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Cuando Tarragona sufría como Ucrania

Un documental recuerda los testimonios de los abuelos y abuelas que vivieron los bombardeos franquistas

| Actualizado a 12 junio 2022 12:08
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«Los bombardeos no nos dejaban vivir. Ni de noche ni de día. Los aviones daban más miedo de noche porque de día podías verlos. Estábamos aterrorizados. Murieron varios vecinos. En el refugio rezábamos para que no nos cayera una bomba encima. Sufrimos mucho en esta guerra». Podría ser el testimonio actual de una familia ucraniana refugiada en Europa tras ser martirizada por los bombardeos del presidente ruso, Vladímir Putin. Pero no. Es el de Teresa Salvat, una de las 17 personas de Tarragona que narran sus vivencias bajo los bombardeos franquistas en un documental.

El documental ‘Quan la mort venia del cel’ fue presentado en 2015. Recopila las entrevistas realizadas en 2013 a 17 supervivientes. Coordinado por M. Elena Virgili, directora de la Biblioteca Hemeroteca Municipal de Tarragona, y realizado por los entonces alumnos de Comunicació Audiovisual de la URV Marc Iglesias, Joaquim Domingo e Isaac Carbonell, está de actualidad. El viernes 17 se cumplen 85 años del primer ataque aéreo que sufrió la ciudad. Causó nueve muertos y 48 heridos. Y también mucho pánico.

Una crónica de Lluís de Salvador, director del ‘Diari de Tarragona’, recuerda el ataque: «Un poco pasadas las nueve de la noche, se escuchó el rumor lejano de unos motores. Muy pronto ese rumor se fue precisando como proveniente de unos aeroplanos, y de repente, los aparatos, que volaban bajos por la certeza de su impunidad, cruzaron el cielo de la población. La visión de los aparatos coincidió con el pánico producido por unas explosiones de una intensidad nunca sentida en Tarragona. La multitud que se encontraba en las calles buscó, despavorida, una hipotética protección dentro de las entradas de las casas más cercanas. Sin embargo, el daño ya estaba hecho y los aviones facciosos, una vez lanzada su carga, giraron de nuevo hacia el mar y tomaron rumbo a Mallorca».

El documental se puede ver completo en la web de la hemeroteca en el apartado de actividades y proyectos. Los testimonios de esta crónica son solo una parte.

Dolors García: «Decían que bombardeaban lugares estratégicos. No te lo creas. Recibía todo el mundo. La cantidad de gente joven que murió. Yo no tenía miedo a los aviones. Cuando los escuchaba, me quedaba quieta mirándolos y renegando. Me tenían que arrastrar al refugio».

$!La plaza de toros de Tarragona, tras un bombardeo. FOTO: CENTRE D’IMATGES DE TARRAGONA/L’ARXIU

Según detalla el jefe del Servei d’Arxiu i Documentació Municipal, Jordi Piqué, entre el 17 de junio de 1937 y el 15 de enero de 1939, día en que las tropas franquistas entraron en Tarragona, la ciudad sufrió 144 ataques aéreos con 230 muertos y 350 heridos. La Aviación Legionaria fascista y la Legión Condor nazi nos arrojaron 3.178 bombas.

Los daños materiales también fueron cuantiosos. Quedaron total o parcialmente derruidos 596 edificios. Siete mil tarraconenses se quedaron sin casa. Los daños ascendieron a 20 millones de pesetas de 1939.

Ramón Estradé: «Nuestra casa se derrumbó con nosotros dentro. Mi madre y los cinco hijos. Durante un bombardeo nos colocamos junto a la pared más fuerte. Al salir de la habitación, mi madre llevaba a mi hermana pequeña en brazos y a otra de la mano. Esta casi se le cae al vacío. Ya no había casa. Se había derrumbado a ras de esa habitación».

El peor de los bombardeos tuvo lugar el 19 de julio de 1937. Los sublevados celebraron el primer aniversario del golpe de estado con un ataque que mató a 51 tarraconenses, entre ellos Francesc Teixidó, un niño de 5 años, y Josepa Panadès, de un añito, según los datos de Francisco J. González Huix en ‘El asedio aéreo de Tarragona 1937-1939’.

La angustia provocó que muchos tarraconenses se refugiasen en las grutas del Llorito. Otra crónica pelacanyes recordó que también fueron cobijo durante la guerra de la independencia.

$!Vista de Tarragona desde un avión que lanza bombas. FOTO: CENTRE D’IMATGES DE TARRAGONA/L’ARXIU

Josep Segura: «Tras el bombardeo (alude al del 19 de julio de 1937), la gente, principalmente del Serrallo, se marchó a las cuevas del Llorito a malvivir, a tener que ir a buscar el agua a más de dos kilómetros, pero la gente estaba desesperada». El Serrallo corría mucho peligro por su proximidad a la Campsa, el puerto y la estación de tren, objetivos prioritarios de los ataques.

