La crisis de la vivienda en Catalunya se ha convertido en uno de los mayores desafíos sociales de nuestro tiempo. El acceso a un techo digno ya no es solo una aspiración juvenil, sino una batalla diaria para miles de familias que ven cómo los precios del alquiler se disparan mientras la oferta se reduce. Cada piso en Barcelona recibe cientos de solicitudes y, en muchos municipios, la vivienda social es poco más que una quimera. La Generalitat ha prometido un ambicioso plan: 50.000 viviendas públicas hasta 2030, con una inversión de más de 4.000 millones de euros. También se anuncian solares cedidos por ayuntamientos, reservas de suelo para vivienda protegida, agilización de licencias y un mayor control a grandes tenedores. Sobre el papel, la hoja de ruta parece clara. Hasta el momento la consellera Sílvia Paneque asegura tener ya casi el 50% del suelo necesario para acometer estos proyectos. La consellera, que ayer estuvo en el Diari en el marco de una jornada dedicada a la problemática de la vivienda en Catalunya y en especial en nuestra demarcación, asume el reto y plantea las soluciones a corto, medio y largo plazo. Sin embargo, las dudas son legítimas. La regulación de los alquileres en zonas tensionadas ha provocado efectos secundarios: retirada de pisos del mercado permanente, auge del alquiler temporal y precios que no ceden con la fuerza esperada. Además, la ejecución de los proyectos públicos suele chocar con la burocracia y la falta de suelo disponible (habrá que forzar la máquina). Y lo más preocupante: el calendario. La promesa de 2030 no resuelve el drama de quienes hoy deben destinar más de la mitad de su sueldo a pagar un alquiler. La vivienda no puede seguir tratándose como un simple producto de mercado. Es un derecho constitucional y, sobre todo, un pilar de la dignidad humana. Catalunya necesita más soluciones inmediatas: más viviendas ya, más ayudas efectivas, más coordinación real con los municipios y una política que priorice a las personas por encima de la especulación. Esto es responsabilidad no solo de los gobiernos, es de toda la sociedad, que debe reclamar con rotundidad que el derecho a a una vivienda es fundamental.