Opinión

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En tiempos de políticas populistas, donde el ruido sustituye al debate y el miedo se utiliza como herramienta de poder, el silencio de las figuras públicas no es neutral: favorece al abuso. Por eso, cuando un artista de alcance global decide alzar la voz, no solo está ejerciendo su libertad de expresión, sino cumpliendo una función social fundamental. El Grammy otorgado a Bad Bunny —más allá de gustos musicales— es una excelente noticia. No solo por el reconocimiento histórico a un álbum en español, sino porque simboliza algo más profundo: la cultura popular puede ser también conciencia colectiva. En una industria que muchas veces premia lo cómodo y evita lo incómodo, celebrar a un artista que denuncia políticas injustas envía un mensaje poderoso. El populismo prospera cuando deshumaniza. Cuando convierte al migrante en enemigo, al diferente en amenaza, al disidente en traidor. Frente a ese relato simplista y agresivo, el arte tiene una capacidad única: recordar que detrás de cada estadística hay personas, historias, familias, dignidad. Cuando Bad Bunny habla de amor frente al odio, de humanidad frente al desprecio, no está haciendo propaganda: está defendiendo valores básicos de convivencia democrática. A menudo se exige a los artistas que “no se metan en política”, como si la política no se metiera todos los días en la vida de millones de personas. Pero el arte nunca ha sido ajeno a los conflictos de su tiempo. Desde la música de protesta hasta la literatura comprometida, las grandes transformaciones sociales siempre han contado con voces culturales que se atrevieron a incomodar. Que una figura del entretenimiento global use un escenario como los Grammy para denunciar injusticias no divide: despierta. No impone ideas, invita a reflexionar. Y en sociedades saturadas de consignas vacías, esa invitación es más necesaria que nunca. El reconocimiento a Bad Bunny demuestra que el éxito comercial no está reñido con el compromiso social. Que se puede llenar estadios y, al mismo tiempo, defender derechos. Que se puede ser popular sin ser complaciente. La cultura no es solo entretenimiento, sino también conciencia.

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