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    Francesc Xammar: «Hay muchas crisis en el mundo, pero la más grave es la de la dignidad»

    Jesuita, ha dedicado toda su vida a los que menos tienen, aquí y al otro lado del Atlántico, especialmente en el barrio de La Floresta y en Nicaragua

    03 diciembre 2022 11:58 | Actualizado a 03 diciembre 2022 12:35
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    Nació en el exclusivo Passeig de Gràcia barcelonés, en 1933, en el seno de una familia conservadora y catalanista. Estudioso en los jesuitas de la calle Casp, en una de las salidas en las que el profesorado pretendía que conocieran todas las realidades sociales, se percató de que no todo el mundo vivía igual. Fue en el barrio de Horta donde cambió su mirada para siempre y, por ende, su vida. Francesc Xammar o simplemente Paco es un sacerdote austero, sencillo y cercano a los que menos tienen. Sus mayores batallas laborales las ha vivido en el barrio de La Floresta, entonces el extrarradio de Tarragona. Fuera, con el Comité Óscar Romero, en América Latina. Ahora es momento de retirarse, de volver a Barcelona, entre sus hermanos. Antes, no obstante, le espera un sentido homenaje a modo de despedida. Será el día 10 de este mes, en su barrio.

    ¿Francesc o Paco?

    Ambos. Dependiendo del contexto, la gente me llamará de una forma u otra. Tienen libertad para hacerlo.

    Cuando era muy joven dijo que si el sentido de la vida existía tenía que encontrarse en una barriada. ¿Lo ha encontrado?

    Visitar y vivir en estos barrios me ha ayudado a comprender unas dimensiones que, de otro modo, si no me hubiera movido de donde nací, no hubiera sido posible porque nací en un lugar que para algunos es un privilegio, un non plus ultra, aunque yo no lo considero así.

    En Barcelona, en Passeig de Gràcia.

    Sí. Me ha ido muy bien conocer este mundo que desconocía porque he visto de tú a tú las realidades positivas y las negativas porque también las hay, no tenemos que idealizar, los pobres tampoco son perfectos. Esta dureza que vive mucha gente en las periferias, no solo en Tarragona.

    ¿Qué fue lo que le impactó?

    No lo sé. Yo estudiaba en el colegio de los jesuitas en Barcelona y nos animaron a conocer la realidad de la ciudad, cosa que agradezco. Me tocó en suerte el barrio de Horta, lo que me planteó que no toda la sociedad vivía como yo, lo que me pareció una cierta rareza. Tuve el privilegio de dejarme impactar por esta sensibilidad, pensando que había personas que no tenían derecho a vivir con la misma dignidad que los que lo hacían en el centro de Barcelona. Eran dos mundos diferentes. Este fue el punto de arranque.

    «La Iglesia podría hacer más de lo que está haciendo para reducir las desigualdades. Pero aquí aún somos víctimas de la Guerra Civil»

    ¿Usted es el último bastión del cura obrero?

    No. Cuando se habla de cura obrero se hace referencia a un sacerdote que trabaja como obrero en una fábrica. Personalmente, tuve dos experiencias cortas de unos dos meses porque me interesaba conocer este mundo, una en Bélgica y otra en la fábrica Corberó. Pero me decanté por la enseñanza.

    Como docente, impartió clases de filosofía y de ética. ¿De religión, no?

    Sí, también. Pero voy a comentar una cosa que ahora se puede explicar, ya que han pasado muchos años. Empecé siendo profesor en el Martí i Franquès, donde el director me propuso que diera clases de religión y filosofía. Pero para hacerlo necesitaba un permiso de reconocimiento, que era lo que entonces se pedía. Yo empecé a dar clases, aunque el permiso no llegaba y yo sabía que no llegaría nunca.

    ¿Por qué?

    Porque estaba fichado.

    ¿Por la policía?, ¿por ser un cura rojo?

    Efectivamente. Al director no le comenté nada, no me atreví, pero yo era consciente. Por tanto, en teoría, no podía enseñar. Podía ser profesor de un colegio privado, como después fui en La Salle, pero aquello era diferente. Esta era la mentalidad.

    ¿Qué hizo o qué dijo para molestar?

    Debí hacer alguna declaración en algún momento, ya que me impliqué en el mundo del trabajo. El barrio de La Floresta fue muy luchador. Como anécdota pintoresca, pero significativa, durante 15 días tuvimos una guardería en la entrada del Ayuntamiento.

