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De ruta por Tarragona: Guardianas de agua y sal

En el Delta de l’Ebre, entre marismas, arrozales y playas infinitas, se alzan aún vestigios de un pasado ligado al comercio, la defensa y la supervivencia. Nos acercamos a cuatro de esos hitos que siguen formando parte del paisaje y de la memoria

Atardecer en el Delta de l’Ebre.

Atardecer en el Delta de l’Ebre.S. García

Santi García

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El Delta de l’Ebre no solo es un espacio natural único, también es un territorio moldeado por la mano del ser humano. Entre marismas, arrozales y playas infinitas, se alzan todavía vestigios de un pasado ligado al comercio, la defensa y la supervivencia.

Salinas centenarias, torres vigías, obras de ingeniería hidráulica y faros que guiaron a los navegantes componen un patrimonio singular que merece ser rescatado del olvido. Este recorrido nos acerca a cuatro de esos hitos que, de una u otra forma, siguen formando parte del paisaje y la memoria del Delta, tres de los cuales aún podemos visitar.

El faro del Fangar.

El faro del Fangar.S. García

Las Salinas de la Trinidad

La sal, antaño fundamental para la conservación de los alimentos, puede extraerse de las salinas marinas. El proceso es sencillo: el agua del mar se vierte en estanques poco profundos y, gracias a la evaporación, va dejando tras de sí cristales de sal que se recogen posteriormente. Era en los meses de verano cuando los trabajadores tarraconenses, durante la campaña de la salinada y en jornada de dos partes, la extraían de las balsas de agua marina y la cargaban en carros para almacenarla.

Dicho proceso, explicado Joan Brunet Delta II: istme, trabucador i península dels Alfacs, sigue produciéndose, ahora con los avances propios de la modernidad en el sur de Tarragona, en concreto, en la Punta de la Banya. Hoy, desde la Platja del Trabucador, junto al muelle donde los atardeceres se tiñen de dorado, todavía puede contemplarse en el horizonte la silueta de esta histórica industria salinera, de la que se obtiene la flor de sal.

El muelle del Trabucador.

El muelle del Trabucador.S. García

La Torre de Sant Joan

A escasa distancia de las salinas del Delta de l’Ebre, cerca de la laguna de La Tancada, se encuentra la torre de Sant Joan o de Bolitx, mandada a construir por una orden real de Felip II en 1576 a fin de vigilar y defender el puerto de la bahía de Els Alfacs (La Ràpita). La expansión del imperio otomano convirtió el Mediterráneo, dominado hasta entonces por los cristianos, en un lugar inhóspito en el que acechaban la figura de los corsarios berberiscos, a menudo convertidos en leyenda, como sucede en el caso de los hermanos Barbarroja: he aquí la utilidad de esta torre que, por su situación -a escasos metros de la costa-, es la protagonista de tantísimas fotografías.

La Torre de Sant Joan.

La Torre de Sant Joan.S. García

La Torre de Sant Joan estuvo en funcionamiento durante 200 años, sobreviviendo a la Guerra dels Segadors, la Guerra del Francès e, incluso, a la Guerra Civil, cuando fue utilizada por los vecinos de La Ràpita. En la actualidad, es uno de los iconos paisajísticos del Delta de l’Ebre, como los arrozales o los flamencos. Podemos llegar hasta ella dando un paseo.

Las balsas de La Caramella

En el año 1869, el Ayuntamiento de Tortosa convocó un concurso para la concesión del suministro de agua. Hasta entonces, los vecinos se abastecían del río, de fuentes y pozos, o de los aiguaders. El ganador fue el fotógrafo francés Claudio Leon de Marlé, que propuso captar el agua del barranco de La Caramella, al pie del Mont Caro. Asociado con Jules Carvallo, crearon la sociedad Aguas de La Caramella. Carvallo, ingeniero con experiencia en el canal de navegación del Ebre, redactó, financió y dirigió las obras. Los vestigios de aquella obra de ingeniería, como sucede en el caso anterior, están a la luz del día. Basta con dar un paseo por el barranco de La Caramella para observar el sistema de balsas que debía abastecer a Tortosa. Por el lugar transcurre una ruta que descubre dichas pozas, así como una cola de caballo de más de 100 metros. En cualquier caso, es un itinerario con pendientes pronunciadas, exposición al vacío y un terreno difícil de practicar.

Una de las balsas de La Caramella.

Una de las balsas de La Caramella.S. García

El faro de la isla de Buda

En la segunda mitad del siglo XIX se levantaron tres faros de hierro en la factoría de John Henderson Porter, en Birmingham, a partir de los planos del arquitecto e ingeniero madrileño Lucio del Valle. Estas torres modulares, pioneras en su tiempo, viajaron desmontadas desde Inglaterra: dos por tierra y la más alta, por su tamaño, embarcada en Gloucester hasta la península. Finalmente, se alzaron en tres enclaves estratégicos: la Punta del Fangar, la Punta de la Banya y, tras cruzar incluso el estrecho de Gibraltar, la isla de Buda. Este último, considerado el más bello, aguantó las agresiones de la Guerra Civil y los temporales, pero no la corrosión. Su destino quedó sellado en Nochebuena de 1961, cuando un temporal derrumbó su estructura, borrando del horizonte del Delta uno de sus guardianes más singulares.

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