Análisis de Venezuela y su futuro
Trump nos hace vivir en una serie de Netflix de intensidad implacable
El día después. Como en un tráiler de una serie de Netflix. Con un guionista improbable que nos deja atónitos. Parecía que no iba a superar la anterior temporada, pero...

Nicolás Maduro en Nueva York, escoltado por agentes de la Administración para el Control de Drogas (DEA)
El plan de Trump para Latinoamérica ha llegado a su azimut con la detención de Nicolás Maduro y su esposa. Con el paseíllo en chandal incluido. Con la imagen derrotada y humillada de una determinada forma de ver el mundo que vio la luz allá por los años sesenta del siglo pasado. ¿Recuerdan la Teoría de la Liberación? Hasta la victoria siempre, querido Comandante. El proyecto de una izquierda global que hace tiempo ha perdido la partida pero que ahora más que nunca asiste a su demolición. ¡Cuánta nostalgia! Pero la realidad lleva décadas avisando: no se puede predicar y luego no cumplir las promesas. En esa decepción galopa el populismo autoritario de Donald Trump. Un consejo: vean Nomadland, de Chloe Zhao. Le dieron un Oscar, pero allí ya se apunta todo.
Para los venezolanos, la situación no se solucionará con la salida del Sr. Maduro, y mucho menos con una fuerza de ocupación extranjera. No son una nación unida por un gobierno ni un contrato social, sino un conjunto de individuos atrapados en una lucha por la supervivencia. Reemplazar al hombre en la cima no desmantelará la red de jefes, lealtades privadas, prácticas corruptas y ruinas institucionales que han reemplazado la vida pública en la república bolivariana.
La detención de Nicolás Maduro no resolverá la crisis venezolana
Para la mayoría de los venezolanos, la vida se ha convertido en una lucha constante en una economía de migajas y favores, conformándose con un mosaico de trabajos y relaciones informales que nunca logran llenar el vacío dejado por la corrupción y la ineficiencia del gobierno. Durante años, así se ha visto el autoritarismo del chavismo como la peor forma de capitalismo primitivo.
Venezuela se ha enfrentado durante mucho tiempo a una brutal paradoja: un Estado ausente pero omnipotente. Está en todas partes y en ninguna. Ha fracasado en la prestación de los servicios esenciales que, bajo la presidencia de Hugo Chávez, justificaron su crecimiento descomunal y sus ambiciones revolucionarias: agua, electricidad, salud, educación. La sociedad ha quedado huérfana, reducida a sus capacidades más básicas. El gobierno se ha visto reducido a un mero aparato para asegurar su propia continuidad. Las viejas promesas del chavismo se han desvanecido.
Trump apuesta por intereses propios mientras Venezuela sigue fragmentada
Por supuesto que los venezolanos quieren un cambio. Lo dijeron en las elecciones de 2024, donde los recuentos recopilados por miles de voluntarios mostraron una abrumadora victoria de la oposición. Para muchos, la demanda de cambio no es ideológica ni se limita a un nuevo liderazgo. Quieren un Estado con la capacidad de cumplir con sus obligaciones, cuyo poder sea equilibrado y limitado. Sentido común, eso es lo que queremos todos. Nadie quiere vivir en una distopía. La mayoría tenemos vidas pequeñas y normales y necesitamos un gobierno de personas normales. También en Latinoamérica.
Que el gobierno de Maduro no proporcionase servicios básicos de forma fiable no significa que se haya debilitado. Simplemente cambió de forma. El poder del régimen se infiltró en toda Venezuela. Miles de comunas, puestos de avanzada del Estado repartidos por todo el país, que realizan vigilancia política bajo la apariencia de proyectos de gestión comunitaria. Millones de personas —compradas, coaccionadas o fieles creyentes— votaron por Maduro en 2024. Sería un error asumir que no mantiene una base política organizada. Incluso sin Maduro, el Estado sigue siendo un laberinto, compuesto por una extensa red de servicios de inteligencia superpuestos, grupos paramilitares conocidos como «colectivos» y jefes regionales que compiten por sobornos. Esta fragmentación ha sido la mejor póliza de seguro: ayudó a garantizar que ningún general o ministro tuviera suficiente poder unificado para liderar un golpe, mientras mantenía a todos los funcionarios atados al centro por la necesidad compartida de protección y lucro.
Sea lo que sea que venga, el sistema que Maduro ha supervisado que no se puede desmantelar de la noche a la mañana. Sus seguidores, chavistas de larga fecha u oportunistas armados, podrían muy bien organizar una insurgencia prolongada: el tipo de guerra en la que la población es rehén, independientemente de sus preferencias políticas. Es muy fácil crear caos y hacer que un país sea ingobernable cuando las instituciones formales ya están quebradas. Pasó en Irak y los EEUU no es seguro que no tropiecen dos veces en la misma piedra. Luego está el fenómeno de las guerrillas. Cada intervención americana suele provocar la reacción de grupos armados. Pasó en el siglo pasado y continúa pasando. En Colombia no se ha desmantelado el enjambre de grupos armados y es posible que Venezuela sea su próximo destino.
Independientemente de quién esté en el poder, el camino para sanar la ansiedad, la desconfianza y el aislamiento que han florecido durante la última década no está claro. Los venezolanos llevan años despertándose con diversos temores: que ellos o sus familiares desaparezcan, que la hiperinflación arruine sus ahorros una vez más, que sus seres queridos migrantes estén seguros en los lugares donde buscaron refugio.
Las acciones del Trump el sábado retrotrajeron a Estados Unidos a una era pasada de diplomacia de cañones, cuando Estados Unidos utilizaba sus fuerzas armadas para apoderarse de territorio y recursos para su propio beneficio. Hace un año, también en Mar-a-Lago, reflexionó abiertamente sobre la posibilidad de integrar Canadá, Groenlandia y Panamá a Estados Unidos. Ahora, tras colgar en la Casa Blanca un retrato de William McKinley, el presidente partidario de los aranceles que presidió la toma militar de Filipinas, Guam y Puerto Rico, Trump afirmó que Estados Unidos tenía todo el derecho a arrebatarle a Venezuela recursos que, en su opinión, habían sido arrebatados injustamente a corporaciones estadounidenses. Es decir que de lo que se trata es de una «devolución» a las empresas americanas de lo que consideran suyos: los recursos naturales de los demás.
Venezuela, como el resto del mundo, está atrapada en una serie de Netflix infinita cuyo guionista es un señor de piel naranja. Un presente eterno del que parece difícil salir o imaginar un futuro diferente. Solo podemos vivir un día a la vez.