Vivimos continuamente arrollados por las olas de la inmediatez informativa, un ecosistema en el que Donald Trump se siente como pez en el agua. Las continuas amenazas por hacerse con Groenlandia, y que han ido en aumento desde su intervención en Venezuela (que, parafraseando la canción del venezolano Carlos Baute, «sigue colgando de sus manos», de las de Trump, no de las de los venezolanos), deberían ser un aviso a navegantes, si se me permite seguir con las metáforas marinas. Un aviso de algo muy urgente, es decir, una posible invasión. Un aviso, sin embargo, que también nos debería mantener alerta sobre el impacto a largo plazo en nuestras vidas, en las de todos, incluidos los ciudadanos de Tarragona.
Nadie está exento de preocuparse por lo más inmediato por urgente, y me incluyo el primero. Sin embargo, he empezado a leer recientemente El mundo de ayer, de un austríaco ilustre, Stefan Zweig, en el que relata a través de su propia experiencia vital el desmoronamiento de Europa en el siglo XX, entre dos guerras mundiales que acabaron abruptamente con los avances liberales del siglo anterior. Uno de los pasajes que sigue pesando dentro de mí es la descripción del autor de la sociedad de finales del siglo XIX en Europa. El idealismo ilustrado del centro de Europa había convencido a la sociedad que caminaba hacia la mejor versión del mundo, hacia el ‘mejor de los mundos’. Hace al menos 125 años, el mundo miraba con desprecio a las épocas anteriores, cuenta Zweig, por el sinsentido de las guerras, las hambrunas, el escaso desarrollo de la medicina y la tecnología, como si aquellas épocas pertenecieran a una humanidad en plena adolescencia, lejos de la madurez ilustrada que se disfrutaba en 1890. Superar con éxito los últimos rescoldos de la violencia, de la maldad de una sociedad iletrada era cuestión de un par de décadas, concluían los humanos de entonces. Pues bien, las siguientes cinco décadas estarían esquilmadas no por una, sino por dos guerras mundiales.
No quiero alimentar el miedo, ni contribuir a teorías de la conspiración sobre una tercera guerra mundial. Este no es el escenario más inmediato. No. Pero haríamos bien en no menospreciar a los coetáneos de la primera mitad del siglo XX por su inacción ante el auge del nacionalismo y del nacionalsocialismo, porque no tenían coches eléctricos, no habían viajado al espacio o no podían tener un teléfono móvil en el bolsillo. Como nos demuestra Zweig en sus memorias, ese fue el error que cometieron aquellas personas respecto a sus antepasados. Las amenazas contra nuestros derechos, contra nuestras libertades, si bien incipientes, no pueden ser más reales. La administración de Trump se ha propuesto debilitar Europa atacando sus fronteras, como es el caso de Dinamarca, pero también instigando una implosión del proyecto europeo desde dentro.
En la Estrategia de Seguridad Nacional de los EEUU publicada hace un par de meses, Trump hace referencia a que su administración trabajará para restaurar la grandeza de Europa. Una Europa que permanezca europea, y reconquistar la autoconfianza de nuestra civilización, haciendo clara referencia al Gran Reemplazo, una de las teorías de la conspiración más extendida entre los movimientos neofascistas y neonazis en la que se alude que nuestra civilización está en peligro por los movimientos de las minorías, las luchas de género y los inmigrantes. Es decir, una Europa regentada por estos movimientos que, a su vez, llevan en sus agendas políticas abiertamente antieuropeas. Una UE unida es el único obstáculo que impide a la administración de Trump establecer tratados bilaterales con países específicos. Una Europa fuerte es un frente más difícil de doblegar que cada uno de los países por separado.
La fragmentación europea es el sueño de quien busca hegemonía sin rivales. Si Europa se rompe, si aceptamos el ‘sálvese quien pueda’ que Trump sugiere, seremos meros satélites de decisiones ajenas, tomadas en despachos lejanos, perdiendo nuestro estado del bienestar. Deberíamos asimilar, más pronto que tarde, que ‘todo esto’ no son ‘cosas’ del pasado. La historia nunca ha sido un obstáculo para que se vuelva a repetir.