Está de moda estos días escribir sobre la doctrina Monroe, formulada en 1823 por James Monroe, el quinto presidente de los Estados Unidos, que advertía contra la colonización o intervención las nuevas naciones americanas y proclamaba: «América para los americanos». Y hay motivos para ello.
La extracción del presidente venezolano Nicolás Maduro por parte de fuerzas especiales estadounidenses el 3 de enero de 2026 es una nueva fase de la vieja doctrina Monroe. Ahora, esta política exterior se enmarca en el reposicionamiento geoestratégico estadounidense para hacerse de nuevo con el control de su región y, sobre todo, para que el petróleo venezolano no siga fluyendo hacia Rusia y China.
Tras la independencia de sus trece colonias fundacionales, en 1770, Estados Unidos tuvo la necesidad de un espacio de influencia que garantizase el futuro expansionista de un proyecto político que iba más allá de la separación de Inglaterra.
Si en un principio no hubo un afán imperialista, poco después comenzó la ocupación de tierras para la agricultura, ganando territorios a los indígenas (y también a los colonizadores franceses). La acumulación de capital, la naciente industrialización y la doctrina del ‘Destino manifiesto’ (que les faculta para ir ganando terreno al oeste de su territorio) fructifican y fortalecen un ideal de expansión constante.
Luego, la debilidad institucional, social y política de México permitió la colonización de Texas, California y otros territorios del antiguo virreinato de Nueva España por parte de EEUU.
El relato imperialista de EEUU. ha ido cambiando con el discurrir de la historia. Un argumento útil para expoliar a México a principios del XIX fue la defensa de los derechos de sus colonos y del libre comercio. El marco doctrinal formulado inicialmente por Monroe pretendía el «noble»” objetivo de evitar que las potencias europeas mantuviesen su hegemonía en la región, una vez desaparecido el dominio colonial.
Nada más loable que dejar que los países americanos rigiesen su nuevo futuro. Pero, en ese escenario, las islas de Cuba, Puerto Rico y Filipinas seguían representando la presencia europea en lo que ya Estados Unidos consideraba su espacio vital.
La guerra hispano-estadounidense de 1898, a cuenta de la independencia de Cuba, marcó el fin del siglo XIX. Si ya entonces Estados Unidos se postulaba como candidato al dominio global, aún debía demostrar su control sobre su espacio circundante. La presunta independencia de Cuba fue un primer ejemplo de control político e institucional sobre un país a través de sus instituciones y de su propia Constitución.
En 1916, y hasta 1924, ocuparon militarmente la República Dominicana con el argumento del incumplimiento de pagos. El objetivo real era sofocar un movimiento insurgente que pretendía establecer un régimen fuera del control comercial y político de EEUU. Los marines estadounidenses volverían en 1965, tras el asesinato del dictador Trujillo.
De nuevo la protección de sus intereses y ahuyentar la influencia europea sirvieron de excusa para ocupar militarmente Haití desde 1915 hasta 1934, y Nicaragua desde 1912 hasta 1933, con el objetivo de proteger un presunto proyecto de canal.
Tras este período de intenso intervencionismo militar en «la América para los americanos», vino un cierto relajamiento ocasionado por la participación estadounidense en la Segunda Guerra Mundial.
La Guerra Fría abrió una nueva etapa en la que mostrar la hegemonía estadounidense en su ‘patio trasero’. En 1954, Jacobo Árbenz, presidente democráticamente elegido en Guatemala, propició una reforma agraria contraria a los intereses de la United Fruit Company. Ese fue motivo suficiente para declararlo comunista y apoyar un golpe de estado orquestado por la CIA.
En 1961, grupos de cubanos exiliados, armados por el gobierno de Estados Unidos, intentaron invadir la isla desembarcando en Bahía de Cochinos. Aunque fue un sonoro fracaso, la invasión supuso un nuevo empuje a la política intervencionista estadounidense en América Latina, con el argumento de proteger sus intereses y evitar el comunismo cerca de sus fronteras.
Cuatro años después (1965) se produjo una nueva invasión militar en República Dominicana para evitar el triunfo de la izquierda.
Sin necesidad de ocupación militar, pero con el apoyo estratégico de una parte del ejército de Chile, encabezado por el general Augusto Pinochet, en 1973 se puso fin al gobierno democrático de Salvador Allende. El argumento fue, de nuevo, el peligro del triunfo del marxismo en la región, aunque otro objetivo claro era la protección de los intereses sobre el cobre de las empresas mineras estadounidenses.
Diez años después, en 1983, de nuevo el riesgo del marxismo sirvió como argumento para invadir la isla de Granada.
El colofón del siglo XX lo marcó la invasión a Panamá (Operación Causa Justa, 1989) con el objetivo de acabar con el dictador Manuel Noriega, al que EEUU acusaba de favorecer el nacotráfico.
Cabe preguntarse por qué Estados Unidos ha tolerado un régimen dictatorial en Venezuela durante apenas un cuarto de siglo mientras que Cuba va ya para más de sesenta años de bloqueo sin una intervención militar directa. Podría decirse que durante la Guerra Fría no era posible. Pero ¿y después? La respuesta: Cuba no tiene petróleo.
A estas alturas ya nadie cree que la defensa de la democracia y los derechos humanos sean el eje vertebrador de estas acciones. Si así fuera, hay muchos otros países con sus derechos mermados. Sin embargo, sus regímenes no solo son legitimados sino que, además, participan en acuerdos económicos, militares y políticos con Estados Unidos.