    Y negoció con Fraga la instalación de una cabina telefónica.

    Todavía está. La Floresta se empezó a construir en el extrarradio, lo que significaba que el Ayuntamiento no tenía obligación de dotarlo de servicios. Por tanto, no había transporte público, no había asfalto, ni luz por la noche, colegio o guardería. Quedaba marginado. Entonces, desde la Associació de Veïns llamamos al ministro, que en aquel entonces era Fraga y a los tres días ya la teníamos aquí.

    ¿Por qué los barrios no se han integrado en Tarragona?

    No se han integrado, en absoluto. Posiblemente a causa de los partidos políticos, sean de derecha o de izquierda. En las últimas elecciones tuve la oportunidad de hablar con ellos porque me consultó el partido que gobierna en el Ayuntamiento y, modestamente, le hice algunas observaciones, aunque después he visto que no se han tenido demasiado en cuenta. Actualmente, no hay fuerza moral para contrarrestar la sociedad capitalista que vive en Europa o en España y esto no reconoce los derechos de la persona.

    ¿El capitalismo es el peor de los males de la sociedad?

    Por descontado.

    $!Francesc Xammar, de 89 años, deja la Floresta y vuelve a Barcelona, donde todo empezó. Foto: Àngel Ullate

    ¿Qué alternativa hay? Entiendo que no es comunista...

    No defendería el comunismo. Mirando al futuro, si no te radicalizas mucho, sin hacer ningún disparate, te das cuenta de que el capitalismo tiene atada la economía del mundo y el sistema de vida. Un ejemplo es la televisión, donde se emite lo que conviene por intereses económicos. La búsqueda de poder y de dinero, que coinciden en muchas cosas, atan de una forma tremenda la libertad del ser humano.

    ¿Nos hemos deshumanizado?

    Sí, vamos para atrás. Hay muchas crisis en el mundo, de falta de médicos y de escuelas, pero la mayor de todas, la que hace más daño es la crisis de la dignidad de la persona. Hoy en día lo importante es tener dinero y poder. Y este es el punto clave de mi modesta crítica. Se rebajan, sin darse cuenta de que ostentar el poder político o económico disminuye su dignidad.

    ¿Qué es la dignidad?

    Es reconocer que todos tenemos los mismos valores, lo que quiere decir que deberíamos intentar hacer desaparecer o, al menos, suavizar, las desigualdades que surgen en el mundo actual.

    ¿Qué puede hacer la Iglesia Católica para reducir las desigualdades?

    Yo diría que podría hacer más de lo que está haciendo. Pero nosotros todavía somos víctimas de la Guerra Civil.

    ¿Qué quiere decir?

    La Iglesia española se unió demasiado al sistema capitalista. Algunos con buena voluntad, a lo mejor de una forma engañada; otros, buscándolo. Y ahora aún recibimos las consecuencias de esta falsa hermandad entre Iglesia y Estado, de la Iglesia del franquismo y de todos lo que aún lo siguen.

    «Es normal que una persona se enamore. Es decir, no es fácil mantener la fe porque el ser humano no es una pieza monolítica»

    ¿Por qué habla de falsa hermandad?

    Porque el franquismo tenía una serie de privilegios bárbaros. Yo recuerdo pequeños detalles sin importancia, pero que indicaban cómo era la situación. Cuando llegué aquí llevaba sotana. Nunca me sentaba en los autobuses, pero cuando subía, todo el mundo se levantaba para cederme el asiento, una actitud que era producto de una valoración cultural de que el cura, la Iglesia, debía tratarse bien. Es decir, yo tenía derecho a sentarme aunque hubiera una abuelita que no se aguantara de pie.

    ¿Qué opina de que todavía tenga privilegios, como la exención del IBI, por ejemplo?

    Aún hay mucha gente que vive la realidad del franquismo.

    Usted se basa en la figura de Jesús. ¿Diría que la Iglesia se ha alejado de esta concepción y se ha posicionado con las dictaduras en contra del pueblo?

    Sí. Creo que ha habido un error.

    Un error.

    Un error muy fuerte. Mi familia es de Barcelona y de Lleida y en una ocasión, en la Catedral de Lleida se dijo que vendría el dedo de Dios. Y el dedo de Dios era el obispo. Y aquí, en casa, tengo un cartel que dice: A Dios rogando y a Franco venerando.

    ¿En algún momento de su vida se ha tambaleado su fe?

