El ‘monstruo’ del bienestar
Yo hago CrossFit. Desde hace siete años. Y he hecho muchos deportes más. Todos con riesgo de lesión y sí, me he lesionado. Pero, ¿qué deporte no es lesivo? Acepto correr el riesgo a cambio de algo mucho mayor: sentirme viva

Detalle de una competición de CrossFit.
Voy a ser muy clara desde el principio: el CrossFit no es el demonio. Lo digo desde ya para evitar controversias innecesarias. Si alguien cree lo contrario y no está dispuesto a abrir la mente, este artículo no es para él.
«Te vas a lesionar», «es muy invasivo, ¡mejor haz máquinas!», «se te pondrá un cuerpo enorme», «ya no tenemos 20 años»... Y así podría, si quisiera, llenar todas las líneas de este artículo.
Vaya por delante que no soy una experta en salud deportiva. Pero sí que soy una experta –sin desmerecer a nadie– en convivir con mi cuerpo. Llevo toda mi vida haciendo deporte y soy incapaz de concebirla sin él. He hecho esquí, montañismo, ciclo indoor, boxeo, spartan y desde hace siete años, he incluido el CrossFit –y seguro que me dejo alguno–.
Y ahora pregunto: ¿Cuál de estos deportes no es lesivo? De hecho, voy a ir más allá: ¿Qué deporte no lo es? Yo me he lesionado, y fíjense bien lo que voy a decir: ¡Qué suerte la mía de haberlo hecho! Porque significa que me he movido, que he estado viva y que me he hecho daño porque he hecho deporte. Y no es masoquismo: es vida. Claro que no quiero lesionarme, pero entre tener una molestia reversible en el hombro por haber hecho un snatch con mala técnica por fatiga, y arriesgarme a sufrir colesterol alto crónico por no activar mi cuerpo, desde luego, no hay color.
Conozco mi cuerpo, sé donde está mi límite y es mi riesgo. Y me compensa
Ahora voy a avanzarme a lo que, probablemente, muchos puedan pensar: «¿Para qué correr el riesgo de lesionarte practicando un deporte tan exigente como el CrossFit cuando haciendo máquinas te moverías igual y reducirías el riesgo?». Fácil: Porque en CrossFit hay adrenalina, hay factor sorpresa –variedad– hay fatiga máxima y hay comunidad. Y para mí, en el deporte –excepto en el montañismo–, estos tres ingredientes son innegociables. Insisto, para mí. Y entiendo que para otro no sea así, lo entiendo y lo respeto. Respeten también lo contrario, aunque eso suponga un mayor riesgo para mi cuerpo. Es mi cuerpo, sé dónde está mi límite y es mi riesgo.
Y qué quieren que les diga… ¡Que viva el riesgo!
¿Me acompañan ahora a correr ese riesgo? Les daré una primicia: Pruébenlo y se sentirán vivos. Si me equivoco, vuelvan atrás, pero no se nieguen el darse esa oportunidad. Una oportunidad para dejar a un lado todos los estigmas y ser, simplemente, uno mismo, sin máscaras, sin filtros, sin vergüenzas, sin miedos. Yo entro en el box y, durante una hora, solo soy yo, con mis fortalezas, mis debilidades, mi esfuerzo y mi respiración. Punto. Aquí nadie interpreta por mí, solo siento y hago lo que mi cuerpo me pide. Eso se nota y va mucho más allá del riesgo a lesionarme o a que se me quede un cuerpo ‘enorme’. No son los kilos que levanto ni la imagen que proyecte. El CrossFit no es eso.
Y fíjense, ¡no se me ha puesto cuerpo de ‘hombre’!