Opinión

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El Premio Nobel de la Paz no es de quita y pon. No es un objeto simbólico al servicio de la coyuntura política ni una moneda de cambio en el tablero internacional. Y la dignidad de una dirigente que aspira a presidir el destino de su país tampoco debería serlo. La decisión de María Corina Machado de regalar su medalla del Nobel a Donald Trump plantea preguntas incómodas que van más allá del gesto en sí. ¿Qué pretendía la líder opositora venezolana con esta acción? ¿Apaciguar a la bestia? ¿Ganarse el favor de un dirigente conocido por su imprevisibilidad, su ego desmedido y su concepción transaccional de la política internacional? El Comité Nobel ha sido claro: el reconocimiento es personal e intransferible. La medalla podrá cambiar de manos, pero el significado del premio no se presta a reinterpretaciones interesadas. Aun así, el daño simbólico ya está hecho. Porque no se trata solo de una cuestión protocolaria, sino de respeto institucional y coherencia política. 

La decisión de María Corina Machado resulta desconcertante. ¿Hace falta este tipo
de humillación para hacer política?

La escena resulta aún más desconcertante en un contexto reciente marcado por la detención de Nicolás Maduro por tropas estadounidenses y por la sorprendente designación de Delcy Rodríguez como “interlocutora” ante Washington. Un hecho que dejó en evidencia que los equilibrios reales del poder no siempre coinciden con los gestos grandilocuentes ni con las expectativas de la oposición venezolana. Desde distintos ámbitos políticos e ideológicos, tanto en América Latina como en Europa, se ha criticado la falta de mesura y de sentido de Estado demostrada por Machado. No se construye credibilidad internacional entregando símbolos universales al capricho del líder de turno, por poderoso que sea. La pregunta de fondo es inquietante: ¿hasta dónde estamos dispuestos a llegar para ganar el favor de Donald Trump? ¿Hasta qué punto se puede sacrificar el valor de los símbolos, la coherencia política y la autonomía estratégica para obtener una promesa de apoyo que, como tantas otras veces, puede evaporarse con la misma rapidez con la que se concede?El Nobel de la Paz no se regala. Y la esperanza democrática de un país tampoco debería ponerse en manos del ego de nadie.

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