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Las prostitutas salen a la calle contra la abolición: «nosotras repartimos felicidad»

Las historias de las mujeres que trabajan en pisos y clubes se cruzan en una manifestación contra la ley abolicionista, en la que reivindicaron su «libertad»

| Actualizado a 22 junio 2022 18:49
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Con 50 años, Rebeca se prostituye desde hace diez en un piso de Madrid. Tiene dos hijas. En 2010 ella y su marido cerraron su comercio, luego vendieron la casa, cuenta en la calle Ferraz de Madrid, frente a la sede del PSOE, donde ha ido a manifestarse contra la ley abolicionista que progresa en el Congreso. Junto a otras mujeres tras máscaras la mayoría y bajo paraguas naranjas piden la paralización de esta iniciativa legislativa del Gobierno. «Anteriormente pensaba que la puta era puta porque no quería limpiar. Pero no solo vienen a echarnos un polvo», dice Rebeca, de cabello cano, tes y cuerpo de avejentada figura materna. «Vienen a hablar con nosotras. Hay casados, pero también viudos y solteros que ni siquiera con Tinder podrían echar un polvo».

Así describe a sus clientes Rebeca, que gana entre 300 euros y cero en un día, cotiza como autónoma «para la pensión de mañana», está casada, asiste a todas las marchas del 8M y del aborto, vive de alquiler, acaba de comprar una casa para reformar, y comparte el 50% de lo que cobra con la dueña del lugar donde presta sus servicios, que también recibe sus llamadas y paga sus anuncios. Mientras Rebeca habla, a la sombra del portal de una de las fincas de Ferraz, entra una mujer con dos niños, que exclama: «Ay, qué asco», y los niños pasan tapándose los oídos.

Las historias de las que se cruzan en Madrid empiezan, como las de Rebeca, en la necesidad económica. Vienen en autobuses fletados por los dueños de puticlubs, indican un par de asistentes. Desde Bilbao, Barcelona, Cádiz, Cáceres, Sevilla, Alicante, según enumera una de las portavoces de la recién creada Plataforma de Personas Afectadas por la Abolición, Susana Pastor. Los organizadores cuentan 1.500 asistentes, aunque a vuelo de pájaro la cifra podría estar en algo menos de la mitad de esa cifra.

Necesitaban permiso

«Tenemos sólo unos días, y llevamos muchas noches sin dormir ni descansar», reconoce Pastor, cuya primera intención era leer un manifiesto en el Congreso de los Diputados pero al llegar se enteraron que necesitaban un permiso. «Queremos que nos escuchen los políticos. Somos más de 150.000 las que nos dedicamos a la prostitución». Además de las mujeres, los hombres y las mujeres trans dedicadas a la prostitución, y que preferían el término «trabajadora sexual», los asistentes se identificaron como personal de limpieza, del «staff» de los clubes, empresarios e incluso un fotógrafo de anuncios.

Apenas se les escucha hablar, en medio de la algarabía de la tamborada y la música de fiesta que las acompaña. Ellas bailan, beben agua o cerveza, agitan pancartas que dicen: «Ni en Suecia ni en Francia hemos desaparecido. Nos han escondido», «Respeta mi decisión, soy libre», «Soy la re-puta que te parió«, «Regularización ya», «Somos libres de trabajar y la prostitución es mi decisión», «Que no es ninguna bandera, que es un trabajo».

Un grupo de las más jóvenes viene de Pipos, en Alicante, que se anuncia en Facebook como un «hotel de lujo donde los clientes pueden acceder a habitaciones o suites con baño interior» y que «fletó un autobús con todos los gastos pagados», según una fuente de la organización. Una de ellas es Paola. «Tengo 25 años y cuatro hijos. Soy trabajadora de un puticlub por la necesidad de alimentarlos. Nadie decide por mi cuerpo. Con un sueldo normal no los mantengo. No es la mejor salida pero tampoco la peor. Ahora nos quieren quitar a los puteros. ¿Qué quieren? ¿Que venda drogas?». Se acerca una mujer que les dobla la edad. Dice que es camarera y que las conoce. «Son chicas muy buenas, maravillosas», las describe.

