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Análisis

Es el petróleo, no el narcotráfico. Trump regresa a los años 70

Regresa el Imperio El ataque del ejército americano en la ciudad de Caracas da una patada al tablero geopolítico. Maduro acaba detenido con una imagen humillante.

Donald Trump publica una foto de él con sus colaboradores siguiendo la operación

Donald Trump publica una foto de él con sus colaboradores siguiendo la operación "Resolución Absoluta".EFE

Natàlia Rodríguez

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La imagen es lo más importante de estas últimas 24 horas. Un presidente controvertido y no electo (las elecciones del año pasado fueron claras, Maduro robó el resultado), pero un presidente de un país soberano, esposado, con los ojos tapados y los oídos con unos cascos que impiden la entrada de cualquier sonido. Nicolás Maduro, con un chandal Nike gris, demasiado grande, con unos pantalones que se caen y una botella de agua en las manos, aparece en el USS Iwo Jima camino de Nueva York. Donald Trump cumple sus promesas. Y es verdad que somos de una inocencia peligrosa. No hay más ciego que el que no quiere ver y nosotros no queremos ver. Cuando en su campaña electoral avisó que su política sería «hacer negocios», no mentía. Y el secuestro de Nicolás Maduro forma parte del negocio. Un negocio que consiste en controlar el petróleo venezolano (unas reservas similares a las de Arabia Saudí) y acabar con la puerta de entrada de las potencias rivales en Latinoamérica. Ni Rusia, ni China (el 87% del crudo venezolano va directo a Pequín) ni Irán tienen nada que hacer en América.

Porque lo que también está claro en la mente de la administración Trump es que América es de los americanos, más concretamente, de los norteamericanos. Eso se llama la doctrina Monroe. Es un principio fundamental de la política exterior de EE. UU. que, proclamado en 1823 por el presidente James Monroe, establecía que las potencias europeas no debían intervenir en los asuntos de las naciones americanas, y que EE. UU. no se involucraría en conflictos europeos, defendiendo así la independencia del hemisferio americano. Aunque con el tiempo se usó para justificar el intervencionismo estadounidense en la región, bajo el lema «América para los americanos».

Este es el nuevo mundo que nos trae el 2026. Nuestro regalo de Reyes. China, haz lo que quieras en Taiwán; Rusia, tú a lo tuyo en Ucrania y en Europa; que yo haré lo propio donde me plazca. Por ejemplo, en Groenlandia. Donald Trump lo tiene claro: America First, significa lo que a él le salga de sus narices.

Las acusaciones contra los cárteles venezolanos que –según la administración americana– eran los encargados de introducir la cocaína en los EE. UU. (recordemos que la cocaína no se produce en Venezuela, sino en Colombia) ha sido una excusa que no fue casi evocada en una delirante rueda de prensa en la sala de té de Mar-a-Lago. No hizo falta. Era tan evidente que lo que se trataba era de reescribir el tablero geopolítico y no de luchar contra el narcotráfico. No son las drigas, es el petróleo.

¿Por qué? Pues porque Trump no va a renunciar a los hidrocarburos y necesita controlar el máximo posible. Y no controlaba los campos de petróleo venezonalos. Un petróleo que le es vital, porque al ser uno de los más viscosos del mundo, le permiten optimizar mucho mejor sus propias reservas. La geología, siempre la geología. Porque además, el chavismo ha articulado su supervivencia en su antagonismo contra Washington. Y ¿cómo va a permitir Trump que alguien lo insulte en su jardín trasero? Impensable.

Luego, por supuesto, estamos nosotros: la sacrosanta comunidad internacional. Incapaces de oponer resistencia a los abusadores del patio del colegio. Ni a Putin, ni a Xi Jinping, ni a Trump. La respuesta de la UE ha tardado horas y ha llegado en forma de unos comunicados lacónicos. Incluso la extrema derecha francesa ha sido más reactiva. No es anodino el comunicado de Marine Le Pen o Jordan Bardella condenando sin paliativos esta intromisión.

En cuentagotas han ido llegando durante la tarde, cuando las horas ya caían por su propio peso, con unas críticas en aras del derecho internacional. Un derecho que la América de Donald Trump ha eliminado de la carta. Tal ha sido la confusión, que la cancillería austríaca ha condenado la invasión de Vietnam, confundiéndolo con Venezuela. Claro... Ambos empiezan por V. Así estamos.

El interés de Estados Unidos se desvió de Latinoamérica tras la caída de la Unión Soviética. Venezuela siguió siendo un proveedor crucial de petróleo, tras haber permitido que empresas privadas, incluidas grandes estadounidenses, firmaran lucrativos acuerdos operativos y de participación en las ganancias. A finales de la década de 1990, Venezuela había superado a Arabia Saudí como el principal proveedor de petróleo de Estados Unidos.

Sin embargo, pocos en Washington estaban al tanto del ascenso de un revolucionario de izquierda llamado Hugo Chávez, quien ganó las elecciones presidenciales de Venezuela en diciembre de 1998. Estados Unidos reaccionó con cautela al principio, con la esperanza de que Chávez se ablandara una vez en el cargo. El presidente Bill Clinton incluso lo recibió en la Casa Blanca a principios de 1999. Pero un intento de derrocarlo en abril de 2002 lo cambió todo para siempre. Chávez desató su ira contra Estados Unidos, acusando al gobierno del presidente George W. Bush de intentar deponerlo.

Desde entonces, Bush se convertiría en un contrapunto muy útil para Chávez, especialmente cuando éste enfureció a gran parte del mundo con su invasión de Irak en 2003, y su despiadada persecución de terroristas. Chávez atacó al presidente estadounidense con vehemencia, incluso durante su infame discurso de 2006 ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, pronunciado desde el mismo atril en el que Bush había hablado el día anterior: «El diablo vino ayer y todavía huele a azufre».

Al año siguiente, el gobierno de Chávez reafirmó el control estatal sobre la industria petrolera venezolana, revirtiendo las medidas previas de privatización del país y obligando a las empresas extranjeras a aceptar participaciones minoritarias en nuevas empresas conjuntas dominadas por la petrolera estatal. Cuando las gigantes petroleras estadounidenses ExxonMobil y ConocoPhillips se negaron, Chávez confiscó sus activos.

Las medidas de Chávez gozaron de gran popularidad política en su país, lo que contribuyó a consolidar su poder. Tras su muerte, en marzo de 2013, Maduro, continuó con sus políticas. Mientras las sanciones dejaron a la población al límite de la pobreza más absoluta, más de 10 millones de exiliados, miles de represaliados, asesinados por un régimen despiadado que ha gozado de una beneveloncia asombrosa por parte de muchos.

Ahora los americanos dicen que van a «gestionar» Venezuela, pero nadie sabe cómo. El Imperio Americano ya no tiene a nadie que lo contenga. Ahora ¿quién está al mando? Todo apunta a que Delcy Rodríguez es la interlocutora privilegiada para un Trump sin límites.

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