonista. Hay momentos de cacofonía, en el que hermanos, tíos y abuelos hablan todos a la vez, como en “Alcarrás”. De fondo, sin embargo, hay otra cosa: es el momento histórico del que nunca se habló, que fue tabú en las sobremesas familiares, pero también en la sociedad en un sentido más amplio. Es aquel momento de la Transición en el que la juventud abrazó la heroína, que entraba a mansalva y especialmente por Galicia. Simón apunta a todo esto; pero hay un momento en que todo se quiebra, cuando en el terrado del inmueble en el que vivían sus padres, la hija los encuentra, como si fueran fantasmas, interpretados por los mismos actores que encarnan a la protagonista y a su primo. Simón, que presenta unos vídeos domésticos con textura de los ochenta, y que incluye una narración en off el diario de la madre, se adentra entonces al mundo de la fantasía, fabulando con cómo debió haber sido el romance entre sus padres. Es en estos pasajes, sin apenas diálogo, en los que se incluye incluso una pequeña escena musical, en los que los cuerpos jóvenes se van encontrando, que el realismo que siempre ha regido el cine de Simón se rompe, para que emerja otra cosa: la poesía.

Carla Simón y los protagonistas de «Romería» en Cannes.
En “Romería”, no solo está el sueño, lo onírico, la fabulación; sino que también hay un crecimiento en la mirada. Simón ha construido su filmografía desde su condición de hija. En “Estiu, 1993”, era la huérfana que hallaba una madre. En “Alcarrás”, era la hija, nieta, sobrina, que filmaba su amplia familia. En “Romería”, es la hija que busca los rastros de su padre y de su madre en la Galicia actual, y que intenta comprender qué sucedió en aquellos años noventa en los que la heroína y el sida destruyeron a casi toda una generación; la que se iniciaba en la adultez bajo el éxtasis embriagador del final de la dictadura. Sin embargo, en esa fuga onírica, fantástica si se quiere, que la película propone en la segunda parte, hay una mirada por momentos maternal. Es algo curioso: la hija piensa cómo fue la vida de sus padres; pero la hija ya no es una niña, sino que es adulta y es también madre. Y los padres, que han quedado embalsamados, siempre jóvenes en el recuerdo de la hija.