En Tarragona hay más de 1.600 personas esperando por una plaza para ingresar en una residencia de la tercera edad. Se trata, en la inmensa mayoría de los casos, de ancianos y ancianas que tienen un elevado grado de dependencia y que necesitan atención durante prácticamente las 24 horas del día.
Unos cuidados que ahora, mientras esperan el ingreso en la residencia, recaen en gran parte sobre los familiares, sobre todo hijas, nietas o nueras, casi siempre mujeres que, además de soportar una carga física y emocional para la que a menudo no están preparadas y que acaba agotándolas, se ven obligadas a aparcar o a renunciar a sus carreras profesionales, agravando así la brecha salarial.
Porque, no lo olvidemos, pese a los tímidos avances que ha experimentado la sociedad en los últimos años en este ámbito, las tareas de cuidado de familiares siguen recayendo eminentemente sobre ellas.
Pero, más allá de esto, la falta de plazas de residencias para la tercera edad es un problema que nos compete a todos, sobre todo en un escenario de envejecimiento progresivo de la población que se agravará en los próximos años, con la llegada a la edad de jubilación de los llamados ‘baby boomers’, esa generación integrada por las personas nacidas en los años sesenta y setenta del siglo pasado.
Sí, el de atender a una población cada vez más envejecida es uno de los grandes retos que plantea el futuro inmediato, un reto para el que no estamos preparados y que, sin embargo, hay que afrontar ya sin perder un minuto más.
La mayor esperanza de vida es un logro de la humanidad, pero lleva como consecuencia un aumento de los cuidados por el deterioro de la salud de las personas mayores.
En este contexto, se antoja obligado dedicar los recursos humanos y materiales que hagan falta para dar solución a un problema que ya exige la máxima dedicación.