    No, pero sí que me he replanteado si valía la pena todo lo que hacía. Y sí, ha valido la pena.

    ¿Se ha enamorado en alguna ocasión?

    Cuando tenía 17 años conocí a una joven que se llama Núria. Éramos dos críos. Pero es normal que una persona se enamore y también lo es que si está dentro del pozo de los intereses políticos acabe haciendo lo mismo que los demás. Es decir, no es fácil mantener la fe porque el ser humano no es una pieza monolítica. Después se supera la tentación o la duda. No obstante, si hubiera caído, no hubiera sido el primer sacerdote. Es humano.

    Usted es un poco revolucionario. Entró en política, la dejó y años después volvió para posicionarse a favor del Procés.

    Es un derecho de todo pueblo. Y volvemos a Franco porque hizo muchos disparates. Yo recuerdo que después de ganar la guerra, cuando tenía 10 o 12 años, iba con un grupo y nos pararon los grises para llamarnos la atención por hablar en catalán. Nos asustamos mucho. Esto va creando animadversión en muchos sectores porque es un derecho. Y aquí, actualmente, la Iglesia sí que lo ha defendido. Pero saliendo de Catalunya tenemos que ir con cuidado con quién hablamos porque ha habido una política del poder central de Madrid contra Catalunya muy lamentable.

    «La Iglesia española se unió demasiado al sistema capitalista. El franquismo tenía una serie de privilegios bárbaros»

    ¿Dios debería ser de izquierdas?

    Sí, pero se tendría que ver el sentido de la palabra izquierdas en cada caso. Jesús quiso y sigue queriendo que todo el mundo pueda comer. Y, por contra, nos encontramos con la situación de África o con la guerra en Ucrania. Europa es el continente más desgraciado porque he conocido el Tercer Mundo y en aquellas tierras, sobre todo en América Latina, donde viven con mucha pobreza, son más hospitalarios y respetuosos. Durante tres años fui Secretario Internacional de los Comités Óscar Romero, lo que me permitió visitar una quincena de pueblos. Aunque también hay barbaridades, por supuesto, como el caso del presidente de Nicaragua.

    El sandinismo no acabó demasiado bien.

    Acabó muy mal. Es un gran interrogante, tendríamos que reflexionar cómo es posible que un señor como Daniel Ortega, al cual conocí personalmente, que era un hombre excelente, que se jugó la vida para derrocar a Somoza, haya cambiado tanto, para peor. Nosotros ayudamos mucho a Nicaragua.

    ¿Todavía ahora?

    Sí, pero haciendo trampas. Quiero decir, Nicaragua no permite que entre dinero desde España que pertenezca a comités. En caso contrario, los intercepta. ¿Solución? Enviamos el dinero vía Estados Unidos, a título personal, a buenos amigos jesuitas que tenemos allí.

    Cuando llegaba de Centroamérica, ¿cuál era el mayor contraste?

    Recuerdo pasar hambre durante unas dos semanas, en Nicaragua. Sin embargo, yo regresaba a España, donde tenía todo lo que necesitaba, aunque fuera de forma austera. Y aquí pensaba que aquella familia continuaba pasando hambre, un matrimonio con dos criaturas, que vivían en una chabola. Por lo tanto, no podía decir que había pasado hambre. No. Era muy diferente.

    «Hay muchas crisis en el mundo, de falta de médicos y de escuelas. Pero la mayor de todas es la de la dignidad de la persona»

    ¿Hacia dónde va Europa?

    Hacia una vida muy superficial, cuando tendríamos que apoyar el bienestar social. No nos planteamos que lo importante es hablar con el vecino, ayudarnos.

    Cuando se ordenó sacerdote, su madre le regaló un cáliz de oro. Con el tiempo, usted dijo que lo fundiría para repartir el dinero. ¿Lo ha hecho?

    Sí, casualmente encontré el justificante hace poco. Me dieron 7.300 euros.

    Para usted, ¿quién es Jesús?

    Es la persona que da sentido a la vida, que nos habla de fraternidad. Muchas veces he pensado en su soledad en el momento de clavarlo en la cruz, solo acompañado de su madre y de una pequeña minoría después de todo lo que había hecho, de su trayectoria. Creo que Jesús existió, creo en lo que hizo porque no es de los que hablan, sino de los que hacen.

    ¿Cree en la resurrección que postula la Iglesia?

    Sí, creo que es cierta.

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