Opinión

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El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha convertido la adquisición de Groenlandia en un objetivo obsesivo y prioritario de su segundo mandato en la Casa Blanca. «[C]ualquier cosa» que no sea el control estadounidense de ese territorio –escribió en su red social Truth– es «inaceptable» y lo hace con argumentos conocidos, y también con motivaciones que no lo son tanto.

No es la primera vez que un gobierno estadounidense estudia cómo adquirir la isla. Las últimas más conocidas las ha liderado Trump: en 2019 –durante su primera presidencia– y ahora en 2025; y lo argumenta públicamente por motivos estratégicos, económicos y geopolíticos.

Groenlandia tiene, sin duda, una ubicación estratégica entre América del Norte, Europa y el Ártico; es una ruta crítica en términos militares y económicos. Los Estados Unidos operan hoy en ese territorio la base espacial de Pituffik, que es fundamental para el sistema de alertas tempranas de misiles, vigilancia espacial y defensa del Ártico. Entre el continente europeo y el americano, Groenlandia se ubica en el punto para la detención de barcos y posibles submarinos rusos que zarpan del norte de Europa para adentrarse en el Atlántico. Además, por el norte, es más fácil contener a Rusia y China que están reforzando su presencia militar en el Ártico (China se definió como un «estado próximo al Ártico» en 2018).

Encara este proceso con una mentalidad transaccional,
como si fuera un negocio

Económicamente, el territorio también es crítico por dos motivos: sus recursos naturales y las nuevas rutas marítimas. Groenlandia tienen tierras raras, fundamentales para enfrentar la carrera tecnológica, para defensa y para la energía verde. Potencialmente tiene petróleo y gas, además de uranio. Trump quiere garantizar la sostenibilidad de la independencia energética de Estados Unidos y reducir la dependencia de EE. UU. de China en las tierras raras. Y es evidente también que, con el deshielo, el Ártico ofrece trayectos marítimos más cortos entre Asia, Europa y América del Norte, que son clave en un mundo globalizado e interdependiente.

Pero estos motivos militares o económicos no son insalvables para los intereses estadounidenses sin poseer el territorio. El hecho de que Groenlandia sea un territorio autónomo de Dinamarca –país aliado, miembro de la OTAN– posibilita a Washington buscar por la vía diplomática la cooperación o garantías para sus intereses (es risible, como mínimo, el argumento de Trump de que «no vamos a tener a Rusia ni a China como vecinos», cuando Alaska es, de hecho, un territorio estadounidense limítrofe con Rusia por el Oeste, y es en el mar de Bering donde estos dos rivales de Estados Unidos tienen, de hecho, una presencia militar que de verdad debería preocupar a Trump). Y en temas comerciales o de minerales críticos, Estados Unidos –como tiene con otros muchos países– puede llegar a acuerdos ventajosos que beneficien a su país, a los groenlandeses y a Dinamarca.

Nos enfrentamos a una crisis diplomática que haga implosionar a la OTAN

¿Por qué, entonces, Trump aparentemente solo considera aceptable incorporar Groenlandia a Estados Unidos? Porqué Trump es, fundamentalmente un empresario inmobiliario que entiende que solo cuando uno posee una propiedad es cuando la cuida, y él encara este proceso con una mentalidad transaccional—como si fuera un negocio o una gran operación inmobiliaria a largo plazo. A esto, se suma el segundo motivo –tan personal como el primero– y que está relacionado con su imagen: anexionar Groenlandia le permitiría lanzar un potente mensaje político interno enmarcado en su nacionalismo asertivo que logra la expansión del poder estadounidense rompiendo con las formas diplomáticas tradicionales que tanto critica.

La pregunta es hasta donde está dispuesto a llegar Trump, más tras el éxito de su operación militar en Venezuela y su convicción de que puede hacer lo que le dé la gana. El peor escenario al que nos enfrentamos es una crisis diplomática mayúscula que haga implosionar a la OTAN y aleje aún más a Estados Unidos del proyecto europeo (haciendo, de nuevo, las delicias de Putin).

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