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Aloma Rodríguez reseña 'Cómo debería leerse un libro?', de Virginia Woolf

Apuntes sobre el acto de leer

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Este libro cuadrado y amarillo, que muestra a un lector descabezado porque está sumergido en un libro, es una joya. ¿Cómo debería leerse un libro?, pregunta el título; la portada responde: bocabajo, o como quieras, como te salga, que te lea el libro a ti, si quieres. El texto es la conferencia que Virginia Woolf pronunció en 1926 y que quedaría fijada en el ensayo El lector común en 1932; las ilustraciones, a dos tintas, amarillo y negro, son de Ji Hyun Yu. “El único consejo que una persona puede dar a otra sobre la lectura es que no acepte ningún consejo, que siga sus propios instintos, su propio criterio. Que saque sus propias conclusiones”, escribe Woolf, aunque inmediatamente después, dice: “Si hasta aquí estamos de acuerdo, me tomo la libertad de proponerles algunas ideas y sugerencias, porque ustedes no permitirán que estas limiten su independencia, que es el atributo más importante de un lector”.

El texto es mucho más profundo y lleno de sabiduría y conocimiento de lo que podría hacer pensar su apariencia de álbum ilustrado; habla de los géneros, de la diferencia entre la poesía y las novelas; habla de las biografías –para Woolf, el de novelista es un arte superior–. Analiza algunos libros para tratar de dar con el misterio que los hace interesantes, disfrutables. Woolf comienza ligera, como si nos llevara a coger flores por el campo, para recordarnos nuestra responsabilidad como lectores (ser exigentes es una muestra de respeto, viene a decir), explica que leer novelas requiere de una sensibilidad y una disposición, además de capacidad imaginativa para ayudar a que esas palabras negro sobre blanco cobren vida. 

  • Título: ¿Cómo debería leerse un libro?
  • Autora: Virginia Woolf
  • Traductora: Camila Ramírez Cuervo
  • Ilustraciones: Ji Hyun Yu
  • Editorial: Libros del Zorro Rojo

Woolf anima al lector a que se deje llevar: “La mayoría de las veces nos acercamos a ellos [los libros] con la mente confusa y dividida, exigiéndole a la ficción que sea verdadera; a la poesía, que sea falsa; a la biografía, que sea halagüeña; a la historia, que refuerce nuestros propios prejuicios. Si leyendo pudiésemos desterrar todas esas ideas preconcebidas, sería un comienzo admirable”. En ¿Cómo debería leerse un libro? hay lugar también para el lector profesional, es decir, el crítico y la presión del tiempo: “Se pasa revista a los libros como si fueran una procesión de animales en una galería de tiro, y el crítico dispone solo de un segundo para cargar, apuntar y disparar, con razón se le puede perdonar si confunde conejos con tigres, águilas con gallinas de corral, o si falla por completo y desperdicia su tiro en una vaca pacífica que pasta en un campo lejano”.

Por último, Woolf libera la lectura del utilitarismo: “¿Quién lee para llegar a un fin, por más deseable que sea? ¿No hay ciertas búsquedas que emprendemos porque son buenas en sí mismas y ciertos placeres que son definitivos? ¿Y no es este uno de ellos?”.

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