Opinión

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La semana pasada, el periódico La Vanguardia publicaba en su edición digital un interesante reportaje interactivo en el que se analizaban seis décadas de canciones de la lista Billboard: 6.500 temas desde 1958 hasta el 2022. El artículo apuntaba a un auge de las canciones sobre sexo y pasión, en detrimento de temas como el amor; y también incidía en el declive de las canciones reivindicativas y el auge de letras marcadas por la ira.

El primer dato no me sorprendió mucho: no hay más que echar un ojo a las letras más famosas de cada año para ver el patrón. El segundo, sin embargo, me resultó más conflictivo. El artículo sostiene que, aunque no eran mayoritarias, «durante buena parte del siglo XX, las canciones que hablaban de política, desigualdad o cambio social encontraron un espacio en el pop comercial»; mientras que, actualmente, «a medida que el pop se vuelve más inmediato y más centrado en la experiencia individual, las letras reivindicativas pierden peso». Al mismo tiempo que la sensación personal supera al anhelo o dolor colectivo, la rabia sustituye a la protesta: ya no se habla de causas concretas, sino que el enfado se convierte en un recurso estético fácilmente consumibl e.

Personalmente, coincido en buena parte con los argumentos del texto. Y los datos ahí están para respaldarlos. Pero me falta ir más allá de los fríos números o del análisis textual de las letras: una canción protesta es mucho más que su temática. Y, si no, que se lo digan a los latinos que el domingo vivieron con orgullo y rebeldía la actuación de Bad Bunny en el Super Bowl. Sin cantar apenas una palabra reivindicativa, toda su performance emanaba protesta contra Trump, ICE y el racismo en EE.UU. Así que es cierto que ya no llegan al número 1 de las listas los Bob Dylans de hoy, pero la protesta –y no solo la ira– está muy presente en la música contemporánea. A veces, escondida en una canción de reguetón.

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