El Manolo Escobar de Tarragona

El tarraconense Jordi Rovira quiere convertir su espectacular colección de 100 carros en un museo. Sería el homenaje ideal a Joan Fortuny, su abuelo adoptivo

25 marzo 2023 19:00 | Actualizado a 26 marzo 2023 07:00
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A sus 75 años, el empresario tarraconense Jordi Rovira podría entonar la famosa canción de Manolo Escobar ‘¿dónde estará mi carro?, pero con un final mucho más feliz. Nada de sufrir por un robo. Lo que Jordi ansía es que su espectacular colección de carros, carruajes y herramientas agrícolas se convierta en un museo.

Sería el homenaje perfecto a Joan Fortuny, conocido en Torredembarra como ‘Joanet Sereno’ porque combinaba sus labores en el campo con las de sereno. Joan fue el abuelo adoptivo de Rovira y el que le imbuyó el amor por las tradiciones y las labores del campo.

$!Un trineo finlandés. FOTO: Pere Ferré

Rovira nació en Tarragona en 1947 y asistió a las clases de párvulos en el colegio Saavedra. La familia decidió trasladarse a vivir a Torredembarra. Allí, una tarde al salir del colegio Antoni Roig, Jordi, que tenía tan solo cinco años, se quedó embobado mirando a un hombre mayor que pisaba uvas para hacer vino. Aquel señor era Joan Fortuny.

Joan había perdido a toda su familia (su mujer y tres hijos) durante la Guerra Civil. Aquel chaval que enseguida le pidió subirse a la tina y aplastar también la uva, fue un rayo de vitalidad. Comenzó así una amistad que, nueve años después, cuando Jordi tenía 14, se convirtió en convivencia. Con el acuerdo de sus padres, Rovira se fue a vivir a casa de Joan. Se adoptaron mutuamente. ‘Abuelo’ y ‘nieto’ se hicieron inseparables.

$!Reproducción a tamaño natural de un carromato del Far West. Rovira lo ‘copió’ del que había expuesto en un museo de Long Island (Nueva York). FOTO: Pere Ferré

Décadas más tarde, cuando Jordi ya estaba casado, falleció Joan. A Jordi le quedó un inmenso vacío del cual nació un objetivo: recordar siempre a su abuelo. Aquel reto vital se plasmó tanto moral como materialmente.

Moralmente porque, como explica el propio Jordi, «como homenaje de amor, respeto y admiración, inculqué a mis tres hijos el amor por la tierra, los hombres y mujeres que la trabajan y las herramientas que permiten arrancarle sus frutos».

$!Carruajes que servían para el transporte de pasajeros. FOTO: Pere Ferré

Y materialmente porque, poco a poco, con infinita paciencia, Jordi empezó a acumular carros, carruajes y herramientas. En todos y cada uno de los vehículos grabó una inscripción: «can Joanet». Esa colección ha llegado ya al centenar de carros y carruajes que Jordi guarda en una nave de un polígono industrial.

Rovira quiere convertir su nave en un museo de carros, pero también aceptaría ubicarlos en otro espacio. La idea es que los más jóvenes puedan ver cómo se vivía antaño y los mayores se sumerjan en la nostalgia. Y todos admiren los vehículos expuestos.

Ls nave está dividida en dos partes. Una aloja carros y la otra carruajes. En sendos altillos Rovira luce, además, diversas herramientas.

Entre los carros hay uno que llevaba toneles de agua al antiguo preventorio de la Savinosa, ahora en ruinas y del que, como en el Día de la Marmota, se han dibujado decenas de proyectos nunca llevados a la práctica.

Hay también uno que acarrea una tina de agua y hierros con agujeros. Servía, cuenta Rovira, para regar las calles antes de un desfile militar o una procesión religiosa.

$!Es la fila del medio, el segundo por la derecha, un carruaje de bomberos. Los vehículos están en una nave situada en un polígono industrial. FOTO: Pere Ferré

Más emotivo es el ‘carro de traginers’ (arrieros). Era algo así como los modernos camiones de mudanzas. A los lados cuelgan sendos baúles. Los fabricó el padre de Jordi cuando tuvo que emigrar a Brasil. Tras restaurar el carro con mimo, Jordi se lo enseñó a su padre. El hombre se echó a llorar al recordar su epopeya sudamericana.

Rovira ha ido adquiriendo los carros por media Europa. Luego él mismo los ha restaurado con paciencia. Aparte de dinero, claro, le ha costado horas y horas. «He sacrificado vacaciones y horas con mi familia para reunir esta colección y luego convertirla en museo», explica. Rovira tenía una triple faceta profesional: payés en Torredembarra, gerente de ventas de una empresas y propietario de la mítica discoteca Jordi’s de la misma localidad.

En la zona de carruajes destaca un lujoso trineo finlandés, con asientos de terciopelo y que era arrastrado por caballos. También el carruaje que utilizaba la madre del general Prim para trasladarse desde Reus a una finca familiar en Vila-seca.

$!El interior restaurado de uno de los carruajes para viajeros. FOTO: Pere Ferré

Hay varios carruajes de transporte de viajeros, como el ómnibus que utilizaban las monjas de un convento de Logroño. Tras comprarlo en la misma capital riojana, se lo ‘enviaron’ por tren a Reus. «Estaba destrozado. Lo restauré durante nueve meses. Las ruedas, por ejemplo, tuve que llevarlas a un pueblo de Sevilla para que las repararan», recuerda Jordi con orgullo.

Más piezas: Un coupé holandés con un asiento abatible que se convertía en mesa para hacer un picnic o comer durante el viaje. Un dogcart inglés, utilizado por la nobleza para ir de caza. Tenía espacio para el lord de turno pero también para sus lacayos y la jauría de perros que se ‘acomodaban’ bajo el asiento de su dueño. Y una araña norteamericana, réplica de la que usaba Clark Gable en ‘Lo que el viento se llevó’.

Un churqui, un carruaje ligero con unas enormes ruedas que facilitaban su manejo y estabilidad, servía a los señoritos andaluces y sus parejas para ver y ser vistos por las calles y paseos de moda de Sevilla y Jerez.

Un carruaje fúnebre ‘descansa’ al lado de un automóvil que servía para la misma finalidad. Como el ejemplo de que los vehículos cambian, pero lo inevitable, la muerte, permanece.

Una réplica de un carromato del Far West parece recién salida de una de esas películas de indios y vaqueros. No cuesta imaginarla, junto a unas cuantas más, en círculo mientras los ‘buenísimos’ colonos son asediados por los ‘malísimos pieles rojas’. Lo de siempre, la historia la escriben (o se la inventan) los vencedores.

$!Jordi Rovira también cuenta con una amplia colección de herramientas agrícolas. FOTO: Pere Ferré

El carromato lleva anécdota incorporada. Jordi y su esposa la descubrieron durante una visita al The Long Island Museum (Nueva York), un museo de arte, historia y carruajes. No se podían hacer fotos, pero Jordi posó al lado del carromato y su mujer le tomó una instantánea para poder calcular el tamaño del vehículo en función de la altura de Jordi. Una vez de vuelta en Torredembarra la reprodujo pieza a pieza.

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