Industria
Fabricar para innovar
Durante años, la globalización industrial pareció una idea brillante para los países desarrollados. El planteamiento era sencillo y, sobre el papel, impecable: concentrar nuestra actividad económica en tareas de alto valor añadido -diseño, innovación, marketing, gestión de marca- y dejar que otros se encargaran del trabajo intensivo en mano de obra.
La fabricación y el montaje se trasladaban a países con costes laborales más bajos, mientras aquí nos reservábamos lo importante. Ganábamos eficiencia, reducíamos costes y mejorábamos márgenes. Parecía una gran idea. Pero, como tantas soluciones aparentemente brillantes, escondía riesgos que no supimos -o no quisimos- ver.
Trasladamos capital, tecnología y conocimiento a China y a otros muchos países emergentes. Enviamos moldes, planos y maquinaria. Mandamos ingenieros y técnicos a formar a proveedores que, en pocos años, alcanzaron niveles de calidad impensables al inicio.
Hoy, la verdad asoma en Europa: sin fabricación no
hay innovación
Durante un tiempo, el modelo funcionó: comprábamos barato, vendíamos caro y todos parecían satisfechos. Sin embargo, el equilibrio era frágil. Habíamos formado a nuestra propia competencia. Aquellos proveedores aprendieron rápido, comenzaron a exportar directamente y, más tarde, a vender con marca propia.
Con estructuras de costes más ligeras, competían en precio y erosionaban nuestros mercados. Lo que había empezado como una estrategia inteligente terminó siendo, en muchos casos, un mal negocio.
Pero lo peor estaba aún por llegar. A los pocos años descubrimos algo más profundo, algo trágico que debería haber sido evidente desde el principio. Cualquiera que haya trabajado en una industria de verdad sabe que la innovación rara vez fluye de arriba abajo, del laboratorio con batas blancas a la planta con mono azul. Muy a menudo ocurre justo al revés.
Es en la fabricación, a pie de producto, donde se conocen los detalles, las tolerancias, los problemas reales de materiales y procesos. Es allí donde surgen mejoras, atajos, soluciones inesperadas. Es allí donde las ideas de las oficinas se ponen a prueba, se ajustan y se transforman en algo viable y reproducible.
Durante algunos años, la innovación continuó. Las personas que trabajaban en los departamentos de I+D se habían formado en contacto directo con el producto y su proceso de producción. Pero con el paso del tiempo, esa experiencia se fue perdiendo.
Las nuevas generaciones diseñaban sin haber pisado una planta, sin haber oído una máquina, sin haber montado una pieza. Y la capacidad de innovar se debilitó con ello. Hoy, la verdad, desagradable, asoma y se hace evidente en Europa: sin fabricación no hay innovación. Si queremos crecer con valor añadido, innovando de verdad en una economía del conocimiento, necesitamos fabricar.
Reindustrializar es urgente, no solo para recuperar empleos de cuello azul, también para proteger y sostener los de cuello blanco. Fabricar para volver a innovar.