Opinión

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El fútbol nos ha dejado historias imborrables, épicas y trágicas, pero la de Samuel Bartram es, sin duda, una de las más surrealistas del balompié. El guardameta del Charlton llevó al extremo el manido mantra de “la soledad del portero” en la navidad de 1937. En la jornada 20 visitan Stamford Bridge y, a parte del Chelsea, se enfrentan a un enemigo mucho más difícil de superar: la densa niebla. El Charlton dominaba, lpero la niebla hacía que cada vez se vieran menos las siluetas. De repente, el juego se tornó silencioso, nadie se movía de su puesto. “Cada vez veía menos y menos a los jugadores. Estaba seguro de que dominábamos el partido pero me parecía obvio que no habíamos hecho un gol, porque mis compañeros hubieran vuelto a sus posiciones de defensa y yo habría visto a alguno de ellos. Tampoco se escucharon gritos de festejo”.Después de un rato Sam se extrañó, ninguna jugada llegaba a su portería pero él se mantuvo bajo los palos. De repente, de la densa corina de niebla salió un hombre uniformado, era un policía. “Hace quince minutos que han suspendido el partido. ¡El estadio está totalmente vacío!”, le explicó. Entonces, lógicamente, Bartram regresó al vestuario; donde todos comenzaron a mofarse de él por lo ocurrido. Sam era sí, un hombre que jamás abandonaría ni su puesto ni a su equipo.

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