Los tambores callan, comienza la lectura del manifiesto. «Señores del PSOE, pónganse en nuestros zapatos. Visítenos. No tenemos nada que esconder. Nosotras repartimos felicidad». El público estalla en aplausos con esta frase. «La abolición nos deja indefensas, pasto de las mafias, pasto de los violadores. Vamos a luchar. Nuestra fuerza es la vergüenza que siente el Estado por nosotras».

«Soy trabajadora sexual»

Detrás del barullo, Rebeca reconoce que está muy enojada y se exalta: «Yo no quiero ser masajista. Yo soy trabajadora sexual. ¿Dónde quieren que nos quedemos? ¿En Casa de Campo? ¿En un vertedero?», prosigue. «Hago lo que me da la gana con mi cuerpo. Tengo mis llamadas y mis clientes. Voy, trabajo y me voy a mi casa. Dicen que no nos persiguen. ¿Y a mis clientes los meten a la cárcel?».

Historias breves y roles

1. Alegal Algunas se ocultan detrás de máscaras del japonés teatro Noh, otras con las del carnaval de Venecia o con mascarillas y gafas de sol. Pero con un sonriente rostro descubierto, Elire, «21 años, albanesa», se muestra contraria incluso a la regularización con la que concuerda la mayoría de las entrevistadas. «Que nos dejen en paz para hacer lo que sabemos hacer. Sin que le importe a nadie nada».

2. Intermediario Berta dice que tiene «la misión de llegar a un acuerdo entre las mujeres y los empresarios. No somos lobby de los proxenetas pero sí parte de un 'staff' y algo sindicalista. Hay que regular la visibilidad legal, pero estamos rodeados de prejuicios. En el sector hemos hecho nuestra propia legislación laboral, para protegernos de las mafias y los abusos. ¿Trata? Claro que hay, pero no los que dice la industria del rescate, que no dan datos reales. El 90% trabaja libremente. Cuando se conoce un caso, somos los primeros que llamamos a la policía».

3. Cabeza de familia Hace 20 años Pilar llegó a España desde Ecuador y la mitad de ese tiempo se ha dedicado a la prostitución, en un piso que alquila entre «varias compañeras, en Madrid. Cada una paga un porcentaje y cada una tiene sus clientes». Asegura ganar entre 2.000 y 3.000 euros al mes, con jornadas y horarios que ella decide. «Yo, de día. Cada una es libre. No me obliga nadie, me obligaron las circunstancias. Aquí los trabajos son poco remunerados y con éste he sacado adelante a mi hija, que es profesional. Es enfermera».

4. Empresaria Su padre levantó un local de carretera hace 40 años, cerca de Granollers, y Eva y sus hermanos se encargaron de distintas funciones. Ella, en la caja. En el local, llamado Km. Oro, hay ahora unas 30 mujeres que ejercen la prostitución, de todas las edades a partir de los 18, calcula Eva: «No hay necesidad de tener menores ni sin papeles porque hay miles de mujeres». «Llegan llamando por teléfono. ¿Puedo trabajar allí? Cobramos la habitación y tenemos mucha higiene. Ellas piden lo que quieran pedir. Si hablamos de porcentajes nos llaman proxenetas. No viven allí, tienen sus pisos». Dice Eva que los empresarios quieren que la prostitución se «regularice». «Con la pandemia esas chicas no tuvieron ni siquiera el paro. Hay mujeres de 50 años en el club, que tienen 20 allí. ¿De qué van a vivir cuando se jubilen? Y nosotros siempre con miedo».

Cuestión de lenguaje Después de hablar con varias mujeres que ejercen la prostitución y preguntarles cómo prefieren ser llamadas, dicen que cuando les dicen «putas» se «empoderan». Prefieren ese término y que «nos llamen como nos han llamado toda la vida» a otros «eufemismos» que les resultan más «peyorativos». Tampoco les define, aseguran, el término «mujeres prostituidas», que define a «alguien obligado a mantener relaciones sexuales por dinero. A nosotras nadie nos prostituye». Las que hacen «este trabajo» son «prostitutas». Pero prefieren, y así se refieren a sí mismas, que las llamen «trabajadoras sexuales».

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