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Tráfico

Perdió a su hijo por un conductor drogado: "Vives con el dolor, pero llega el juicio y te hunde otra vez"

Edgar Villasante fue arrollado por una furgoneta hace ya nueve años. Lilo, su padre, relata su historia y un camino que no ha estado exento de obstáculos ni de dolor, pues el autor nunca llegó a entrar en prisión

Control de alcoholemia de los Mossos d'Esquadra

Control de alcoholemia de los Mossos d'EsquadraCedida

Joel Medina

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Detrás de las cifras de drogas y accidentalidad hay historias personales que convierten los porcentajes en nombres propios. Lilo Villasante es el padre de Edgar, un joven de 20 años que murió el 3 de abril de 2017 cuando se dirigía en moto a clase.

“Era lunes, se levantó como siempre para ir al instituto, cogió la moto y, a mitad de camino, muy cerca de casa, una furgoneta se lo llevó por delante”, recuerda. Edgar circulaba con el semáforo en verde y a velocidad adecuada, según coinciden testigos, informes de la Guàrdia Urbana y las pruebas practicadas posteriormente en sede judicial.

El conductor del vehículo dio positivo en un control de drogas por cannabis y cocaína: “Él alegó que había consumido días antes, incluso semanas”, explica Villasante. “Pero los expertos que declararon en el juicio dijeron que el consumo era muy reciente, de escasas horas”. A partir de ese momento, su vida entró en una espiral que define con una frase rotunda: “Esto es un infierno que no se acaba nunca”.

“Cuando hay un accidente no hay una sola víctima, hay muchas”, afirma. “Detrás de la persona que muere hay padres, hermanos, amigos, proyectos de vida que desaparecen de golpe”. El duelo, sin embargo, no se limita a la pérdida: “Eres víctima dos veces”, sostiene. “La primera, el día del siniestro, y la segunda con la justicia”. 

El procedimiento judicial se prolongó durante casi cuatro años, un tiempo que describe como una espera desgastante: “Cuando empiezas a aprender a vivir con el dolor, cuando parece que levantas un poco la cabeza, llega el juicio y te vuelve a hundir”, relata.

La sentencia tampoco aportó alivio. El conductor fue condenado a dos años de prisión, pero no ingresó en la cárcel al carecer de antecedentes: “No se le condenó por conducir bajo los efectos de las drogas, solo por homicidio involuntario por imprudencia grave”, denuncia Villasante. 

A su juicio, el problema es estructural: “Con el alcohol, todo el mundo sabe cuál es el límite. Con las drogas, no hay tasas claras: da igual que te fumes un porro ahora o hace dos semanas, la sanción es la misma”, critica. “Así es muy difícil que un juez pueda afirmar sin fisuras que alguien conducía bajo sus efectos”.

Villasante reconstruye con precisión el escenario del accidente, en el paseo de la Zona Franca de Barcelona, una vía amplia y altamente transitada: “Mi hijo circulaba recto y una furgoneta salió de un chaflán sin mirar, cruzando varios carriles de golpe”, explica. “Intentó esquivarlo, frenó, cayó de la moto y ya no pudo evitar la colisión”. Las lesiones –un traumatismo pulmonar grave y un daño cerebral– resultaron incompatibles con la vida.

Años después, el dolor sigue intacto y la sensación de injusticia no se diluye para él: “Los juicios por siniestros viales son casi un circo”, afirma con convicción. “Parece que se estén riendo de las víctimas”. Su testimonio pone voz y rostro a unas estadísticas que, año tras año, recuerdan que la siniestralidad vial no es solo una cuestión de datos, sino una realidad humana, marcada por la pérdida, la espera y la necesidad de respuestas contundentes desde el ámbito judicial y social.

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