Alimentando
a la generación de cristal

| Actualizado a 29 octubre 2022 19:32
Dánel Arzamendi
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Colaborador de Opinió del ‘Diari’ desde hace más de una década, ha publicado numerosos artículos en diversos medios, colabora como tertuliano en Onda Cero Tarragona, y es autor de la novela ‘A la luz de la noche’.

Lo más triste del episodio es la respuesta del entorno de estos chavales, propia de los tiempos hiperprotectores y permisivistas que vivimos
¿Acaso lo indignante es la expulsión, y no que un grupo de alumnos fuera incapaz de comportarse civilizadamente en un transporte público?

Esta semana hemos conocido el incidente que protagonizaron una veintena de escolares durante un viaje en tren de Barcelona a León. Según han recogido los medios, estos chavales de entre 9 y 11 años iban organizando un escándalo considerable, pese a ir acompañados por dos profesores: gritaban constantemente, daban golpes, no se ponían la mascarilla obligatoria... Como es lógico, los demás pasajeros protestaron encarecidamente al revisor por el follón que estaban debiendo soportar, y el empleado de Renfe se dirigió a los docentes y a los colegiales para avisarles de que estaban molestando más allá de lo razonable al resto del vagón. Pues ni caso. Me entra por una oreja y me sale por la otra. Los críos siguieron a lo suyo, no se sabe si con la complicidad o ante la impotencia de los maestros. Finalmente, ante la negativa del grupo a acatar las normas de la empresa, el interventor del convoy, haciendo uso de los poderes que ostenta normativamente, obligó a los alumnos y profesores a bajarse en la estación de Palencia, con presencia policial, completando el trayecto en un autobús que Renfe puso a su disposición.

Hasta aquí, podríamos decir que el relato encaja dentro de cierto costumbrismo lamentable, pero es ahora cuando comienza un deprimente capítulo que va bastante más allá. En efecto, lo más triste del episodio es la respuesta al incidente por parte del entorno de estos chavales aparentemente asilvestrados, muy propia de los tiempos hiperprotectores y permisivistas que nos ha tocado vivir. Por un lado, el colegio ha pedido públicamente explicaciones a la empresa ferroviaria, sin negar nada de lo sucedido, sino simplemente alegando que «sólo les avisaron una vez». Por su parte, algunos padres han decidido presentar una demanda conjunta contra Renfe por su respuesta «desmesurada», teniendo en cuenta, además, el impacto emocional que han podido sufrir los adolescentes por verse recibidos en la estación por un par de policías. Y luego nos preguntamos por las causas que han dado origen a la generación de cristal...

Como primera reflexión, parece razonable preguntarse qué se supone que debían hacer los responsables del tren, a juicio de las familias y del centro educativo –por llamarlo de alguna manera–. ¿Acaso el resto de viajeros debía aguantar estoicamente el desmadre durante horas para no traumatizar a estos pequeños maleducados? ¿Debió el revisor seguir avisando indefinidamente, mientras veía cómo le tomaban por el pito del sereno? Afortunadamente, no todos los padres y docentes tienen una visión tan cortoplacista y pusilánime sobre cómo debe educarse a los menores en el respeto a los demás y en la responsabilidad individual respecto del propio comportamiento.

Si me permiten la anécdota personal, hace tiempo que colaboro con varios espacios que acogen a grupos de escolares de forma habitual, y tengo la sensación de que este tipo de sucesos son cada vez menos extraordinarios. Sin ir más lejos, uno de estos establecimientos vivió una experiencia parecida hace apenas unos días, tras estrenar unas decoraciones sobre la fiesta de Halloween, que habían supuesto una lógica inversión económica y una importante dedicación de tiempo y creatividad.

En efecto, la pasada semana, una sesentena de alumnos acudió a este lugar, en el marco de una excusión escolar, y durante una hora escasa que estuvieron a su aire, arruinaron un trabajo que supuso varios días de trabajo incansable: destrozaron muñecos, desmontaron adornos, se llevaron máscaras y calaveras... Todo ocurrió en un intervalo de tiempo limitado, como si de una plaga de langostas se tratara, mientras los maestros a su cargo no se sabe muy bien qué hacían. Al menos, todo sea dicho, los máximos responsables de este colegio respondieron de forma ejemplar en esta ocasión, nada más conocer lo sucedido: se mostraron avergonzados, se disculparon sin la menor objeción, se ofrecieron a compensar los daños, localizaron inmediatamente a los culpables, les obligaron a devolver lo sustraído, contactaron con sus familias, etc. Sospecho que les ha caído la del pulpo, afortunadamente.

Por contraste, en el caso del viaje de Barcelona a León, no han faltado quienes han pretendido cargar las culpas a la compañía, destilando cierto tufo a paranoia identitaria. De hecho, yo mismo recibí la noticia a través de un amigo, con un enlace a la web del canal 3/24, que titulaba así lo sucedido: «Indignació per l’expulsió de 22 escolars d’un tren de Renfe per mal comportament». ¿En serio? ¿Acaso lo indignante es la expulsión, y no el hecho de que un grupo de alumnos fuera incapaz de comportarse civilizadamente en un transporte público, pese a haber sido directamente advertidos en presencia de sus propios profesores?

Curiosamente, en este burdo intento de victimizar a los alborotadores frente al despotismo represivo del pérfido interventor, parece que el tiro acabó saliéndole por la culata a la cadena pública. Tras colgar la noticia en su cuenta oficial de Facebook, se multiplicaron los comentarios de los lectores que ponían el énfasis en la causa del incidente, y no en cómo se resolvió. Como ejemplo, me permito transcribir íntegramente el mensaje que obtuvo más ‘me gusta’ de todo el hilo: «El meu fill de 35 anys, quan en tenia uns 10 anys, va ser castigat sense anar a l’excursió de l’escola. El motiu? Fer un avió de paper amb el full de l’examen i llençar-lo a la seva professora. Què vaig fer jo? Anar a parlar amb la professora per dir-li que estava d’acord amb el càstig i que encara em sabia a poc. Us asseguro que mai més ell va cometre cap falta de respecte cap a un professor. Abans tots érem educadors, ara la societat mira cap a un altre costat per no buscar-se problemes». Tal cual.

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