Albert Lladó: «La historia está viva y tenemos algo que decir sobre ella»

Malpaís es la última novela del autor barcelonés que, situada en 2034, establece un diálogo entre los acontecimientos globales y el día a día más íntimo, el de los desarraigados, en una Catalunya recién independizada

| Actualizado a 05 abril 2022 19:39
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En 2034, en una Catalunya recién autoproclamada Estado independiente, un acontecimiento inesperado e irreversible sacude al país. A través de dos protagonistas, Chantal y Felipe Soto, Albert Lladó hilvana la trama de Malpaís (Galaxia Gutenberg), entre los claroscuros de los personajes y la realidad siempre cambiante. Novela social, Malpaís da voz a los desarraigados, en perpetuo contraste con los que toman las decisiones, entre el activismo político y la corrupción del poder.

¿A Barcelona se la tiene que bombardear cada cierto tiempo?
No. La novela empieza diciendo que Barcelona arde cada cierto tiempo, pero no porque la bombardeen, sino porque Barcelona guarda en su epidermis un bacilo de la rosa de fuego, de una ciudad libertaria que se alza. De alguna manera dice «no» a las injusticias y es un poco lo que recorre Malpaís. Muchas veces esa pulsión libertaria está muy escondida, muy dormida, pero eso no quiere decir que haya desaparecido. Por eso digo que es como un bacilo.

Habla de catalanismo e independencia. ¿Cuándo la escribió?
No es que me interesara especialmente ese tema, pero la pregunta es muy pertinente porque la empecé a escribir en 2018 por lo tanto, tenía muy reciente todo lo que había pasado. Tenía amigos muy metidos en política y me interesaba mucho cómo dialogaba la Historia en mayúsculas, institucional, política, etc, con la historia en minúsculas de los personajes, de las personas sin voz, de las que están en el punto ciego de la sociedad, que están en el centro de la ciudad pero no son vistas. Al buscar un acontecimiento histórico, lo tenía al lado y me era muy fácil trabajarlo porque lo teníamos muy reciente y había muchas heridas. Aún hoy hay muchas heridas abiertas y creo que iban bien para tensionar ese conflicto.

La protagonista, Chantal, es la que se erige de entre la masa social empobrecida.
Totalmente. De hecho, la pulsión que me lleva a escribir la novela es porque me aparece este personaje, Chantal y me interesa mucho estudiarlo, ver cómo reacciona ante los acontecimientos históricos porque aunque es de una vulnerabilidad extrema, a la vez tiene un coraje ancestral que ni ella misma sabe que posee. Por eso utilizo los juegos de espejo.

 

 

Posee una biblioteca increíblemente culta en una casa okupa. 
Esa idea que se nos ha querido vender de la pobreza como incultura ha funcionado y muchas veces no es así. En muchas casas de clase trabajadora había bibliotecas, a lo mejor no muy grandes, pero contenían clásicos importantísimos porque el prestigio de la lectura, hace 30 o 40 años, en la familia era algo relevante. Hoy no sé si eso está en crisis, no tengo la respuesta. Pero no es tan extraño que alguien que vive en el límite tenga lecturas de gran calidad alrededor. Si nos fijamos por ejemplo en personas que incluso viven en la calle, en la situación más extrema, en una ciudad contemporánea, muchas de ellas están leyendo y es muy interesante pararse y preguntarles por sus lecturas. Nos sorprenderían muchísimo sus respuestas.

¿Usted lo ha hecho?
Sí, he tenido mucho contacto. De hecho, la novela es una ficción, pero durante un año aproximadamente estuve haciendo un café filosófico en una casa okupada por personas, como en la novela, que vivían en la calle. Se juntaron y crearon una comunidad, entraron en un local y construyeron una casa de acogida para ellos mismos. Y allí había una biblioteca. Yo les hacía una especie de clases de filosofía donde no se trataba tanto de aprender filosofía, sino de repensar las preguntas que ellas y ellos mismos se hacían. Y lo primero que descubres es que no hay un patrón idéntico, sino que cada persona es una singularidad y arrastra un mundo muy diferente, igual que las personas que no han tenido esta desdicha de vivir en la calle. Cada persona es un mundo, es una frase hecha, pero encierra algo que es muy real, muy palpable.

A pesar de todo, Chantal dice que no hay terapia en esos libros que ella tanto ama, que la literatura no cura.
Porque muchas veces se quiere presentar la cultura como una especie de terapia psicológica, de autoayuda. Personalmente, no vivo la literatura como una forma de salvación o de autoayuda. Es algo diferente para mí. Es la capacidad de entrar en el matiz, de cambiar de perspectiva, de ser más libre. Eso sí que creo que la lectura, sobre todo, pero la cultura, en general, nos permite. Ser un poquito más libres, que quiere decir entrar en la complejidad, en las contradicciones. Pero no es un lugar de destino. No al leer muchos libros te sientes mejor y Chantal lo sabe porque es una gran lectora.

 

«Barcelona guarda en su epidermis un bacilo de la rosa de fuego, de una ciudad libertaria que se alza. De alguna manera dice «no» a las injusticias»

Es una novela muy social. ¿Es el agua, como afirma uno de los personajes, lo peor para una persona que vive en la calle?
Seguramente hay muchas cosas que son horribles, como las agresiones. Me contaban que todas las noches les persigue el miedo a que les golpeen. Pero lo del agua es muy complicado porque te entra el frío en el cuerpo y es muy difícil quitárselo. Esto me lo decían cuando convivía con ellos y lo he trasladado a la novela. No te puedes secar, vas arrastrando frío, coges enfermedades y es uno de los grandes problemas, entre muchos otros, de sobrevivir en la calle.