El bombardeo del 19 de marzo de 1938 mató a 21 personas, entre ellas 14 mujeres que hacían cola en el Mercat Central para comprar la comida.

Antonio Fernández: «Nuestra casa fue destruida en diciembre de 1938. Casi era el único edificio que quedaba en pie en toda la calle Gasómetro. El comedor quedó como colgado, sin derrumbarse. Una olla de lentejas que había cocinado mi madre para la comida de ese día aguantó. ‘Mira, al menos se ha salvado la comida’, dijo mi madre. Entonces empezó la odisea para encontrar otra casa donde vivir».

Sigue Fernández: «El ruido que hacían los aviones era horrible. Era como si viniera la muerte del cielo. Cuando sonaban las alarmas, corría como un desesperado hacia al refugio. Llegaba el primero porque tenía muchísimo miedo. Los primeros muertos que vi me traumatizaron. Tenía 11 años. Esa imagen no se me ha borrado nunca».

Cassen, un popular humorista tarraconense, convirtió una experiencia muy similar en una comedia, ‘La sopera’, estrenada en 1981, tal como se explicó en una anterior crónica pelacanyes.

Para protegerse de los bombardeos, la ciudad construyó una red de 60 refugios con capacidad para 20.000 personas. Pero hasta ese momento la indefensión era total. Los vecinos tuvieron que buscarse la vida. Victoria Rodríguez: «No había refugios. En la calle Sant Miquel había un almacén de maderas. Una de las paredes era de roca. Un grupo de vecinos se unió para construir un refugio. Necesitaban material y un dinamitero para horadar la roca. El Ayuntamiento les facilitó la persona a condición de que fueran los vecinos quienes asumieran los gastos. Tres o cuatro chavales fueron los encargados de pasar a cobrar los recibos por valor de dos pesetas semanales a todos los vecinos».

Ramón Martí: «Como no podíamos construir un refugio, hicimos junto a nuestro chalet una zanja que nos tapaba casi a la altura del hombro. Un día hubo un bombardeo. Yo estaba agachado en la zanja y sentí que algo me golpeaba el brazo. Puse la mano y me quemé. Era un trozo de metralla. Gracias a que mi madre nos tejía unos jerseys muy gruesos, solo se quemó un poco el jersey».

Se habilitaron alarmas y la campana la Capona de la Catedral sonaba para avisar de los ataques. Pero había algo más efectivo. Joan Salvador: «Teníamos perros. Tienen el oído más fino que nosotros. Cuando veíamos que los perros se ponían en alerta, corríamos hacia el refugio. Al cabo de un instante empezaban a sonar las sirenas».

Las víctimas no eran solo tarraconenses. En el bombardeo del 20 de enero de 1938, las bombas italianas mataron a siete tripulantes del carguero británico ‘Thorpenes’. Están enterrados en el casi desconocido cementerio dels Jans, al que el ‘Diari’ dedicó otra crónica pelacanyes.

$!La Aviación Legionaria italiana y la Legión Condor alemana arrojaron 3.178 bombas sobre Tarragona. FOTO: CENTRE D’IMATGES DE TARRAGONA/L’ARXIU

Los tarraconenses se convirtieron en verdaderos ‘expertos’. Vicente Ortega: «Cuando escuchabas los aviones, ya sabías si venían muy cargados. Mi madre nos daba a morder unas pinzas de cortina para evitar que se nos rompieran los dientes. Con trozos de trapo nos protegía los oídos. Después de cada bombardeo, no se sabía quiénes eran los muertos. Llevaban los cuerpos al hospital de Santa Tecla. Los exponían tapados con sábanas. Las familias iban destapando los cuerpos hasta encontrar el que buscaban. Era muy duro. Muchas lágrimas».

Algunos niños no eran consciente del peligro. Rosa Tarragó: «En cuanto sonaban las alarmas mis hermanos corrían al refugio del ayuntamiento. En cambio yo subía a la azotea a ver caer las bombas. No tenía miedo. ¡Qué inconsciente era! Solo entré una vez en el refugio para verlo».

Hoy, los tarraconenses escuchamos los horrores de Ucrania en los telediarios mientras comemos o cenamos tranquilamente. Entre 1937 y 1939 fueron nuestros abuelos o padres quienes sufrieron el horror. Como sentencia Antonio Fernández, «la guerra es terrible, muy cruel, de una violencia extrema, inconcebible».

Para ver la casa derruida del humorista Cassen

Para ver el refugio de las cuevas del Llorito

Para ver el cementerio más desconocido de Tarragona

Mira el documental completo aquí

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