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Calafell, una carta con mucho tacto

Mary Herrera, del Petit Bistro, quiso que su local fuese más adaptado

José M. Baselga

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Mary Herrera con una carta en braille.

Mary Herrera con una carta en braille.

Mary Herrera cambia la carta de postres de su restaurante Petit Bistro de Segur de Calafell a diario. Al cliente le canta los postres «y a veces me lo hacen repetir».

No hay problema, pero la situación ya la hizo pensar. ¿Qué pasaría si tuviese que recitar todos los platos de su carta con elaboradas creaciones? Y añadiendo los precios. ¿Es posible esa retentiva para quien escucha? ¿Hay posibilidad de reflexión serena para escoger? ¿Cuantas veces podrían hacerle que se lo repitiesen?

La cocinera lleva más de tres décadas creando recetas. Fue escogida por su libro Netejant seitons. 40 receptes de cuina i algunes històries d’amor para los Gourmand World Cookbook Awards, de los de más  prestigiosos en la literatura gastronómica.

Lucha diaria
Hace unas semanas llegó una pareja de clientes conocidos. Ella sufre una discapacidad visual. «De esas personas que cada día luchan su batalla personal para afrontar la situación», explica Mary Herrera.

Estamos en una sociedad y ciudades que no están adaptadas a las necesidades de todos. Muchas veces diseñadas y pensadas por quien ni imagina cómo poder sortear las barreras de cada día. En la calle, en las administraciones públicas, en los servicios. También en muchos negocios privados. «Detalles que sólo ves cuando te los explican».

Herrera señala que «una persona que no ve me hizo abrir los ojos». Y decidió que en su Bistro de Calafell las cartas, que ya están en varios idiomas, incluso en ruso, también tendrían el sistema braille.

«¿Cuántas veces vamos a un restaurante y miramos y remiramos la carta... y sus precios para tomar una decisión? Esa elección deben poder hacerla las personas  con discapacidad visual de manera intima».

A moverse
Así que preguntó cómo traducir sus cartas al sistema braille. Descubrió que apenas un 1% de los restaurantes cuentan con esa posibilidad. Y que en Catalunya hay más de 33.000 personas con discapacidad visual.

En algunas imprentas le llegaron a decir que el pedido debía ser de 5.000 cartas, algo totalmente ilógico para un restaurante, así que contactó con la ONCE.

«A los dos minutos ya me pusieron en contacto con una empresa a la que envié un mail y me pasaron un presupuesto». Las cartas en braille han llegado esta semana. Las que necesitaba. Por el ajustado precio es difícil pensar por qué no están más extendidas en todos los locales.

Herrera las muestra ilusionada en su cuenta social. «Me han llegado mensajes emocionados de agradecimiento». Más allá de poder leer el menú «las personas con dificultades visuales me han transmitido las gracias porque lo han valorado como un paso al reconocimiento de que existen».

La cocinera explica «cada vez que entregue esa carta sé que también daré mucha ilusión».

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