¿Felipe Soto es Pablo Iglesias?
No, pero es muy divertido porque las primeras reacciones de los lectores han sido intentar acertar quién puede ser. Tiene tics de muchos de estos líderes que aparentemente no tenían que llegar a primera línea y llegaron. No lo he basado en uno en concreto, sino en retazos de muchos de estos tics. Podría recordar a Pablo Iglesias, pero a la vez es un producto también muy catalán. En realidad, es alguien desarraigado porque aunque él liderará todo un proceso nacionalista, si le quieres llamar así, ha nacido y crecido fuera de España, en Latinoamérica y, por lo tanto, tiene esta doble identidad, que me parece muy interesante.

 

 

Toma partido por una de las dos posturas en relación con la independencia.
Por eso este personaje me pareció muy interesante porque no es obvio, tiene contradicciones, paradojas. Además, lee a Havel, lo intenta interpretar, pero lo lee de una forma distorsionada. Estos personajes que son contradictorios son los más interesantes, son los que nos interpelan más porque como lectores, como lectoras, estamos llenos de contradicciones y paradojas. Hubo un momento durante el proceso que era muy habitual que nos preguntáramos si estábamos a favor o en contra. Y la respuesta del sí y el no es muy pobre, en realidad. porque ambos están cargados de matices. O normalmente lo están. Y este personaje me permitía explorar eso. Esas contradicciones que nos atraviesan a todo el mundo y que no se pueden resumir en una respuesta simplemente binaria.

 

«No es tan extraño que alguien que vive en el límite tenga lecturas de gran calidad alrededor»

¿España es un mal país para vivir?
Ahí juego un poco con el título. Malpaís es una palabra bellísima que denomina esos territorios áridos que quedan tras un volcán, los campos recientes de lava donde se supone que no se puede plantar. En relación a la pregunta, depende de cuándo me lo preguntes y sobre qué me lo preguntes. No hay una respuesta binaria tampoco a eso. España es un buen país en algunas cuestiones y en otras tiene déficits democráticos clarísimos. Podríamos hablar de la cúpula judicial, por poner solo un ejemplo, pero luego es un país muy avanzado. Yo creo que ha sido un ejemplo en derechos sociales, no solo desde las instituciones, sobre todo desde la calle como toda la lucha LGTBI, que empezó de alguna forma en Catalunya, pero que se extendió a España. En este sentido, es un país plenamente avanzado. Por tanto, no hay una respuesta de sí o no, depende del contexto y de cómo focalicemos esa pregunta.

¿Estamos preparados para la historia?
Eso es una frase de Havel, que la pongo al principio porque dice algo así como sospecho de las personas que están preparadas para la historia. Porque son sospechosas, realmente. La historia no es estanca, no estamos preparados para ella y además es positivo que no lo estemos porque eso quiere decir que la historia está viva, que puede cambiarse, que tenemos algo que decir sobre ella y ahí me he permitido entrar en una reflexión sobre cómo se constituye el presente. Porque nosotros siempre estamos hablando de actualidad. La actualidad es el ruido que constantemente estamos consumiendo, pero hablamos poco de presente.

¿Cuál es la diferencia?
Es una diferencia importante en general, pero intento explorarla en la novela. Actualidad es aquello que está muy aferrado a lo inmediato, mientras que el presente se deja afectar por el pasado y el futuro y creo que estamos en ese momento. Nos estamos dando cuenta de que tanto la posibilidad de un futuro o de otro y de cómo retorna el pasado al presente desplaza constantemente nuestra mirada sobre lo que está pasando estos días.

De hecho, hace referencia a la invasión soviética de Checoslovaquia.
Hay un juego de espejos, aunque parezca muy alejado, entre la invasión de Checoslovaquia, la resistencia en aquel momento y la revolución de terciopelo de sus ciudadanos, cómo se articularon en esa resistencia. La novela estaba ya programada para salir cuando ha salido, pero iban ocurriendo cosas que la iban poniendo de actualidad. No solo eso, incluso la portada es una fotografía de una joven de Kiev, tomada mucho antes de la invasión rusa.

 

«La novela explora qué quiere decir independencia. No tanto si Catalunya será un Estado independiente, sino preguntarnos qué quiere decir como conjunto y como individuos porque es donde puede entrar el matiz y hacer que la sociedad sea más abierta»

Y el volcán.
Toda la novela está atravesada por la metáfora en un volcán que está a punto de estallar y no podíamos imaginarnos que ocurriría la erupción del volcán de la Palma. No es tanto que la realidad supera a la ficción, sino que la ficción, en realidad, siempre está hablando de lo que puede ser posible. No es tanto hacer fantasía, sino de mirar la realidad desde otro ángulo, que es el de la ficción.

En un momento de la novela se apela a la unión de todos los catalanes. ¿Aún es posible la independencia?
No tengo ni idea, pero a mí la pregunta que me interesa de verdad y la novela la explora es qué quiere decir independencia. No tanto si será un Estado independiente, que eso ya lo veremos porque la historia da muchas vueltas y soy incapaz de hacer una predicción. Pero creo que es imprescindible preguntarnos qué quiere decir ser independientes como país, ya que no puede ser solo un Estado.

¿Se refiere a qué tipo de Estado sería?
De eso se habló bastante poco durante el Procés porque, entre otras cosas, fue una lucha de narrativas y, por lo tanto, de propagandas. Sin embargo, ese espacio de deliberación colectiva, de preguntarnos qué quiere decir como sociedad y como individuos ser independientes y autónomos es una asignatura pendiente y en realidad es la más apasionante de explorar porque ahí, una vez más, puede entrar el matiz, las perspectivas y eso puede hacer que la sociedad sea más abierta, que no haya una respuesta única a esa pregunta.

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