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Sevilla, 1 de octubre

En Sevilla hay paz, ni un brote de urgencia. Las banderas españolas inundan los balcones en las barriadas, pero existe recelo hacia la represión. Las redes sociales convocan una manifestación de apoyo a Catalunya que inunda la plaza de la Encarnación

Marc Libiano

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Imagen de la manifestación contra la represión que hubo el domingo en Sevilla. Foto: Cedida

Imagen de la manifestación contra la represión que hubo el domingo en Sevilla. Foto: Cedida

Ni siquiera un puñado de turistas japoneses huye del televisor. En cada rincón del hotel, las imágenes de los porrazos, de las agresiones y de los disparos en las calles catalanas abruman. Los ‘japos’, muy fieles a su ideario, alucinan y toman fotos de los incidentes para enviarlas, quién sabe dónde, a su contacto más insospechado. Se miran embobados.

Estamos en Sevilla, es 1 de octubre, ya saben, ese día que ha quedado señalado para la enciclopedia histórica. Un día de sentimientos antagónicos. Tristeza e indignación a un costado del alma. Orgullo, al otro. En Sevilla el calor incendia el paisaje. Parece pleno agosto, resulta una utopía permanecer en paseo. En todo caso hay paz, ni un brote de urgencia, aunque el escenario catalán se atisba de reojo. En las barriadas de la ciudad, las banderas españolas inundan los balcones. Todas ellas sin esa águila prohibitiva y de recuerdos escabrosos. A puertas de la estación de tren dos jóvenes comentan la jugada. ‘Oye, el gobierno está consiguiendo el efecto contrario’, asienten.

En la Ciudad Deportiva del Sevilla, muy cerca del barrio de las 3.000 viviendas, juega el Reus, aunque por un día parece lo de menos. Compañeros con el Twitter echando humo y el móvil pidiendo auxilio, no desconectan. En realidad cuesta un mundo hacerlo. Incluso, en la concentración rojinegra existe monotema en las horas previas. Catalunya bajo la represión de la fuerza.

Asoma el autobús del equipo por el estadio y dos hinchas andaluces, de jubilación cercana, cuestionan; ‘Reus, ¿Barcelona o Gerona?’. En el recinto se impone el fútbol. No emergen desprecios políticos, salvo algún comentario solitario y decadente. El respeto impera incluso en las plantas nobles de los clubes. En la comida de directivas previa al partido, Xavier Llastarri, el presidente del Reus, recibe una camiseta de lema oportuno. ‘Unidos por el fútbol’.

La torpeza política del escenario pone de acuerdo a dos currantes del hotel, dos ciudadanos de calle, alejados del traje ejecutivo. “Si pretenden convencer a la gente con violencia, están equivocados”. Existe el acuerdo. Con represión y amenazas, el entendimiento es utópico. En el céntrico monumento de las Setas, junto a la Plaza de la Encarnación, centenares de rostros se concentran para protestar en contra de la violencia. La medida se difunde por las redes sociales y cala hondo. Alguna señera luce brillo.

Es 1 de octubre y estamos en Sevilla. Por cierto, ha ganado el Reus.

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