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¿Un joven con Asperger dando una charla? Pues sí, se llama Miquel y quiere cambiar el mundo 

Vino a Tarragona invitado por la asociación Aspercamp

Norián Muñoz

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Miquel Segalés durante la conferencia que ofreció en la Casa del Mar de Tarragona.  FOTO: Pere Ferré

Miquel Segalés durante la conferencia que ofreció en la Casa del Mar de Tarragona. FOTO: Pere Ferré

Amis padres les dijeron que tenían que encerrarme en una burbuja pero ellos  no hicieron caso, decidieron abrirme al mundo y se lo agradezco». Lo cuenta Miquel Segalés, un joven de 20 años de Sabadell delante de una cincuentena de personas en la Casa del Mar de Tarragona.

La confesión no tendría mucho de particular si no fuera porque a Miquel le diagnosticaron, a los 9 años, síndrome de Asperger, un trastorno del espectro autista que, entre muchas otras cosas, se caracteriza por la dificultad para comunicarse con otros, aún más en público.

Superada la sorpresa inicial, el auditorio se dispone a escuchar a Miquel quien empieza por advertir que «Nos cuesta entender la sociedad de manera literal... No entendemos bromas, ironías ni dobles sentidos, nos lo creemos todo, así que si detectamos que alguien nos ha confundido a propósito nos frustramos mucho».

Miquel vino a Tarragona invitado por la asociación Aspercamp, así que entre el público había familiares y personas con Asperger que no perdían detalle. Una abuela de un niño de 8 años a quien le acaban de diagnosticar el trastorno le suelta emocionada: «te estaré eternamente agradecida». Su charla le ha permitido saber que la vida de su nieto puede estar llena de posibilidades. 

Miquel, que ha escrito un libro, «El camino de la vida», para relatar su historia, cuenta que de pequeño tuvo algún incidente y perdía el control cuando se enfadaba. Pero también relata que fue capaz de entender dónde acababa el trastorno y dónde comenzaba su capacidad para darse cuenta de que estaba haciendo algo mal. 

A los 12 años a su madre le dijeron que era mejor que le llevara a una escuela de educación especial, y tampoco hizo caso. Miquel no sólo acabó el instituto, sino que hizo un grado superior en Integración social y ahora quiere preparar la selectividad para estudiar periodismo.
Eso sí, el camino académico no fue, ni mucho menos, un camino de rosas. Hubo algo más de un «incidente» y relata como en la primaria «los niños me aislaban y yo no lo entendía».

Atreverse una y otra vez

Las cosas no mejoraron en la ESO donde le ubicaron en un aula oberta. Relata que a los catorce decidió «cambiar de vida y conocer a más gente». Se matriculó en un cliclo de grado medio de atención a personas con discapacidad. Allí, curiosamente, su obsesión del momento (algo característico del trastorno) por la serie Polseres vermelles, le ayudó a relacionarse. «Comencé a sentir empatía por la gente»,relata.

Y a partir de allí todo ha sido un suma y sigue de pequeños logros y un empeño continuo por salir de su zona de confort. Se decidió a ir de colonias solo, sin conocer a nadie (y se rompió un brazo); se obsesionó con convertirse en monitor de tiempo libre, y lo consiguió; hizo el camino de Santiago; creó un grupo para hacer ascenso vertical (escalada), decidió ser YouTuber y cerró el canal porque no pudo transmitir lo que quería; se atrevió a lanzar dos bombitas aunque los petardos le dan un miedo mortal...

Y la lista sigue. Fue a un chiringuito de playa sólo porque había wifi a pesar de que no soporta la arena. A partir de allí este año, por primera vez en su vida, se bañó en el mar.

Reconoce que vive «revisándome mucho, tengo miedo a enfadarme, comienzo a temblar», pero allí sigue. «Me gustaría cambiar el mundo y comenzar por normalizar el trastorno».

En lo que se refiere a los amigos lo continúa intentando, le cuesta distinguir a quienes realmente lo son, pero no se aleja.

Lo que sigue a la charla es el desahogo de familias deseosas de hablar. Muchas sienten que, por fin, pueden abrir una ventana, aunque sea pequeña, a la cabeza de sus hijos, hermanos, nietos... Una madre termina por preguntarle lo que ella misma quisiera que le respondiera su hijo. «¿Eres feliz Miquel?». Él responde: «Sí, a veces me cuesta, pero sí». 

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