Propósito de vida vs. vida con propósito
La mayoría de nosotros necesitamos que el espacio temporal tenga un principio y un fin. Los días, las semanas y los meses empiezan y acaban. También los años. De ello tomamos conciencia en dos momentos muy concretos: cuando cumplimos años y cuando celebramos el Año Nuevo. Entre tanto, las estaciones marcan el paso del tiempo y, con sus cambios, nos ayudan a evitar el desgaste de la monotonía.
Pero solo en uno de esos hitos temporales nos imponemos la tarea de definir propósitos, nuevos o renovados. Con el comienzo del año, desde pequeños, confeccionamos una lista –virtual– de objetivos a los que llamamos “buenos propósitos”.
Una vida con propósito se mide por lo que somos y por a quién le dedicamos tiempo
Algunos son sencillos y cotidianos: hacer más ejercicio, empezar una dieta tras los excesos navideños, mejorar un idioma, dejar de fumar o ahorrar un poco más. Otros son más profundos: recomponer una relación de amistad o familiar dañada, afrontar un cambio profesional o dedicar más tiempo a una madre o un padre que vive solo. A veces, basta con proponerse algo para conseguirlo. Sin embargo, con frecuencia, los buenos propósitos se diluyen. Y al llegar el siguiente Año Nuevo, vuelven a ocupar su lugar en la lista. Pero, con toda seguridad, algún año será el último. Y, con suerte, tendremos la oportunidad de hacer balance. Eso, claro está, si una enfermedad neurodegenerativa como el Alzheimer no nos arrebata antes la capacidad de recordar y reflexionar. Quizá los propósitos de vida sean, por naturaleza, efímeros. En cambio, las vidas con propósito son contundentes. Porque solo cuando añadimos un sentido último a lo que hacemos –cuando nuestras acciones trascienden lo inmediato y se orientan hacia los demás– dejan de depender del calendario. Una vida con propósito no necesita empezar el uno de enero ni terminar el treinta y uno de diciembre. No se mide por listas cumplidas ni por metas alcanzadas, sino por la coherencia entre lo que somos, lo que hacemos y a quién dedicamos nuestro tiempo, nuestra atención y nuestras capacidades. Y también, por qué no, nuestro dinero. Tal vez el verdadero propósito no consista en proponernos más cosas, sino en vivir de tal manera que nuestras decisiones tengan un impacto positivo en quienes nos necesitan, estén cerca o lejos. Nos conozcan o no. Incluso cuando no hay aplausos ni fechas señaladas.
Porque cuando llegue el momento de hacer balance, lo importante no será recordar lo que quisimos hacer, sino reconocer lo que fuimos capaces de aportar.
Esa, y no otra, es nuestra vida con propósito en la Fundación Rosa Maria Vivar x el Alzheimer. Súmate.